Los sopores del 2010

Nicolás Morales hace su tradicional recuento de los sopores del año.

2010/12/15

Por Nicolás Morales

Lo bueno de este año es que vinieron AIR, de Francia, Belle and Sebastian desde Escocia y Massive Attack, del Imperio; que vimos la increíble Ciudad de vida y muerte de Lu Chuan y que el Nobel de literatura nos gustó, por nostalgia de su Conversación en la catedral. ¿Malas cosas? Muchas, me temo. La principal es que se fue Cerati por un caminito y no parece que vaya a regresar. Pero hubo otros asuntos muy oscuros, patéticos y hasta surrealistas, y por eso sería irresponsable no postular mis tradicionales sopores del año, que me siguen proveyendo de nuevos verdaderos amigos y amigas. La cosa sería así:

 

La peor exposición del año. El MamBo superó su habitual mediocridad expositiva para caer en el terreno de lo abiertamente inverosímil. La video exposición del Bicentenario: Artes Visuales en Colombia desde 1810 superó con creces cualquier expectativa que se tuviera de su fracaso. Seis descontextualizados videos —que parecían hechos en medio de una traba maluca— intentaban dar cuenta de ¡doscientos años de historia artística en el país!, pero solo lograban reproducir manotadas de prejuicios, lugares comunes y equivocaciones penosas que nos llevan a confirmar lo que ya sabíamos: que Eduardo Serrano fue su curador.

 

El peor discurso del año. Lo hizo, como suele pasar cada año, el gerente de Corferias en la inauguración de la Feria del Libro de Bogotá. En un acto de pura sapería frente al recién posesionado presidente Santos, el funcionario se dedicó a vender su empresa olvidando que se encontraba en un evento editorial de primer nivel. ¿En qué feria de altura el arrendador de los galpones habla de su negocio? Ni en expoavícola se ha llegado a tanto, y eso que allá sí que deben tener huevo.

 

 

La peor avant premier. Sin quitarle mérito al Ciclo Rosa ni a su impecable oferta académica, tenemos que decir que su estreno cinematográfico fue patético. Una película de clase z con escenas dignas de culebrón del Hallmark Chanel fue lo que los curadores ofrecieron al público asistente. Seguramente, por tratarse de una cinematografía de la diferencia, pensaron que serviría cualquier diferencia. Francamente, habría sido preferible que nos volvieran a pasar Pink Flamingos.

 

La peor columna. Ante un supuesto grupo de periodistas mexicanos, Santiago Gamboa parece hacer una defensa de la legitimidad de la crítica literaria en Colombia cuando, lo que en realidad hace, es un ejercicio turbio de ataque. Así, tras esa supuesta defensa, el lector inteligente debe adivinar que Gamboa está acusando a una revista literaria local que no es El Malpensante de utilizar idiotas útiles que probablemente dicen cosas como las siguientes: a) que Gabriel Iriarte perdió el anticipo que le giró a su último premio falso de novela; b) que esa novela, coincidencialemente de autoría del propio Gamboa, pasó muy de agache —la vida diplomática no siempre inspira, mon cher—y, c) que, como muchos compartimos, Gamboa era el único colado en las belles étrangeres.

 

La peor obra teatral. William Ospina puso a andar —junto a un otrora buen dramaturgo— un elefante blanco que borraba con las patas lo que hacía con la trompa. Y ese elefante tenía las formas de una colcha de retazos de muy desigual unidad estética, las del intento de dramaturgia de un no dramaturgo, y las de la peor interpretación que un actor haya hecho de Bolívar a lo largo de los últimos dos siglos. Como si fuera poco, el final de la obra, con la aterradora danza contemporánea de Ómar Porras, debió hacerle rechinar los pocos dientes que le quedaban a la triste calavera del Libertador.

 

El peor best-seller. El excanciller Bermúdez hace, en las páginas de La audacia del poder, la apología de su patrón, el “intrépido” ex presidente Álvaro Uribe. A partir de los “dilemas” y “encrucijadas” que le tocó vivir a tan carismático mandatario, Bermúdez elabora un anecdotario estéril.

 

La peor película colombiana. Es unánime que Sin tetas no hay paraíso es el peor filme del año. Tan peor como el libro, la miniserie y la novela. Sin embargo, más allá de todo, habría que preguntar muy seriamente: señor Bolívar, ¿cuánta más plata se le puede sacar a un par de tetas?

 

El peor corto. Mascotas. Este corto seudohumanitario fue exprimido hasta la saciedad ­—pese a las protestas, mareos y vómitos de los espectadores—. De seguir así, Mascotas le arrebatará sin duda el primer lugar histórico al corto del señor con diarrea que toma jugo de guayaba. ¿Lleva el cortometraje nacional una vida de perro o, sencillamente, es un cine de mierda?

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.