Por Carolina Sanín

Libertad de expresión

Como el eco de una oración a la que le faltara la primera parte –que es lo propio del eco, que solo repite el final–, ha sonado últimamente, ubicuamente, la fórmula “libertad de expresión”. La repetimos como si estuviéramos seguros de que la libertad de expresión es algo que tenemos. O, mejor mirado, la repetimos como si en realidad tratáramos de decirnos que intuimos que hablamos de algo que no tenemos.

2015/03/02

Por Carolina Sanín

Como el eco de una oración a la que le faltara la primera parte –que es lo propio del eco, que solo repite el final–, ha sonado últimamente, ubicuamente, la fórmula “libertad de expresión”. La repetimos como si estuviéramos seguros de que la libertad de expresión es algo que tenemos. O, mejor mirado, la repetimos como si en realidad tratáramos de decirnos que intuimos que hablamos de algo que no tenemos. El automatismo de la salmodia hace pensar que lo que hacemos con ella es pedir, no conservar ni defender. Quizás lo que estamos diciendo es que los habitantes de esta época y los sometidos al presente orden hemos perdido la libertad de expresión. Quiero pensar que con la reiteración obsesiva estamos señalándonos una oportunidad para recuperarla y volver a saber qué es.

La afirmación de que es posible expresarse, es decir, expresar la propia interioridad, marcó el primer asomo de la modernidad. Podríamos decir que fue, en concreto, un descubrimiento de Dante, y está documentado, paso a paso, en la Vida nueva. La exploración de un mundo interior que es revelado gracias a la afectación producida por la visión admirativa del otro da lugar a la manifestación, hacia el exterior, de la infinitud del espíritu, es decir, de la dignidad de la vida humana. La expresión es la exteriorización del reflejo que la realidad produce dentro del individuo, y es una traducción articulada, clara y examinada hasta las últimas consecuencias, de la experiencia de la realidad. La gracia que propicia la conciencia y la escritura se recibe en el encuentro con el amor (estimulado por la visión de una niña vestida de rojo que luego es ella misma, ya mayor, vestida de blanco, y luego es todas las mujeres florentinas, y luego es el amigo Cavalcanti, y luego es el lector, usted y yo), y se comunica a través del enaltecimiento de la lengua vernácula (la lengua común, que se aprende de las mujeres, como la define el mismo Dante en De vulgari eloquentia, en oposición al latín, la lengua excluyente, la de la hegemonía y la jerarquía, que no se habla y que se aprende de los hombres).

Pues está profundamente sujeto a la revelación del amor –a la intensidad de la presencia del otro en mí–, el hallazgo de la expresión es inseparable del acto de honrar. La expresión, a través de la cual el artífice conoce la grandeza de la experiencia individual y accede a una vida nueva (a una vida verdadera, sin límite y sin muerte) lleva a Dante, hacia el final de la Vida nueva, a considerar a los peregrinos extranjeros que pasan por Florencia, a quienes desea contar cuanto ya se ha dicho a sí mismo, para que se conmuevan con él. El ejercicio de la expresión conlleva la aceptación de la necesidad de una comunidad.

La expresión libre, en la que quizás se funda todo lo luminoso que hemos hecho desde la Edad Media, aspira a saber y a dar testimonio sobre quién soy, sobre quiénes somos. Por ser una traducción, requiere del reconocimiento del otro como posibilitador de mi identificación y guía de mi libertad. Aunque desemboca en la transformación –o la ratificación– del hombre como creador, la expresión es eternamente inalcanzable. Es decir, es perpetuamente deseante. Es la libertad misma.

Si uno cree que el ser humano puede expresarse plenamente –en la creación de órdenes políticos nuevos, radicalmente incluyentes, y en la creación de expresiones vernáculas nuevas, radicalmente comprensivas– es inevitable que sienta angustia ante la apelación a una “libertad de expresión” que se define a través de la reducción del otro y que se obstina contradictoriamente en la ignorancia de lo extranjero, de lo externo.

No quiero atacar con esta reflexión a ciertos caricaturistas europeos, cuya obra no me interesa –como no me interesa en general la propaganda, y en particular la propaganda contumaz– y cuya vida, en cambio, me concierne. Lo que quiero decir no es distinto de lo que digo siempre: que si hemos creado la variedad de los términos, entonces podemos asumir la racionalidad de las distinciones y ver que, por ejemplo, síntoma no equivale a obra, inconsciencia no es igual a libertad, provocación no es lo mismo que crítica, y reacción no es sinónimo de respuesta. Lo que quiero decir es, nuevamente, que hay que hacerse preguntas (después de todo, ¿no llamamos despectivamente “fanáticos” a quienes repiten una consigna sin preguntarse qué significa?). Al caricaturizar al profeta de otra religión solamente para demostrar que podemos hacerlo, ¿qué caricatura de nosotros mismos y de la libertad estamos haciendo? Si afirmamos que el dibujo de Muhammad es nuestro ejercicio expresivo, ¿por qué no nos preguntamos qué es lo que el dibujo está expresando? Si defendemos la expresión libre, ¿no debemos defender, en primer lugar, la capacidad de esa expresión para dar y decir la libertad, que es negada por el acoso?

Es aceptable que reivindiquemos el derecho a ejercer una violencia moderada, a desahogarnos, a hacer una demostración de poderío diciéndole al otro: “Profano lo que es sagrado para ti porque tengo la fuerza para hacerlo”, o a compartir impresiones, como estoy haciendo aquí (pues no pretendo estar expresándome). Pero si aspiramos a la libertad y a la expresión, no creo que el estandarte apropiado sea un único dibujo cuyos únicos efectos han sido la ofensa y la agresión. Si yo buscara un emblema de la libertad de expresión, reemplazaría la caricatura mortífera por aquello que se dice Dante al ver a Beatrice por primera vez, inaugurando su formidable obra literaria (epítome de la irreverencia, entre otras cosas), temblando, refiriéndose a Amor: “He aquí un dios más fuerte que yo, que viene y me dominará […] Acaba de aparecer tu felicidad”.

 

Lea también:

La cabeza

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Revista Arcadia anuncia a sus lectores que nuestra versión impresa comenzará a pedirles que se registren en nuestra página web.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com