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Los cincuenta de Gloria

Sopor i piropos

A propósito de los cincuenta años del MamBo, Nicolás Morales habla sobre el papel de Gloria Zea.

Por: Nicolás Morales

Publicado el: 2013-03-14

El MamBo cumplió cincuenta años y a casi todo el mundo pareció olvidársele. Como si pocos quisieran de ese pastel: los artículos de la gran prensa fueron muy descriptivos, incluso la columna, esta vez muy sosa, de Fernando Gómez. La prensa especializada en arte y cultura ha callado y los portales de artistas parecen estar ocupados en cualquier cosa, menos en este festejo. Espero que esferapública se lance con un dossier, que un vecino de columna publique una agridulce y que todo este lobby dedicado a la conmemoración, a la memorabilia y a la lagartería termine. Incluso con la inundación de fotos desabridas de la celebración.

Pienso que sería fácil juzgar a Gloria Zea. Pero creo que el asunto es mucho más complicado que eso. Están las obviedades que la prensa independiente y los columnistas jóvenes han manifestado desde hace algunos años: que el museo está desconectado de la escena artística contemporánea, que sus lenguajes son caducos, que existe un personalismo excesivo en la dirección, que asistimos a un empobrecimiento de la lectura del patrimonio artístico, que hay un escaso entendimiento de las fronteras del arte y cero comprensión del rol de tecnologías, etcétera. Pero eso, estimados lectores, hoy no me interesa. Porque, entre otras cosas, creo que se ha juzgado al museo como si en verdad fuera un espacio potencialmente libre, cuando para bien o para mal nunca lo ha sido. El museo fue, es, y tal vez seguirá siendo –mientras dure– Gloria Zea. Es cierto que arrastra el legado de Marta Traba, pero después fue Gloria Zea. Vinieron sus curadores y colaboradores Eduardo Serrano, Carmen María Jaramillo, Carolina Ponce de León y la misma Beatriz González, entre otros, pero el museo fue siempre Gloria Zea. Desde pequeño entendí esta ecuación con mucha claridad. Hoy, de pronto, esto ya no es suficiente y por eso lanzo aquí una pregunta: ¿por qué la generación de mis padres pondera de forma tan positiva la obra de Gloria Zea y por qué, al mismo tiempo, mis amigos –muchos de ellos artistas y profesores universitarios de arte de mi generación– desdeñan con tanta pasión el legado del MamBo? ¿Cuál sería el punto de quiebre entre estos dos campos? Es una pregunta que no se resuelve en una columna ni en cien.

Al César lo que es del César. Hoy hace falta un buen balance del MamBo: inteligente, académico y bien documentado. Un análisis que sea justo con la evidencia de que, antes del día uno del MamBo, este país estaba regido por las intuiciones de Teresa Cuervo, por sus museos conservadores. Que sea justo con la certeza de que el Frente Nacional devoraba al país con el tedio más absoluto y, en ese sentido, el MamBo fue capital para cambiar esa situación. Es claro que ese museo no fue el único espacio, como Serrano, un poco maquiavélicamente nos lo hace pensar, pero sí fue muy importante. Una sola de esas muchas exposiciones sacudía cimientos y perspectivas. Por citar solo las de los años ochenta: ¿La colección de Joan y Lester Avnet? Martin o Negret, o el famoso Paul Klee del Museo de Arte de Dusselldorf. ¿Y cómo olvidar en nuestra educación estética la belleza de alguno de los catálogos de Marta Granados o de David Consuegra?

Gloria Zea tuvo, como las decenas de mujeres importantes que en los años setenta iniciaron proyectos culturales en América Latina, un mundo de conexiones y de posibilidades que utilizaron de manera eficaz y que generaron, en ocasiones, aperturas inauditas. Fueron mujeres libres y con un gran capital social. Fueron las únicas que iniciaron grandes empresas en un mundo regido por políticos que por lo general no entendían la cultura, en un país al que no le interesaba la cultura. Por eso hoy no me importa tanto el Museo de Arte Moderno. Lo que me importa hoy es Gloria Zea. Y en parte me preocupa porque en los artículos conmemorativos se confunden con increíble facilidad las dos cosas. Para la muestra, observen la portada de la última revista Lecturas de El Tiempo.

Gloria Zea es un mito, sin duda. Un mito que ya tiene un lugar en cualquier historia del arte en Colombia. Puede que su museo hoy carezca de una sólida narrativa oficial de la modernidad. Puede que, tercamente, nunca hubiera admitido ser coadministrado, pese a los cientos de millones recibidos por fondos públicos. Todo eso puede ser verdad. Pero no podemos negar que el legado es grande. Y que, revisando la colección, uno no puede sino asombrarse. Pienso hoy en esta mujer que se la jugó, perdiendo y ganando, por tener un lugar en nuestra frágil memoria cultural de nación. Y aunque no descifro completamente su destino, estos cincuenta años pueden ser un valioso punto de inicio para emprender la tarea. Y para pensar un nuevo museo, por supuesto.