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Los sopores del 2014

Este fue el año en que murió Cerati, llevándose con él muchas de nuestras ilusiones. También, en el que Fayad escribió una novela increíble que rompió un año muy flojo para la novelística colombiana.

2014/12/10

Por Nicolás Morales



Gustavo Petro pronunció, a capela, el mejor discurso que sobre Gabo se haya dado en la Feria Internacional del Libro. Fue también un año en el que pasaron cosas raras, y esas cosas raras deben ser registradas. Por ejemplo, Jota Mario, el presentador, no el poeta, lanzó un nuevo libro: El paradigma de la hamburguesa; los libros de Gabo jamás llegaron a las librerías independientes y la taquilla del cine colombiano bajó, pero ese descenso estuvo ligado al hecho de que tuvimos mejores películas. Terminemos este año con unas cuantas gotas amargas, deseándoles a los lectores un venturoso 2015.

Para qué entrevista si hay auto-entrevista. En un evento del Hay Festival, Juan Gossaín presentó una de los mejores performance culturales del año. Eso sí, olvidó que en la tarima a su lado estaba el objeto del evento: el escritor Tomás González. A punta de preguntas frondias y de monólogos interminables, Gossaín hizo las delicias de un abochornado público cartagenero. Entendemos la tendencia general de pensar que son los entrevistadores quienes llenan auditorios, pero si de entrevistar escritores se trata, que al menos lleven, por favor, a alguien que sepa un poquito de literatura.

Ya no embriaga la lectura. Poker decidió, en el marco de su política social corporativa, fomentar la desaparición de la lectura de una manera más bien original: pidiéndole al público que compre y regale cervezas en vez de libros. La publicidad ha tenido mucho éxito y en SABMiller, supongo, exhiben orgullosos la estadística colombiana de lectura, posterior a la propaganda: un libro por 230 cervezas para cada habitante. Eso es una increíble enciclopedia de petacos para todos los hogares colombianos.

Rapto camandulero. El establecimiento colombiano más refinado despidió a García Márquez como él hubiera esperado que lo hiciera “a cabalidad” un país conservador con su escritor ateo y de izquierdas: con misa en la catedral primada. Esta venganza quedará registrada en los anales de la siempre coherente y bonita relación que Colombia mantuvo con su Nobel y que, obvio, termina con el ya muy comentado affaire Texas.

Vos sí es que delirás. Un hueso de película fue el “delirio” del año. Las malas lenguas dicen que más de 800.000.000 de pesos de nuestros impuestos terminaron en esta versión podrida de Fama, cargada de europeos trasplantados que ni bailan ni actúan, de falsos acentos caleños, de estereotipos de raza y de género, sin contar, claro, con las visiones exóticas de una ciudad que je merece “máj que rolos hablando ají, ¿oí vé?”.

La poesía de los buenos contactos. “Pocos eventos gratifican a un ser humano más que labrar su propio camino”. Así comienza uno de los artículos de una prestigiosa revista que realza el Premio Loewe otorgado a una joven poeta, hija de dos distinguidos miembros de la sociedad colombiana. Como la vimos hasta en la sopa (lo que es raro en el ámbito de esa cosa rara que a nadie le importa y que se llama “poesía”), creemos que fueron las oficinas de prensa Lara-Gómez Méndez las que se movieron de lo lindo. Aunque el premio parece merecido que no se diga que no hay poesía en las relaciones públicas.

Premio en carroza. La carroza de Bolívar ganó el premio a la mejor novela del año. A la ceremonia le faltó un hervor, como diría mi abuela, haciendo evidente que nadie entiende ni la metodología ni el resultado de este extraño premio, lleno de finalistas representados por los grandes pulpos. El maestro Evelio merece muchos premios, sin duda, pero no uno en donde el premio se concede por falta de rivales que den la talla.

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