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Los Incontados

"La revolución no era una fiesta. Era todo aquello que ha quedado regado en el escenario: éxtasis, locura, desazón y miedo... No es posible lavarse las manos"

2014/08/21

Por Marta Ruiz

La revolución no era una fiesta. Ni era el fin de la fiesta de la oligarquía, como pensaba el cura Camilo Torres. No hubo revolución y en cambio el paisito de las buenas costumbres, el pacato país de los sesenta, terminó convertido en una orgía desalmada. Así resumiría yo

Los incontados, el último montaje de Mapa Teatro que cierra su trilogía sobre la fiesta y la violencia.

Primero fueron Los santos inocentes, un audaz montaje estrenado hace cuatro años, a partir de un inquietante carnaval que se celebra cada año en Guapi, Cauca, donde hombres con disfraces de mujer absolutamente grotescos y máscaras de miedo, se dan látigo unos a otros mientras marchan desordenadamente por las calles. Ocurre todos los 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes. Es un disfrute colectivo del dolor, una mezcla sadomasoquista, que revela mucho de lo que somos. El sufrimiento como espectáculo. La fiesta como ritual casi militar. El mal en su forma más encubierta: la desbordada alegría colectiva. En la obra, una fiesta malograda transcurre en primer plano, mientras al fondo hay una sordina: la confesión de un paramilitar que enumera, como autómata, cada uno de sus muertos.

Luego vino, hace dos años, el Discurso de un hombre decente, un montaje extraño que parte de una ficción no tan absurda: el hallazgo de un texto que habría escrito Pablo Escobar para posesionarse como presidente de la república. Una obra que tiene un poco de alegato, un toque de ponencia, y un fuerte componente testimonial: la presencia de don Danilo, el director de la banda Marco Fidel Suárez que tocó muchas veces para Escobar y fue víctima de una de sus bombas en Medellín. Y a lo largo de todo el montaje, la coca, la mala hierba que atraviesa nuestras vidas, desde la cultura y los corridos, pasando por la política, la economía, y como no, la estética. Más que a una fiesta, en El discurso asistimos a una guachafita delirante. Febril.

Los incontados cierra el ciclo y recoge la almendra de las anteriores producciones. Un escenario que se va develando como las capas de una cebolla, y del que nos separa no un vidrio sino una corteza de seguridad. Afuera, en el aforo, somos testigos seguros de la catástrofe que viene. Adentro, en un mundo casi irreal, pasará de todo. Colombia se derrumba poco a poco. El público creerá buena parte del tiempo que no tiene nada que ver con ese país que pasa del recato a la lujuriosa violencia. Pero como en casi todas las obras de Mapa Teatro, la distancia es otra ficción.

La primera escena es casi de telenovela. Niños rigurosamente vestidos, una banda de guerra, la radiola, las cortinas de velo, los sillones de terciopelo, la alfombra. Una casa de clase media típica de los años sesenta. Y Camilo Torres al fondo con su arenga contra la oligarquía y anunciando que a los ricos ya se les acabó la fiesta. Luego viene el mago y nos muestra no la ilusión sino el ilusionismo que nos envolvió. La revolución es una fiesta, decía Jaime Bateman. Pero despertamos en medio de la masacre. Anegados en una orgía de sangre donde verdad y mentira se cruzan, donde guerrillas y paramilitares se confunden, donde se desdibuja la frontera entre goce y sufrimiento. Y luego, por cierto, el narcotráfico lo envuelve todo como una bruma tóxica. Lo que era un hogar, nuestra casa, los buenos modales, aquel paisito reprimido y católico del Frente Nacional se desmorona. Se ha convertido en una selva inhóspita, en un relajo. Nadie ha quedado inmune, nadie puede exhibir su rostro como si fuera intocado. No es posible decir “yo no estuve allí”, todo esto pasó a pesar mío, porque en medio de la destrucción surge un espejo que nos golpea a todos. Esa destrucción es nuestra.

La revolución no era una fiesta. Era todo aquello que ha quedado regado en el escenario: éxtasis, locura, desazón y miedo. El espejo de esa realidad incómoda. Se ha roto la distancia entre público y espectáculo. Nadie está tranquilo en su butaca. Nadie es en realidad un espectador. No es posible lavarse las manos.

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