?Por Sandra Borda

Los vicios del analista

Además de ejercer la labor de analista desde hace poco tiempo, soy adicta a los programas radiales y televisivos de opinión. La argumentación me entretiene y me gusta. Ser productora y consumidora de análisis me ha puesto a pensar frecuentemente en el ejercicio de esta profesión y por eso quiero compartirles algunos problemas que he identificado en este mundo que sigo aún descubriendo.

2015/03/02

Por Sandra Borda

Además de ejercer la labor de analista desde hace poco tiempo, soy adicta a los programas radiales y televisivos de opinión. La argumentación me entretiene y me gusta. Ser productora y consumidora de análisis me ha puesto a pensar frecuentemente en el ejercicio de esta profesión y por eso quiero compartirles algunos problemas que he identificado en este mundo que sigo aún descubriendo. Naturalmente, no me eximo de lo que denomino ‘vicios’ y que aquí planteo: yo misma no he podido deshacerme de algunos de ellos y los considero difíciles de superar. Por eso me provocan tanta curiosidad.


Vicio n.º 1: el análisis maniqueísta

“Estoy de acuerdo”, “me parece censurable”, “exalto esa decisión”, “se trata de un gran proceso”, etcétera. El primer vicio del analista es reducir todas las discusiones a una cuestión de binarios: las cosas son buenas o malas, uno está de acuerdo o no, algo gusta o disgusta. En medio de estas posturas fáciles, las preguntas realmente complicadas sobre causas y consecuencias se pierden en discusiones que adquieren tonos moralistas y en ocasiones prepotentes.

No adoptar posiciones en blanco y negro puede ser percibido como falta de contundencia y, además, en televisión y radio no hay mucho tiempo para ponerse con ideas demasiado complejas. Pero creo que hay que hacer el esfuerzo: la función del analista consiste en complejizar y no simplificar realidades políticas o de cualquier otra naturaleza.

¿Por qué no intentar sustituir los juicios rotundos pero en ocasiones poco fundamentados con argumentos menos simples y más interesantes? La posición del analista no debería ejercerse desde un pedestal y no debería estar a cargo de trazar la línea que divide el bien del mal; ese tipo de análisis no contribuye a formar opinión ni a activar conversaciones genuinas.


Vicio n.º 2: la picota pública

“¡Conozco a fulano de tal y no creo que haría algo como eso!”, “¡pero de fulano de tal uno puede esperar eso y más!”. Existe una tendencia a analizar decisiones o fenómenos desde las calidades individuales o personales de quienes son sus protagonistas. Esto no solo desplaza las preguntas interesantes sobre qué factores hacen posible que algo suceda o no, sino que adicionalmente pone al analista en un plano de familiaridad con los tomadores de decisiones que a mí, personalmente, me genera incomodidad.

Tiendo a creerle más a un analista que no tenga amigos políticos. Le tengo desconfianza a establecer “amistad” (dudo que se le pueda llamar así) con el poder y más aún si uno busca desentrañar su lógica y someter a escrutinio a sus protagonistas. Un analista siempre debe ampliar el espacio de autonomía para sus análisis y no reducirlo: los “amigos” comprometen, funcionan bajo dinámicas de “toma y dame” que pueden terminar convirtiendo al analista en mandadero, en defensor de oficio o en megáfono.


Vicio n.º 3: análisis vs. chisme

“Yo he escuchado por ahí…”, “se dice en los círculos de Palacio, o del Congreso…”. Este es el terreno pantanoso en el que el analista aspira a jugar al periodista, pero sin asumir la responsabilidad de la información que transmite. Y claro, todo por cuenta del círculo de “amigos” con el que está (o cree estar) conectado. Creo que un analista serio debe trabajar única y exclusivamente con información pública y no con chismes que oye en los pasillos o en los cocteles. La función de obtener y transmitir información es de los periodistas y no de los analistas, ellos están entrenados para eso (nosotros no) y es clave mantener bien definida esta división del trabajo. Por honestidad, claro. Y por respeto.


Y el último vicio…

A veces medios y audiencia piensan que un analista debe ser partidista (lo que sea que eso signifique por estos días: uribista, santista, liberal, conservador, etcétera) y que sus posiciones deben derivarse de sus preferencias políticas. Eso es completamente legítimo: pero solo si se hace explícitamente, con todas las cartas sobre la mesa.

Al final, no solo los académicos pueden ser analistas. Ni más faltaba. Pero se debe revelar hasta dónde llega la anhelada imparcialidad de las opiniones y en dónde yacen los límites establecidos por los compromisos políticos o contractuales. Si eso no está claro para los medios y para la audiencia, el análisis poco ayuda a entender y, más bien, termina por profundizar la confusión.

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