Frank pearl y Antonio García. Foto: Federico Parra / AFP

Dos miradas

Es ahora cuando de verdad van a empezar a discutir estos dos, a la cabeza de sus respectivas delegaciones. Primero irán a Quito, en el Ecuador. Y a medida que adelanten las conversaciones irán saltando de ciudad en ciudad, de país en país.

2016/04/17

Por Antonio Caballero

¿Dirían ustedes que entre estos dos hombres hay eso que llaman “química”? Acaban de firmar un documento por el cual se comprometen a … Cómo decirlo. Acaban de firmar el anuncio solemne de un documento que… O mejor: el documento del acuerdo que venían negociando sobre… En fin. Sea como sea, acaban de firmar un documento: el de la derecha, véanlo ustedes, hace ademán de guardarse el bolígrafo de la firma en el ancho bolsillo de su camisa roja. Que sea difícil explicar en unas pocas palabras en qué consiste exactamente el documento firmado, que además es largo, no quiere decir que no sea un documento importante.

Con él, en efecto, se inicia (y no “inicia” a secas, sin sujeto, como últimamente les parece elegante escribir a los periodistas colombianos), se inicia la parte seria de las conversaciones de paz entre el gobierno de Colombia y la guerrilla del eln, cuyos lentos prolegómenos han durado 36 meses, si empezamos a contar desde que estos dos de la foto empezaron a entrevistarse con regularidad; o siete años, si nos remontamos a cuando el de la izquierda, Frank Pearl, buscó los primeros contactos con el grupo al que pertenece el de la derecha, Antonio García; o más de tres décadas, si incluimos las frustradas tentativas de diálogo, públicas o secretas, adelantadas bajo los gobiernos de Betancur, Barco, Gaviria, Samper, Pastrana y Uribe en Caracas, Tlaxcala, Viana, Ginebra y Maguncia, así como en varios lugares discretos de Colombia, Ecuador y Brasil. Estos dos hombres han envejecido recorriendo medio mundo en el zigzagueante camino que los trajo a la firma de ese documento, que se titula “Acuerdo de Diálogos para la paz de Colombia”. Y ahora, por fin, se miran a los ojos, con odio.

Pero esa firma no es un final, sino un comienzo. Es ahora cuando de verdad van a empezar a discutir estos dos, a la cabeza de sus respectivas delegaciones. ¿En la Cancillería de Caracas, donde fue tomada esta foto? No, no: sería demasiado fácil. Primero irán a Quito, en el Ecuador. Y a medida que adelanten las conversaciones irán saltando de ciudad en ciudad, de país en país. Están anunciados Venezuela, Chile, Brasil y Cuba, y tal vez también Noruega: el mundo es ancho. Y el periplo será largo, porque la empresa declarada no consiste solamente en buscar la paz, sino en transformar la sociedad colombiana. El primer punto contempla nada menos que la vastísima “participación de la sociedad en la construcción de la paz”. Y hay cinco puntos más.

Para la foto de la firma cada cual va vestido de manera simbólica de lo que representa. Frank Pearl, que no es un político profesional sino un economista proveniente del sector privado, lleva camisa blanca y chaqueta oscura de ejecutivo burgués, aunque sin la formalidad de la corbata. No representa solo al gobierno de Juan Manuel Santos sino que, como único alto funcionario supérstite de los tiempos de Álvaro Uribe, de quien fue alto comisionado para la paz, encarna la continuidad del Estado. Antonio García, miembro del Comando Central del Ejército de Liberación Nacional, viste de rojo y negro rigurosos: los colores de la bandera de su organización armada. Hasta las patas de sus gafas son rojas. No es que vaya ataviado así al combate, claro está: lo matarían con la primera descarga, como suele ocurrirles a los abanderados. Va de uniforme de gala, y tratándose de un grupo tan clerical como ha sido en su historia el eln no es de extrañar que ese uniforme tenga algo de cardenalicio.

El problema está en las caras de los dos. No parece haber química.

De frente, Pearl tuerce el cuello para mirar fijamente a García, con las mandíbulas y los labios apretados, adelantado el mentón, punzantes los grandes ojos, sombrío el ceño. García lo enfrenta con entrecejo igualmente torvo, comisuras igualmente rígidas y mirada igualmente feroz a través de las gafas, y esboza con los labios un mal gesto. Solía tener un cuidado bigotito puntudo y un copete con bucle, pero ahora el cráneo rapado y la falta del bigote le dan un aire malvado que nunca se le había visto. Tampoco Pearl había parecido nunca tan furioso.

Por variados que sean los escenarios, los diálogos no van a ser fáciles.

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