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Maravilloso y repugnante

Marta Ruiz llama la atención sobre el mito y el tabú que aún despierta maternidad.

2010/03/15

Por Marta Ruiz

No voy a hacer una columna contra la maternidad. Aunque tendría argumentos suficientes. Simplemente quiero hablar de lo difícil que parece desmitificar, aún en nuestros tiempos, el tema de las no madres, y del no deseo de los hijos. La maternidad sigue siendo tratada en muchas narrativas como algo sacro y no como un territorio gris para muchas mujeres. La reflexión viene a cuento a propósito de la última película de Sam Mendes, Solo un sueño, basada en la aclamada novela de Richard Yates Revolutionary Road. Una cinta que, sin final feliz, deja una sensación de estupor en quienes la han visto. Y aunque tiene muchos ángulos para ser comentada, el de la maternidad es especialmente perturbador.

Los psicoanalistas saben el truco. La madre siempre será algo ambivalente en nuestras vidas. Por eso la gente pasa años en el consultorio sin resolverlo. Pero esta vez no se trata de volver al trauma de ser niños, sino de lo difícil que resulta para las mujeres hablar francamente sobre lo que significan los hijos. Solo he conocido en mi vida a una mujer, bastante mayor por cierto, que se atrevió a confesar que sus hijos, a quienes amaba sin duda, fueron un grillete en su vida y le habían significado al mismo tiempo que satisfacciones, sacrificios excesivos. Consideraba que tenerlos había sido una insensatez juvenil.

En síntesis, Mendes nos presenta a April Wheesler como un personaje con una llama ardiente por dentro, luchando contra el sopor de la vida doméstica. Justo cuando quiere darle un giro a su existencia, queda embarazada. El hijo empieza a crecer en el vientre tanto como la repugnancia de su madre. Después de esto viene el aborto inducido con una perilla, la hemorragia imparable y la muerte. La huida radical de la maternidad.

Es imposible no evocar, desde el triste final de April, la decisión de Laura Brown, una de las protagonistas de Las horas, el libro de Michael Cunningham, llevada al cine con maestría por Stephen Daldry. Laura, en los años cincuenta, vive en un suburbio de clase media de Estados Unidos, un marido perfecto y un hijo adorable. Pero llega la desazón, el fardo de la rutina, la depresión. Subyace en ella la sensación de que su vida puede ser algo más que aquello. Abandona todo. A todos. Jamás vuelve atrás. Jamás siente remordimiento. Su marido nunca superará el dolor de su silenciosa partida, y su hijo, tampoco. La huella indeleble del abandono será la musa de su poesía y la inspiración para morir, arrojándose por una ventana. Laura Brown es un ser amoral que se elige a sí misma.

Curiosamente la misma decisión de vida que tomó la premio Nobel Doris Lessing cuando era muy joven. Esa amoralidad que se siente en Ana y Molly, los dos personajes de El cuaderno dorado cuyos hijos son apéndices marginales en unas vidas donde la política, el arte y la búsqueda del amor tienen papeles centrales. Algo que los adolescentes, implacables, no les perdonan. El de Molly se intentará volar los sesos para mortificarla, y la hija de Ana, cuando apenas tiene uso de razón, decide irse a un internado para convertirse en una británica flemática y sobria, que no se parezca a su madre, quien aún en la treintena, se busca a sí misma.

Hay que decir, eso sí, que tanto April como Laura, Ana y Molly son personajes que vivieron hace seis décadas. Mundos de la posguerra, donde los paraísos soñados estaban en la vida privada de la clase media, con sus dosis de consumo, con matrimonios perfectos al lado de hombres que nunca se marcharían de la casa. Lo que nadie imaginaba es que la promesa de felicidad se rompería porque serían ellas quienes emprenderían el vuelo. No obstante, a pesar del feminismo, del aborto, del divorcio, de la píldora, la maternidad sigue siendo un tabú. Excepto por la literatura —y el cine— que de vez en cuando ha roto el mito. Y nos invita a penetrar en el lado más oscuro del mundo femenino, donde lo maravilloso y sagrado también nos repugna a veces.

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