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Los sopores del 2012

Sopor i piropos

Nicolás Morales opina sobre lo peor del 2012.

Por: Nicolás Morales

Publicado el: 2012-12-18

Nada de prólogos ni de tontas introducciones para otro año en el que Cerati siguió dormido. Como es habitual, aquí van los sopores del año. Ya vendrán los piropos.

La lista maldita. El listado de los más vendidos de nuestro librero Felipe Ossa termina, como es tradición, con la más exquisita selección de bagatelas, bodrios y pachucadas: 50 sombras de Gray, más el septuagesimosegundo libro de Paulo Coelho, más unas memorias de un expresidente, más un reader del programa La Luciérnaga y, de ñapa, una biografía escrita por Édgar Artunduaga. Obviamente, con tan refinado criterio qué oportunidad podría tener en diciembre la increíble Memoria por correspondencia de Emma Reyes, editada por Laguna Libros y faltoneada justo ese mes en la lista Nacional.

Los (malos) cines de Avenida Chile. La cartelera cinematográfica del 2012 de cine independiente fue tan mala como poco variada. Incluso un grupo de joyitas (Tenemos que hablar de Kevin, Tres, El bautizo…) fueron exclusividad de Cinemanía. Por eso recomiendo a los lectores dejar de pensar en el bonito proyecto de que exista un multiplex de cinearte democrático para Bogotá: ahórrense lo de las boletas y compren un video beam. Lo único que salvó a Cine Colombia fue el fantástico concierto Don´t Think de los Chemical Brothers que, seguramente por error, llegó a las pantallas nacionales.

Teusaquillo desert. Esa es la historia de la nueva Galería Santa Fe en Teusaquillo. Con más pinta de ancianato que de espacio artístico, este lugar terminó de confirmar el catastrófico y caro error que se cometió con el cierre del espacio en el Planetario pues al nuevo sitio no va casi nadie. ¿Será que nos damos una reconsideradita?

El entierro de la revista Número. Un castizo poeta amarillento decidió que la revista que lo acogió en su juventud era susceptible de transformarse y, a renglón seguido, la enterró sin bombos ni platillos. Hacemos votos porque el grupo Claro le dé al responsable de esta “serpiente sin ojos” la dirección de la prestigiosa revista 15 Minutos, solo para ver si nos puede hacer el favor de matarla con la misma eficacia y sin equivocar el mordisco.

La burocracia petrista mata festival del libro. La Alcaldía demostró su alta sensibilidad literaria al no otorgar los permisos de ley para poder instalar el tradicional Festival de Libros Juveniles e Infantiles de cada octubre en el Park Way. Libreros y editores se quedaron con los crespos hechos porque el permiso del IDU nunca llegó. Aquí, la Alcaldía comprobó su vena burocrática, valehuevista y abiertamente “petrógrada”.

Villegas caput. Es el fin –tal y como la conocemos– de Villegas Editores. Cierran las librerías y solo harán libros institucionales, pero no de venta al público. En medio del boom de los independientes es bueno recordar que esta era la última gran editorial de esta naturaleza, con cuarenta años de trabajo en libros chiquitos, medianos y, sobre todo, de gran formato, premiados aquí, en Fráncfort, en Guadalajara y en Cafarnaúm. Extrañaremos incluso sus históricos descaches de la Línea Dorada, que tanto tiempo mantuvieron quietica a Ángela Becerra, previniendo, hasta que se hizo inevitable, un daño mayor.

El peor consejo. En una prestigiosa revista, el librero de Authors confiesa que el libro que más lo ha conmovido es Juan Salvador Gaviota de Richard Bach. Prometemos nunca más solicitar consejo, recomendación ni sugerencia en ese excelente establecimiento. Nos limitaremos a ir, con un raudo graznido, a pagar en la caja los preciosos libros en inglés que, sin ser Jonathan Livingstone Seagull, están disponibles en el local.

El oso de la nota de Caracol. Una nota de radio de muy mala leche contra una de las brillantes académicas del país, Genoveva Iriarte, fue el oso final del año. Más bien habría que descubrir los intereses que detrás de semejante descache subsisten y que como bobo repitió El Espectador.

Crepes and Biblos. La mejor librería de autor bogotana de finales de los noventa se fue al precipicio. El cambio de sede a una crepería del norte, anunciada como su resurrección, terminó en desastre. Esto confirma una vieja regla de mi abuela: nunca mezcles libros con salsa bechamel.