Marta Ruiz.

Misóginos

2012/07/19

Por Marta Ruiz.

Una madrugada de junio Devis González, un patrullero de la Policía, llegó borracho a su casa y disparó contra su esposa Gloria Ruiz, contra sus dos hijastros y otra menor. Luego, intentó suicidarse pero no lo logró. Apenas se hizo un rasguño en el cuero cabelludo. Está preso.

En Armenia, José Luis Motoa en un arrebato de celos cogió un martillo y lo descargó varias veces sobre la cabeza y cuerpo de su esposa Leidy Johana García, de veintiún años. La Policía lo encontró bañado en sangre y con el arma homicida cerca de él.

Angélica Gutiérrez fue atacada por su novio John Jairo Echenique, de veintisiete años, desmovilizado de las Farc, quien enajenado por los celos, la picó con machete y le roció gasolina causándole quemaduras mortales. Poco después, en un cuarto de la Fiscalía, se ahorcó con su camisa.

Javier Giovany Ceballos le dio veinte puñaladas a su esposa Vivian Paola Urrego en el centro comercial Gran Estación en marzo pasado, luego de que ella se negara a volver con él. Según la prensa, Ceballos busca beneficios judiciales.

Wilson Acevedo Barrios recibió este año una condena de veintiocho años de cárcel por haber quemado viva a su esposa Mireylis Beltrán Ganem mientras dormía en su casa de Cartagena.

En junio murió en una clínica de Bogotá Rosa Elvira Cely, quien tuvo que esperar más de cinco horas para ser rescatada en un paraje del Parque Nacional, después de haber sido violada y golpeada brutalmente por Javier Velasco. El hombre ya había asesinado a otra mujer pero estaba libre porque la justicia lo trató como a un enfermo mental. Y lo dejó libre. Hubo indignación nacional.

En un arrebato de rabia y violencia, Celimo Vidal Carabalí quemó a su esposa y a su hija con aceite caliente. Está preso.

Ramón Reyes Papamija, un humilde trabajador de Curillo, Caquetá, mató a su esposa y a sus cinco hijos mientras dormían. Luego se suicidó.

El exsoldado John Alex Ferreira mató a su esposa y a sus dos hijos. Intentó suicidarse pero no pudo.

En el 2012 según Medicina Legal veinte mujeres han sido atacadas con ácido en Colombia. En el 2010 fueron cincuenta y cinco, y el año pasado cuarenta y dos. Algunas de ellas viven desfiguradas y con máscaras permanentes. Son objeto de curiosidad, lástima y rechazo mientras sus agresores permanecen anónimos.

Colombia es, junto a Bangladesh y Pakistán, el país donde más se ataca a las mujeres con ácido. En Bangladesh en promedio son ochenta y cuatro casos al año, en Pakistán ciento cincuenta. Ambos triplican a Colombia en población lo que hace más tenebroso nuestro promedio.

Según datos oficiales, en promedio diez hombres son capturados cada día por violencia intrafamiliar y asegura la alcaldía de Bogotá que cada treinta y ocho minutos una mujer es agredida en su casa o en la calle en esta ciudad.

Hace ocho años un escritor irlandés terminó de corregir en su lecho de muerte un libro llamado Misoginia: el prejuicio más viejo del mundo (publicado en español con el título Historia breve de la misoginia). Jack Holland rastreó la historia de la humanidad para tratar de explicar por qué hay hombres que desprecian a las mujeres, muy a pesar de que no pueden vivir sin ellas. Desde los griegos y los romanos hasta el moderno rap, cuyos contenidos misóginos Holland observaba con preocupación, pasando por la época victoriana donde sus cuerpos fueron torturados con corsés y por las políticas misóginas de dictadores como Franco y Hitler.

“La misoginia aún florece en algunos rincones de la cultura occidental. Cuando los hombres se sienten humillados y enfadados, las mujeres siguen ofreciendo el chivo expiatorio universal”, dice.

Para Holland ningún otro prejuicio ha durado tanto tiempo, ninguna etnia o grupo humano como las mujeres ha sido víctima continuada del desprecio en todas las culturas y civilizaciones del mundo. Un prejuicio encubierto según el autor bajo diferentes formas, a veces (las menos) presentado como discriminación social y política, pero la mayoría como desvaríos psicológicos propios de individuos arrebatados por el odio. Holland denuncia un esfuerzo de la sociedad para no ver lo que tiene delante de su nariz.

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