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Los canticuentos del cine nacional

Nicolás Morales pide el cambio de los cortometrajes nacionales que se presentan en las salas de Cine Colombia

2010/03/15

Por Nicolás Morales

En el primer cortometraje un niño tonto y depresivo encuentra un sombrero que produce una inexplicable felicidad. Su dueño, un insufrible gordito, llora la pérdida de su más preciado bien, inundando el teatro con sus lágrimas. Después de algunas aventuras el niño y el gordito bailan, reconciliándose entre ellos y con la alegría de vivir. Se trata de una animación peculiar, narrada con voz en off y decorada con las caritas de algunas celebridades levantadas, digo, emergentes, de la Macarena. El corto es patrocinado por un centro comercial y, su protagonista, el depresivo convertido, se llama Dijan, mezcla patética entre alguna saga perdida El Señor de los Anillos y la famosa mostaza francesa.

Hay un segundo corto, que trata sobre un chico muy pobre que vive en una paradisíaca isla colombiana y cuida un caballo que competirá en una carrera local en unas playas tan indómitas y exuberantes como el alma humana. El chico quiere una oportunidad y los dioses nativos se la conceden. Hay apuestas, trampas y una historia de amistad que al estilo del Corcel negro dan triunfador a nuestro humilde héroe adolescente. En el tercer cortometraje nacional, un narrador con voz de canticuento nos relata la ruta de las ballenas Yubarta en Chile y la pesca desconsiderada de estos lindos cetáceos que, por cierto, casi no aparecen en la peliculita. En tono de ONG hippie se disparan diversas alarmas ecológicas, sustentadas en cardúmenes completos de amenazantes estadísticas. Y hay más: ese en el que el personal administrativo y los “reclusos” cuentan su experiencia musical en una escuela de tradición vallenata. Los niños vallenatos, un alumno europeo desocupado y un indígena kogi nos relatan su vida y todo lo que les falta para entrar en la estela de las grandes estrellas infantiles, esas que a los políticos les encanta explotar cuando hay una cumbre internacional en Cartagena y necesitan un numerito folclórico y conmovedor.

No más, señores. Un grupo de espectadores cansados de esta inaguantable farsa cinematográfica le hemos solicitado a Cine Colombia que, por piedad, retire estos cortos y en su lugar nos pasen, si quieren, las latas más verdosas que aún conserven del “Mundo al Instante”, ese noticiero de la más impactante actualidad científica y cultural producido por Transtel en la década del 60. No soportamos más el tener que sufrir ante la pornomiseria, la pésima calidad técnica y la falta de perspectiva argumental. Ya no aguantamos esa naturalidad tan salvaje de los actores, que termina convirtiéndolos más bien en especímenes; ya no queremos más directores ampliamente subsidiados y promovidos en su permanente ineptitud.

Mientras decenas de cortometrajes infinitamente superiores se quedan en los cajones de las universidades y probablemente en los del Ministerio de Cultura, los exhibidores —quienes deben tener contratado a algún “experto” evaluador— prefieren que nuestras referencias cinematográficas locales se alimenten de los peores cortos, quizás para que el público se convenza de que el mediocre cartel internacional que exhiben es superior. Hay una cosa segura: un corto nacional espantoso es un espectador menos para un largometraje colombiano que, nos lo pensamos dos veces antes de ir a ver. El problema no es de escasez, pues cortometrajes de calidad hay cientos. Recientemente vimos uno que nos dejó impresionados por su calidad técnica y argumental: Rojo Red, de Juan Manuel Betancourt. Pero también recordamos el famoso Alguien mató algo de Jorge Navas y decenas más que solo alcanzamos a ver en Señal Colombia, ciclos audiovisuales en bares y en pantallitas de internet, nunca demasiado favorables para ver cine pero, incluso así, mucho mejores que los exabruptos que debemos resistir en pantalla completa y pagando boleta.

Si existen nuevas leyes que fomentan la producción de cortos colombianos desde el Estado, le va a tocar al Ministerio meterse también en la exhibición de este material fílmico. Y obligar, por medio de una estricta reglamentación, a que los exhibidores no sigan timando al público. De no ser así, todos estos cortos, con menos patrocinadores que los largometrajes, seguirán siendo invisibles y, con ellos, la trayectoria y el esfuerzo de las nuevas generaciones de buenos realizadores se diluirán en un mar de prejuicio.

Ya hemos soportado durante demasiado tiempo al padre diarreico con su puré de papa, a los osos perezosos masacrados y la interminable construcción de las malditas pirámides egipcias. Estamos seguros de que merecemos algo mejor. Después de todo, no son el mocoso con sombrero, el niño acordeonista, una ballena feliz ni el miserable jockey isleño quienes salvarán al cine colombiano de una mediocridad contra la que ha luchado por años.

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