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¡Mil Tonalás!

Como una flor maoísta hay que desear que Tonalá se multiplique por toda la nación. Mil Tonalás, hay que gritar. Y es que Tonalá no es solo una casa con buen cine. Tonalá es la muestra de que los distribuidores y exhibidores de cine, abultados por las ganancias del maíz pira y del cine comercial, nunca pensaron que lo indie era una verdadera opción.

2014/09/23

Por Nicolás Morales

Tonalá está de moda. Ya era hora de que Bogotá tuviera un sitio tranquilo para ver cine independiente. En todas las ciudades decentes hay Tonalás, cines de clase media, con muchas opciones de películas pero donde no dejemos en cada boleta la vida empeñada. No es que no tuviéramos Cinemanía, pero se volvió, desde hace tiempo, demasiado aristocrático; y Cinema Paraíso, igual, con el perdón del buen Federico Mejía.

Como una flor maoísta hay que desear que Tonalá se multiplique por toda la nación. Mil Tonalás, hay que gritar. Y es que Tonalá no es solo una casa con buen cine. Tonalá es la muestra de que los distribuidores y exhibidores de cine, abultados por las ganancias del maíz pira y del cine comercial, nunca pensaron que lo indie era una verdadera opción. En otras palabras, nunca el cine independiente fue una convicción; fue solo un nicho mal explotado en esos cines de la 72 a los que, con todo y sus deficiencias, hay que defender antes de que se los coma El paseo 7 o Rápido y estúpido 42. Con una programación muy dependiente de los distribuidores pequeños y sin arriesgar nada, o casi nada, Cine Colombia nunca entendió el juego. Mucho menos Cinemark, que hoy evita alérgicamente el buen cine. O mejor, lo entendieron demasiado bien: el cine independiente no es tan rentable, pues a cada una de sus películas entran entre 500 y 2.500 personas, a lo sumo. Por eso con seguridad dicen “¿para qué arriesgar? Que los pequeños distribuidores independientes (Babilla, Cineplex y otros) traigan el cine; nosotros decidimos si lo hacemos durar en unas pocas salas, si lo publicitamos o no; y si se nos da la gana lo retiramos”, sin importar si se trata de una joya colombiana, como sucedió con la extraordinaria película Tierra en la lengua.

Luego llegó la ópera, para limpiarse la cara y echarle pinturita a su fachada de promoción cultural y, por supuesto, para promover una deliciosa fraternidad de clase. Pero hablamos de cine, no de ópera. Ni siquiera de cine-arte, pues gracias a nuestros megadistribuidores, fantásticas películas comerciales –un poquito más difíciles– no fueron exhibidas en Colombia. En reemplazo de un circuito de exhibición decente nos tocó acudir a San Andresito, a las guacas de películas del centro, a la televisión por cable (Cinemax en la buena época, después Isat y ahora Sundace Channel). Hemos descargado joyas, que siempre vienen con virus y le hemos rezado a Netflix para que nos haga el milagrito, a cuenta gotas, de una que otra película decente. Por eso, como flores en un barrizal, nacieron Cinemanía, Cinema Paraíso y el buen Tonalá. Y a todos acudimos en masa. Y a pesar de que los primeros se hayan vuelto caros, rezamos agradecidos por la salud de sus propietarios. No es extraño que haya nacido Indiebog, un nuevo festival de cine independiente.

Deseo para Colombia cien Tonalás. Que los barrios de las ciudades vean erigir centros de cinematografía independiente en cada barrio, en cada comuna. Como los MK2 en París, los Renoir o Verdi en Barcelona, los espacios incaa en Buenos Aires, el Cine Princesa en Madrid, Ocho y medio en Quito o el mismo Tonalá de Ciudad de México. Mil Tonalás para formar públicos y crear conciencias. Mil Tonalás para despertar de esa pesadilla de las películas de ardillas patinadoras en el hielo que rompen nuestros domingos y solo dejan desazón. Mil Tonalás para romper los monopolios y la hegemonía, mostrando una ciudad más diversa y de mejor cine; en esencia, una ciudad mucho más cosmopolita, que no solo vive de restaurantes gourmet y de hoteles sofisticados. Mil Tonalás para que nos dejen, por ejemplo, proyectar una película sobre Hannah Arendt, no exhibida seguramente por muy intelectual, o muy difícil, o de muy peligrosas ideas. Mil Tonalás para decir con valentía que proyectar cine también conlleva una responsabilidad social, y que esa función va mucho más allá de hacer subir la acción del grupo Valorem para que sus propietarios se paguen los tiquetes a Nueva York para, eso sí, ir a ver muy buen cine.

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