Los primates

Marta Ruíz reflexiona sobre el caso de Dominique Strauss-Kahn.

2011/06/23

Por Marta Ruiz

A propósito del escándalo que tiene en la cárcel a Dominique Strauss-Kahn, ha quedado claro que, respecto al sexo, entre la tradición calvinista de los gringos y el mito seductor de los franceses hay una enorme brecha. Ya se sabía que en Estados Unidos se ha exagerado tanto el puritanismo que cualquier petición respetuosa de irse a la cama puede considerarse acoso sexual. Pero los franceses son el otro extremo: a juzgar por lo que hemos leído estos días, muchos consideran que no sugerirle sexo a una mujer es sinónimo de mala educación. Y que si la susodicha se niega, es porque carece de modales. “Vamos, seamos adultos” es una frase que más de una vez escuchamos las mujeres cuando decimos “no”, y de inmediato se nos considera inmaduras. O la famosa y aparentemente cáustica pregunta que sigue a la negativa: “¿eres lesbiana?”. Como si uno tuviera que demostrar lo contrario y complacer al pedigüeño.

 

Claro, y ante una petición, sea esta elegante o grotesca, las mujeres podemos decir sí, no, o pensarlo un rato, antes de mandarlo a los tribunales, como hacen muchas hijas de Calvino. Lo que una mujer difícilmente confundirá será la frontera entre seducción y agresión sexual. Y vaya si sabemos que un hombre culto, intelectual, civilizado se puede volver un primate en cualquier momento.

 

Para ser un hombre que ha reflexionado sobre el erotismo y el sexo (ver el libro Hombres y mujeres) y sobre los instintos bárbaros (ver Las guerras olvidadas), el influyente intelectual francés Bernard-Henri Lévy está bastante confundido. En una apasionada defensa de su amigo DSK, que escribió en mayo pasado, dice: “el Strauss-Kahn del que soy amigo desde hace 25 años y del que seguiré siendo amigo, no se parece al monstruo, a la bestia insaciable y maléfica, al hombre de las cavernas que hoy nos describen por todas partes: seductor, seguramente; conquistador, amante de las mujeres, y antes que nada, de la suya, naturalmente; pero ese personaje brutal y violento, ese animal salvaje, ese primate..., por supuesto que no. Es absurdo”.

 

Esta inferencia resulta tan primaria como la que hizo en la televisión un expresidente de Colombia hace un par de años cuando salieron a la luz pública denuncias sobre los vínculos de su hermano con los paramilitares: “pero si yo lo conozco: es tan buen hijo, tan buen hermano, tan buen tío”. Como si lo uno negara lo otro.

 

Pero bueno, uno espera más de Lévy, que es un pensador y no un propagandista. En el 2001 pasó por Bogotá, rumbo a Montería, donde se entrevistó con Carlos Castaño. Sospecho que si el jefe paramilitar lo recibió, como solía hacerlo, recitando poemas de Mario Benedetti, con un Rémy Martin en la mano, acompañado en la tertulia de sus más selectos asesores (alguno de los cuales incluso recitaba a Joseph Conrad de memoria) Lévy pudo pensar que alguien con tal sensibilidad no podía ser un bárbaro.

 

Porque quiérase o no, tanto la guerra como el sexo están gobernados en buena medida por el instinto (no quisiera yo decir que por el mismo instinto, pero me tienta).

 

Y eso lo aborda de manera demoledora J. M. Coetzee en Desgracia: David Lurie, un profesor en decadencia tiene sexo para nada consentido, diría yo, con su alumna Melanie (30 años menor). “No es una violación, no del todo, pero es no obstante algo carente de deseo, no deseado principio a fin. Es como si hubiera decidido distenderse, morirse mientras dure, como un conejo cuando las fauces del zorro se cierran en torno a su cuello”.

 

Esta escena crucial, le da un vuelco a la vida de Lurie, repudiado por sus colegas y alumnos, desde entonces, por usar su condición de superioridad intelectual ante la aparentemente desvalida, pero en realidad bastante ambigua, alumna.

 

Pocas semanas después el profesor será testigo de cómo un grupo de negros viola a su hija, en el mundo de la Sudáfrica rural postapartheid. No solo para estigmatizar su cuerpo porque es lesbiana, sino para demarcar con sexo y violencia un territorio que simbólicamente ellos siguen considerando suyo e invadido por la mujer blanca, aunque se trate de la generosa Lucy Lurie. Tras la agresión sexual, en Coetzee, hay una lucha por imponer el propio poder. Poseer, devorar lo que está al alcance de la mano, como un derecho adquirido del zorro sobre el conejo. Y no se necesita ser un hombre de las cavernas para hacerlo. Lamento decirlo, pero que se sepa: la erudición no es un antídoto contra el instinto.

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