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Molano

La lengua absuelta

Marta Ruiz escribe sobre la importancia de leer la obra de Alfredo Molano para entender las difíciles realidades de un país fragmentado.

Por: Marta Ruiz

Publicado el: 2013-04-11

Me cuentan quienes estuvieron hace poco en el Encuentro de Zonas de Reserva Campesina, en San Vicente del Caguán, que colonos de todas las edades, de todas las regiones y con los más diversos acentos rodeaban a Alfredo Molano, lo abrazaban, le agradecían sus libros, lo invitaban a sus tierras. Ellos, los campesinos que habitan el “revés de la Nación” (término acuñado por la antropóloga Margarita Serje para describir la Amazonía), ven a Molano como una especie de mamo, de taita o de chamán de los colonos. Porque es a través de su voz, o mejor de su pluma, que se ha escrito buena parte de su historia oral, de sus vidas– azarosas y truculentas–, de sus luchas.

Si alguien quiere entender de qué se habla en La Habana entre el gobierno y la guerrilla, no debe acudir a la prensa, ni a los comunicados oficiales, ni a los manifiestos de la insurgencia. Debe leerse tomo a tomo, página a página, cada uno de los libros de Alfredo Molano. Porque allí, en Cuba, de lo que se trata es de incluir en la Nación aquel medio país, violento y bravío, que Molano nos ha contado a lo largo de su vida.

Para conocer las entrañas de la guerra hay que leer aquellos textos de su primera época, como Siguiendo el corte, Trochas y fusiles y Los años del tropel. Son historias de vida, unas veces de guerrilleros liberales o marquetalianos que están a medio camino entre luchadores sociales y bandoleros; otras son las sagas de aventureros y colonos expulsados de la promesa de progreso industrial de la zona paisa; o las hazañas de andariegos que han encontrado en los atajos de este país el hilo conductor de la violencia. Desde la guerra de los Mil Días, pasando por el conflicto con el Perú, empatando con La Violencia, para desembocar en la reyerta de las últimas décadas.

Mientras una parte de Colombia se modernizaba, entraba ilusionada en las quimeras del consumo desbocado y la apertura económica, Molano caminaba a pie o en mula el olvidado mundo rural, grabando a los más increíbles personajes. Como cronista, Molano nos ha enseñado el valor de la historia de vida de las clases subalternas. Me corrijo, de aquellos cuyo lugar en la historia debería haber sido el de la subordinación, pero que prefirieron la resistencia y la desobediencia. Como sociólogo, ha construido un punto de vista que hoy ilumina una realidad que el país de las grandes ciudades ignora. El de la gente que habita el territorio donde por años no ha habido Estado o ha sido controlado por los grupos armados. El país invadido por los nuevos piratas del oro, como nos lo cuenta en Aguas arriba; la patria desoladora de Rebusque mayor, donde se leen las historias de las “mulas” del narcotráfico que se pudren en cárceles extranjeras; las vidas inquietantes de los desmovilizados de Ahí le dejo esos fierros; o los destinos a la deriva de los desplazados y exiliados de Desterrados o de Del otro lado, de su producción más reciente. Sus libros son, en suma, la historia del pueblo.

Bien lo dice él mismo en el epílogo de Del Llano llano: “La historia no es algo que ya pasó y, sobre todo, que ya les pasó a hombres notables y célebres. Es mucho más. Es lo que le sucede al pueblo común y corriente todos los días, desde que se levanta lleno de ilusiones hasta que cae rendido en la noche sin esperanzas. No se necesitan documentos acartonados y descoloridos por el tiempo para convertir un hecho en histórico; la historia no se refugia en las notarías ni en los juzgados, ni siquiera en los periódicos. La historia es una voz llena de timbres y de acentos de gente anónima”.

Por eso, para entender por qué los campesinos se han vuelto protagonistas de la política, luego de años de letargo; por qué el proceso de paz cambiará sus vidas, y no solo la de los bandos combatientes; y por qué aquel territorio inhóspito y temido, aquel revés de la Nación, tiene una esperanza si se acaba la guerra, hay que leer a Molano.