Lo esencial

Antonio Caballero analiza la tragedia invernal en Colombia.

2010/12/15

Por Antonio Caballero

A este señor de la foto (primera plana de El Espectador del 1º de diciembre), habitante de la Palmira arrasada por los desbordamientos del río Cauca, el agua le llega ya más arriba del cuello proverbial: a las narices. Intenta rescatar algo del desastre cargando en equilibrio en la cabeza un huacal de plástico, a riesgo a cada paso de tropezar y ahogarse o por lo menos de perder su carga en la corriente turbia. No se distingue muy bien en la imagen qué es lo que pretende salvar de las aguas: tal vez son unos pollos, empapados pero todavía vivos. Lo único que le queda.

 

Hace unos meses, cuando empezaron las inundaciones en Pakistán, al otro lado del mundo, vi una foto de un anciano que sostenía a pulso en la mano alzada al cielo sobre el nivel del agua el cadáver de un niño, desgonzado como un trapo. Y otra vi, de aire bíblico, de un joven que llevaba un cordero colgado de los hombros, como el Pastor de Picasso. Y una de una mujer en una barca con un colchón enrollado y dos niñitos llorando, y un televisor. Y hace ya bastantes años, cuando en Colombia empezaron los desplazamientos rurales por obra de la violencia paramilitar, vi la de un refugiado que cargaba a la espalda, como único equipaje, una puerta sin goznes: la puerta arrancada que había sido la puerta de su casa: el único resto del despojo. Como aquellos judíos de Toledo expulsados hace quinientos años por los Reyes Católicos que solo se llevaban consigo al destierro las llaves de la puerta de su casa.

 

Se llevan lo que pueden. Las llaves de una puerta o unos pollos mojados, o un perro, o a veces un cajón de muerto. No es gente que se pueda parar a entretenerse con aquel amable juego de salón de la Europa de entre las dos Grandes Guerras que consistía en imaginar qué salvaría cada cual en caso de que se incendiara el Museo del Louvre. Y rivalizaban en erudición y en ingenio: “Pues yo salvaría ese rincón de cielo casi verde que se asoma en el cuadro de Leonardo ‘La Virgen de las rocas’, al fondo, a la derecha”; o “yo trataría de rescatar uno de los toros asirios androcéfalos traídos del antiguo palacio de Sargón, en Jorsabad: una de esas moles con cuernos y barba rizada y cinco patas y dos alas desplegadas talladas en bloques monolíticos de cuatro metros por cuatro, y uno y medio de ancho”. Y el poeta Jean Cocteau, frívolo y fino, deslumbraba a los demás contertulios diciendo que del incendio él solo salvaría una cosa:

 

—El fuego.

 

Si tuviéramos tiempo, como el poeta y sus amigos, deberíamos nosotros estar también intentando salvar lo más importante: el agua. Porque es el agua lo que se está acabando en el mundo, por mucha que esté cayendo ahora del cielo y por veloz que esté siendo, según cuentan, el deshielo de los nevados que se llamaban perpetuos, de los glaciares y de los casquetes polares. Ya es un lugar común el vaticinio de que las próximas guerras se darán por el agua, y no ya por el petróleo ni por el coltán ni por el litio ni por el uranio. Por el agua dulce de beber y de regar, la de los ríos y los pozos y los manantiales y los acuíferos subterráneos, y la de la lluvia; y también por el agua salada de los océanos, cada día más contaminada y despoblada de vida. De eso deberían ocuparse los jefes de Estado y de gobierno en su próxima reunión de Cancún, así como no lo hicieron en la del año pasado en Copenhague. Del agua, del fuego, del aire, de la tierra: los cuatro elementos primordiales de que hablaban los filósofos de la Antigüedad, en Occidente y en Oriente. Porque ya entonces, con razón, les habían echado el ojo a esos cuatro hasta los echadores de horóscopos.

 

Pero, para citar otro tópico sin cesar repetido, lo urgente impide ocuparse de lo importante. Así que lo probable es que sigamos viendo a los jefes de Estado y de gobierno discutir en sus cumbres inútiles sobre elementos mucho menos esenciales que esos antiguos cuatro: del oro, claro —en su versión euro, en su versión dólar y en su versión yuan—; o del plástico, como lo ilustra la foto de este señor que lucha con su cajón de pollos contra la furia del inmenso Cauca.

 

Y mientras escribo esto, en la seguridad —aunque nunca se sabe— de un sólido apartamento del norte de Bogotá, por la ventana miro caer la lluvia, como llanto.

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