Lucas Ospina

Gamonalismo y meritocracia en el Museo Nacional

En la pasada edición de Arcadia, el editorial “La noche del museo” le cantó la tabla al Museo Nacional o, más bien, a quienes decidirán la elección de Director y Curador de ese lugar que acumula cientos de días de interinidad en sus dos cargos principales.

2015/06/19

Por Lucas Ospina

En la pasada edición de Arcadia, el editorial “La noche del museo” le cantó la tabla al Museo Nacional o, más bien, a quienes decidirán la elección de Director y Curador de ese lugar que acumula cientos de días de interinidad en sus dos cargos principales. Arcadia señala que el retiro forzado de la pasada directora, María Victoria de Robayo, por cumplir el límite de 65 años de edad para funcionarios públicos, poco incidió en esta “crónica de una vacante anunciada” y que, desde diciembre del año pasado, el museo vive “literalmente, a la deriva”.

El editorialista no lo dice, pero es significativo que la última curadora en firme, María Mercedes Herrera, nombrada en junio de 2013, haya durado pocos meses en el cargo y que su retiro, en parte, se haya debido al poco apoyo que recibió de Robayo para las iniciativas del área curatorial. Pareciera que la orden es hacer lo menos posible, no dejar hacer y que nadie gane méritos para ser curador o llegar a director. “Al que nada hace, nada le pasa”, ese es el lema favorito de los que saben apoltronarse, treparse o resignarse en el berenjenal de toda politiquería institucional.

El Museo Nacional ahora hace lo mínimo, tal vez porque cuando hizo más y se salió del libreto cancilleresco, las críticas no se hicieron esperar. Hubo reacciones cosméticas, como cuando Robayo ordenó retirar una caricatura de un expresidente de una exposición sobre ese expresidente, para no indignar a la familia del expresidente (sin importar que esa misma caricatura formara parte de la preciada colección de ese mismo expresidente). Y también las hubo desde la hipocresía rola de la “gente de bien”, que fue la que enfrentó Beatriz González, como curadora principal, cuando decidió blindar, literal y metafóricamente, una exposición tan vigente como “Tratados de Paz, acuerdos en Colombia, 1902-1994”. En esa exposición, asesorada por la artista Doris Salcedo, se sellaron las vitrinas donde estaba expuesta la memorabilia guerrillera y la documentación que evidenciaba el rol de las familias poderosas del presente en el statu quo que propició los conflictos del pasado (Gómez, Lleras, López, Santos et al).

De las reacciones reaccionarias no se salvó ni Cristina Lleras, su exposición sobre el Bicentenario de la Independencia fue polémica solo porque invitó a un artista que le puso peluca a los próceres. Pareciera que a Lleras le cobraban no solo esa exposición, sino una variedad de ejercicios y aperturas curatoriales que ridiculizaron narraciones patriarcales como las de las vitrinitas donde se exhiben los objetos buengustistas donados por familias de abolengo. También por mantener iniciativas de guiones temporales sobre fútbol, rock y televisión, o por mostrar que la obligación contractual de mostrar, por siempre y para siempre, los Boteros, es desmesurada ante el ejercicio de una exposición bien trazada sobre la vida y muerte de un personaje como el guerrillero y político Carlos Pizarro (Hacer la paz en Colombia. Ya vuelvo. Carlos Pizarro, 2011).

La editorial de Arcadia, con pocos nombres sobre el tapete, inventarió un decálogo de críticas y al final dejó en el aire la pregunta: “Y, finalmente, si se cierra el museo, ¿a alguien le dolería? Al parecer no. ¿Es justo que el museo no tenga quién lo dirija y defienda?” Sin embargo, en las “Minúsculas” de la edición #111 de Arcadia, de diciembre de 2014, se decía que “ante la inminente renuncia de María Victoria Robayo, directora del Museo Nacional […] suena, el nombre de Daniel Castro, director de la Quinta de Bolívar, para sucederla”. La nota anónima, astuta o cándida, pudo indisponer a la Ministra de Cultura ante uno de los candidatos con más méritos. La alta funcionaria tal vez se oponga a que sea la prensa quien nombre los funcionarios.

En el tiempo entre la entrega de esta columna y su publicación quizá se resuelva este dilema, y la saliente ministra de Cultura nombre director y curador. ¿Quiénes serán? ¿la hija de un expresidente que colecciona arte? Lo más probable es que sea otra “señora de la cultura”, una burócrata ilustrada que tenga la bendición de los prohombres y financieros de la Asociación de Amigos del Museo. Tal vez triunfe el gamonalismo cultural o se reconozca el mérito a los directores y equipos curatoriales que por años han tenido bajo perfil pero muy aguerrida actividad en unos cuantos museos estatales e instituciones culturales. ¿Se nombrará a la gente que sí está sintonizada con la constitución del 91 o prevalecerá el maquillaje liberal de una godarria cultural decimonónica? Lo que sigue es telenovelería y pantalla, tal vez por eso en las nuevas salas del museo hay más, más y más pantallas, y cada vez menos comprensión del poder de las imágenes y de la política –no politiquería– de lo que es una exposición.

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