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Los trucos de la memoria

Marta Ruiz cuenta la historia de su abuela, Marina Marulanda, una vida llena de buenos recuerdos. El curioso mecanismo de olvidar y recordar.

2010/03/15

Por Marta Ruiz

Últimamente, a mi abuela la acosan los buenos recuerdos. Tiene 84 años, se la pasa sentada en un sofá, tejiendo croché o acariciando libros que dice leer completos. En realidad, dudo que haya leído uno entero. La vida se le fue en una lucha por la supervivencia que no le dejó lugar a la literatura. Presiente, sin embargo, que en los libros hay historias y destellos de las vidas que no tuvo. Los acaricia, los hojea, los palpa durante horas y días, y luego pide otro, y que se lleven el ya leído. Le encanta contar historias de su pasado. Sólo que ahora son una versión revisada de la vida, donde ella es la protagonista principal. La famosa Marina, como se llama a sí misma, conserva todavía esa belleza fuerte y recia de las campesinas de la zona cafetera.

En su nueva épica, cuenta cómo ella, la más bonita y afortunada de la vereda, tuvo que elegir entre un ramillete de hombres que la pretendían. Entre ellos dos apuestos hermanos que suspiraban de amor por ella. Eligió al más buen mozo. ¡Ni boba que fuera!, y además, el más noble. Un hombre que no conocía el valor del dinero, generoso y entregado a los demás. Y cuenta cómo fueron de buenos los años juntos. Las fiestas, los paseos, el hecho de que su marido la animaba a disfrazarse en las verbenas populares o que no le importaba que mi abuela se tomara un vaso de aguardiente en la mañana para brillar los pisos de madera con brío, y despachar para la escuela a sus nueve hijos, los que les cosía ropas nuevas cada año, creadas con su propio ingenio. ¡Cómo admiraban su limpieza y gracia las amigas!, dice.

Recuerda su viudez como una profunda orfandad. Pero la famosa Marina no se arredraba ante nada. Tenía sacar adelante a sus hijos y entonces se dedicó a traer chucherías de Maicao, de Buenaventura, de Turbo. Contrabando de whisky, de Marlboro, vajillas. Y ahora secretamente confiesa, algo de munición de escopetas escondido entre sus voluminosos pechos. Luego iba de casa en casa vendiendo las mercancías, al fiado. La palabra valía y a la famosa Marina nadie le fallaba en el pago.

Sin embargo, la historia no siempre fue así. Hace unos años, los recuerdos tristes también hacían parte de su historia. La inmensa pobreza del campo, y lo duro que había sido su vida al lado de un hombre bebedor, tahúr y mujeriego. Un hombre que, de alguna manera, se echó a las petacas porque a su lado había una mujer volcánica y luchadora. Recordaba todavía con miedo, cómo la vida les cambió súbitamente durante La Violencia, cuando los chulavitas llegaron a quemarles la casa, y tuvieron que huir una noche por los montes de Barragán, en el Valle, sin volver a atrás. Y la dura peregrinación de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, viviendo del rebusque. Un día vendiendo arepas, al otro, tamales y así, hasta que empezaron los viajes por el “contrabando”. Jornadas extenuantes en buses vetustos por carreteras infames, y después los recorridos de casa en casa cobrando cada peso, a personas que a veces no querían pagar.

Siempre quiso andar más. Estoy segura de que si hubiese sido un hombre y no una mujer, habría viajado a los confines de la tierra, quizá como marinero o algo así. Pero la vida, y la feminidad que llevaba a cuestas, la obligaron a quedarse, quemándose al sol cada día para levantar los hijos. Hasta que hace 25 años sufrió una apoplejía y se hundió en el mutismo. Durante años se estuvo apagando como una llamita. Y de repente, un poco menos de una década, una desconocida fuerza interior le soltó de nuevo la lengua, aunque su cuerpo quedó un poco chueco.

Volvieron sus recuerdos. Pero por algún secreto mecanismo de la memoria, se ha quedado sólo con los buenos. Quién sabe a dónde fueron a parar las reminiscencias que la hacían sollozar en el pasado. Olvidó que su familia fue una carga dura de llevar, el hambre, y hasta la violencia. Se recuerda siempre en fiestas o en paseos. Bella, amada y rodeada de seres buenos. Ni siquiera la evocación de algunos de sus queridos hijos que han muerto la hace lagrimear. Se carcajea reviviendo los buenos momentos que tuvo con ellos. Recuerda la vida, no la muerte.

Sabe que el tiempo se le está acabando, y vive cada momento como si fuera el último. Cada Navidad, cuando la familia se reúne en fiestas, ella grita animada: ¡ahí les dejo mi herencia, la alegría!

Me pregunto entonces si existe un mecanismo secreto en los seres humanos para hacer más liviana la vida. Si esa dialéctica natural entre memoria y olvido es necesaria para seguir caminando, cuando ya la vejez nos deja sin aliento. Me pregunto si es una elección personal, o simplemente, una estrategia de supervivencia. O son los trucos que inventamos para simplemente, en medio de la adversidad de nuestros tiempos, intentar que cada día sea un poco más feliz.

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