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Los muros de la patria

Antonio Caballero escoge una fotografía del Cementerio Central de Bogotá, una ciudad sin memoria.

2010/03/15

Por Antonio Caballero

Como toda Colombia, Bogotá es una ciudad sin memoria. La capital. Comenta Alberto Lleras en su libro de recuerdos que lo más distintivo de Bogotá, la ciudad de su niñez y de su adolescencia, de su madurez, de su vejez, es que nada del pasado queda. Ni una esquina, ni un río. Ni siquiera el perfil de los cerros. Por aquí ha pasado la horda devastadora de los bárbaros.

De todos los bárbaros. Los alcaldes urbanizadores, los ricos de engorde, los pobres de invasión, los incendiarios. De puro milagro subsisten un puñado de iglesias, porque Dios es más grande que los curas, unas cuantas casonas de la Colonia o la República conservadas gracias al empobrecimiento de sus dueños, un vasto Capitolio de piedra que duró en construcción casi tantos siglos como una catedral gótica, que ahora que somos ricos se está desmoronando. Y subsiste también, asombrosamente, en la mitad de la especulación inmobiliaria, el Cementerio Central.

Viene de la mitad del siglo XIX, de cuando la aldea de Santa Fe empezaba a desperezarse en la ciudad de Bogotá, antes de convertirse en la actual megalópolis de camionetas blindadas y limosneros en los semáforos. Le han sacado tajadas: un alcalde modernizante le abrió un parque peatonal con ciclovías y esculturas de Botero, otro alcalde moralizante le atravesó la frente con un letrero de ceniza, absurdo en un lugar de enterrar muertos: “La Vida es Sagrada”. Pero ahí sigue. Un libro publicado por la propia alcaldía lo dibuja y lo describe: Cementerio Nuevo, Casa del Celador del Cementerio Protestante, Cementerio de Pobres, Tumbas de las Familias Tal y Cual, Sepulturas de las Hermanas de la Caridad, Tumba del Señor Matajudíos, Cementerio Británico, Cementerio Hebreo, Área del Cementerio de Paupérrimos. La Elipse, con sus mausoleos de ricos. Y al otro lado de una calle que lo parte en dos, y que ahora está flanqueada de floristas que dejan el asfalto todo regado de pétalos de lirios y de rosas, y de marmolerías que ofrecen lápidas funerarias de segunda mano, la otra mitad: el trapecio estrecho de los columbarios. Al fondo, prados verdes. Y cercados por una verja de hierro negro encastrada en machotes de piedra, las largas casas —pues parecen habitables— de los palomares de los muertos.

Es la parte más bella, al ser la menos pretenciosa, del Cementerio Central. Seis largos edificios sobrios de teja y calicanto, sostenido por largas hileras de columnas encaladas, sin adornos, en cuyos frontones a la griega —arriba, un óculo— se apretujan los más estrechos nichos de los cadáveres de niños. Los muros de ladrillo y adobe los perforan, a la vez que los sostienen, millares de celdas funerarias, vacías de restos y de huesos desde hace cinco años. ¿Por qué? No lo sé. Tampoco sé por qué son, exactamente, 8.957, pero me dieron ese curioso dato. Los agujeros tapiados son cuadros, rectangulares, a veces levemente apainelados, irregulares, al capricho, supongo, del albañil sepulturero. No están en ruinas, pero sí a punto de volverse ruinas. Bellas ruinas naturales de vejez, distintas de las ficticias ruinas de falsos templos de columnas corintias que adornan algunas de las tumbas del vecino cementerio elipsoidal.

Como era de esperarse, las autoridades municipales responsables del Cementerio Central querían acabar con los hermosos columbarios: querían hacer ahí un patinódromo y una ludoteca. Alcanzaron a tumbar dos, después de abandonar un proyecto de recuperación estética del difunto arquitecto Rogelio Salmona. Para salvar los restantes y conservar la memoria perdida de esta ciudad sin recuerdos, la pintora Beatriz González y la instaladora Doris Salcedo interpusieron lo que podría llamarse una “acción de tutela artística”. Y lograron que —por lo menos hasta el año 2011, para cuando está prevista una restauración general del cementerio— se conserven los viejos edificios con sus nichos funerarios intactos, aunque vacíos. Tapados por una lápida —por 8.957 lápidas— en la que se repite de manera obsesiva, en ocho modos, la escena diseñada por Beatriz González que muestra en negro sobre blanco una interminable procesión de cadáveres cargados, de cargueros de cadáveres. Ahí están, dice ella, las “auras anónimas” de todos los muertos que por ahí pasaron, haciendo del lugar lo que fue siempre: un sitio ceremonial de la memoria. Los columbarios del Cementerio Central no tienen flores. No tienen dolientes. Como dice la artista, han sido devueltos “a los gatos, a las palomas, a las culebras”. A los perros vagabundos y a los gentes abandonadas de la calle que andan por ahí. A sus dueños. Para quien pasa delante (la reja está cerrada) vienen a la memoria los versos del soneto de Quevedo:

Miré los muros de la patria mía...

(...)

...Y no hallé cosa en qué poner los ojos

que no fuese recuerdo de la muerte.

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