El camino del medio

La historia del Buda nos permite entender ese anhelo intemporal y universal por encontrar la felicidad personal, aunque el mundo en el que vivamos sea un caos. Ilusión o no, es en nuestra mente donde creemos encontrarla.

2013/08/16

Por Marta Ruiz

Es impactante saber que algunas de las notas de prensa que más se leen tienen que ver con la neurociencia. Que Rodolfo Llinás se ha convertido en uno de los colombianos más populares del país, y que libros como El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl –las memorias de un psiquiatra en el Holocausto–, ha sido desde hace más de una década uno de los más vendidos en Colombia. La gente siente fascinación por los relatos sobre la mente, y en el fondo subyace la pregunta por la felicidad, que tiene tanto de espiritual como de política. Quién no leyó algún día Siddharta de Hermann Hesse y terminó preguntándose qué era más importante, ¿cambiar al mundo o redimirse a sí mismo?

¿Por dónde empezar? Marxistas y liberales siempre miraron con algo de desprecio las corrientes espiritualistas, a las que se acusaba de individualistas. La felicidad, si estaba en su agenda, era una promesa colectiva y requería tal cantidad de cambios sociales que desanimaban a cualquiera.

El desencanto que produjeron, y siguen produciendo, las grandes doctrinas totalizantes, llevaron a muchos intelectuales a explorar los caminos del budismo. Además de Hesse, se interesaron en él figuras como Thoureau, Rilke y Lévi-Strauss, por mencionar algunos. El budismo, aunque agnóstico, fue la práctica religiosa que más se propagó en el mundo durante el siglo XX. Su promesa: dejar de sufrir.

La propagación del budismo, el debate intelectual que encarna y el hecho de haber nacido en la India, hicieron que el brillante escritor Pankaj Mishra, que no es budista, se internara en el Himalaya en 1992, a sus veintitrés años, para tratar de comprender cuán lejos o cerca estaba el budismo del pensamiento de Occidente. Qué tanto era fruto del atraso de su país o del esnobismo de los europeos. Lo suyo era una pregunta intelectual pero también una necesidad personal, pues miraba con gran escepticismo la propia tradición de su pueblo.

El resultado es un libro fascinante que vino a publicar doce años después, y que se titula Para no sufrir más. Una mezcla de diario de viaje, de ensayo histórico y filosófico, pero sobre todo, una biografía política de Gautama Buda, el profeta de la autoredención.

Según Mishra, Buda fue el primer hombre moderno, pues intentó comprender el sufrimiento que el cambio social y cultural producían en los seres humanos, resultado de la observación de lo que pasaba en su época, seis siglos antes de Cristo. Un mundo donde la guerra, el mercado, el lujo, el dinero, habían provocado una crisis de valores brutal. Buda optó primero por el ascetismo y luego de haber obtenido la iluminación, a los treinta y seis años, enseñó a los de su época el “camino del medio”, la meditación como senda para conocer y controlar la propia mente. “La idea del Buda, que presuponía la existencia de un individuo con capacidad de raciocinio y reflexión, había resultado extraordinariamente exportable desde el principio”, dice Mishra.

En contravía con el nihilismo que se le atribuye, Buda vivió hasta los ochenta años recorriendo su país y compartiendo sus nociones de justicia, equidad y libertad con gobernantes como Ashoka y gentes comunes de su época, transmitiendo lo que era su gran hallazgo: “La mente es donde surge el frenesí de la historia (…). En la mente que se conoce a sí misma, la libertad se hace tangible. Y esa libertad no está sino en el aquí y el ahora”.

Posiblemente, lo que la gente ha encontrado seductor de las enseñanzas de Buda es que ni acude a las abstracciones del pasado ni a la ilusión de un futuro. Su propuesta fue profundizar en la vida cotidiana y darle un contenido ético, para encarar la crisis y el sufrimiento que proviene del cambio inexorable de la vida. De la siempre latente decadencia.

La historia del Buda nos permite entender ese anhelo intemporal y universal por encontrar la felicidad personal, aunque el mundo en el que vivamos sea un caos. Ilusión o no, es en nuestra mente donde creemos encontrarla.

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