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  • Una mujer camina sobre escombros en Gaza.
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Maleta de ida y vuelta

Viven ahí un millón y medio de palestinos, que en sus dos terceras partes se alimentan de las limosnas internacionales que deben pasar, cuando pasan, por las autoridades israelíes que sitian la Franja por tierra y mar y aire, y la bombardean de cuando en cuando...

2014/08/21

Por Antonio Caballero

 

En un mes de bombardeos y morterazos israelíes sobre la Franja de Gaza han muerto 1.875 palestinos, casi todos civiles, de los cuales 470 eran niños. Según el gobierno de Israel, casi todos eran terroristas. Pero, que se sepa, no ha caído ningún dirigente de Hamas, el partido que hoy gobierna en Gaza y al cual Israel considera terrorista. Antes, sin los bombardeos, mataban más de esos jefes. Y muchos menos niños.

Pues aunque el gobierno de Israel lo niegue oficialmente, todo indica que sus ataques con aviones y cañones y tanques no van dirigidos contra el aparato militar de Hamas, sino contra la población civil de la Franja de Gaza: ese millón y medio de palestinos que viven en un gueto cerrado por un muro y sobre cuyas casas y escuelas y hospitales y depuradoras de agua y centrales eléctricas llueven desde hace un mes (y así sucede por temporadas cada tres o cinco años desde más de sesenta) bombas de una tonelada y obuses explosivos de los llamados “de uranio empobrecido”, que dejan largas secuelas venenosas. Y escombros. Esos que vemos en esta foto.

La publicó hace ya unos cuantos días, el 3 de agosto, El Nuevo Siglo, y la firma la agencia china Xinhua. Pero hay otras iguales de la AFP, de EFE, y hasta de las muy proisraelíes norteamericanas upi y ap. Escombros. Unos cables eléctricos que cuelgan todavía. Pedazos de pavimento vueltos cisco. Un cielo blanco. En medio de la polvareda de la destrucción y del humo de la pólvora, que difuminan en la distancia unos edificios todavía en pie, se ven otros ya demolidos, árboles descuajados, una calle deshecha. Atrás, un grupo indistinto de personas que parecen discutir y señalan hacia uno y otro lado con el brazo y con el dedo: discutidores que, puesto que están ahí, son palestinos; pero podrían igualmente venir de ese pueblo eternamente discutidor que es el judío.

Digo de pasada: una vez, en una calle de Madrid, durante aquella conferencia de la cual iba a salir, decían, la paz en el Medio Oriente, me dijeron unos medio-orientales que pedían instrucciones para encontrar un taxi a quienes les pregunté que si eran palestinos: “No. Somos israelíes. Pero siempre nos confunden”.

Y en la mitad de la foto, avanzando de frente hacia el fotógrafo, indiferente, milenariamente resignada, una mujer palestina de cierta edad, vestida toda de negro y tocada con una kufiya de escaques blancos y negros. Lleva al brazo un colchón de colores enrollado, que puede ser lo último que le queda de su casa aplastada por las bombas. Y en equilibrio sobre la cabeza una maleta tipo Samsonite, de las que tienen rueditas en los aeropuertos. El nombre viene del héroe bíblico Sansón, “Samson” en inglés, uno que según cuenta el Libro de los Jueces mataba con sus manos desnudas, o a golpes de quijada de burro, miles de filisteos. El nombre de los “palestinos” de hoy se deriva etimológicamente del de los “filisteos” de entonces. Pero, por lo que se ve, la maleta de esta señora no tiene rueditas. En la Franja de Gaza no hay aeropuerto. No lo permite Israel.

Pero además no cabría. La Franja de Gaza es un estrecho filo de 360 kilómetros cuadrados, de los cuales en estos días han sido machacados por la aviación, los tanques y la artillería israelí más de la mitad (solo 158 no han sido bombardeados cuando escribo esto). Viven ahí un millón y medio de palestinos, que en sus dos terceras partes se alimentan de las limosnas internacionales que deben pasar, cuando pasan, por las autoridades israelíes que sitian la Franja por tierra y mar y aire, y la bombardean de cuando en cuando con el argumento de que, desde el gueto de Gaza, las milicias de Hamas –la guerrilla palestina– disparan cohetes contra el territorio de Israel. Lo cual es cierto. Se defienden de la ocupación atacando, como los israelíes de enfrente atacan defendiéndose.

Fue en Gaza donde, según cuenta la Biblia, el forzudo Sansón, juez de Israel, caído en manos de los filisteos por cuenta de su enamoramiento de la traidora Dalila y cegado y obligado a moler grano, tomó venganza. En el templo palestino de Gaza derrumbó las columnas gritando: “Muera Sansón y con él los filisteos”.

Y así fue. Ojalá la cosa no se repita. Pero por lo que vamos viendo, esta señora palestina no va con su maleta de Sansón para ninguna parte.

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