BUSCAR:

Morirse

La lengua absuelta

Por: Marta Ruiz

Publicado el: 2013-03-14

Cuando me enamoré por primera vez, pensé que viviría al lado de ese hombre por el resto de mi vida y que, con suerte, moriría junto a él. No fue así para mí, y por lo que he visto, para una mayoría de mis contemporáneos cuya consigna parece ser: “Hay que casarse joven y con frecuencia”.

Morir juntos es tal vez la idea más romántica que existe. Aunque a veces aquello signifique morir de amor, o morir para ponerle fin a aquel tormento insufrible que puede ser vivir con el otro. O peor aun, sin él.

Los franceses lo hacen muy bien cuando se trata de describir esa turbulenta relación del amor con la muerte. La mujer de al lado, por ejemplo, causó un gran impacto en mi generación. Es una película clásica de François Truffaut, protagonizada por la diva del cine francés en los años ochenta Fanny Ardant, y Gérard Depardieu, cuando aún no se orinaba en los aviones, ni salía a ufanarse de que su patria es el dinero.

La premisa de la historia es trágica: hay amores condenados al tormento, amores del “ni contigo ni sin ti”. Entonces morir juntos ya no es una idea romántica sino brutal. Es una liberación a quemarropa.

O Boda blanca, de Jean-Claude Brisseau, en la que el amor único, obsesivo e imposible de una adolescente por su profesor la sume en una depresión profunda, en una contemplación mística de su amado que la conduce a la muerte.

El cénit es por supuesto El marido de la peluquera, de Patrice Leconte, una obra poética y sensual sobre un hombre, Antoine, que siempre quiso amar a una peluquera, y por suerte encuentra a Matilde, con quien vive un amor ideal, cuasi perfecto. Hasta que ella un día le dice algo así como “me voy para que no me olvides” y se lanza a las aguas turbulentas de un río, pues con perspicacia suprema comprendió que ese amor tan bonito no duraría para siempre.

Porque una cosa es la idea romántica de envejecer y morir junto al amado, y otra cosa es atravesar la vida, con todas sus pequeñas mezquindades, día tras día y año tras año. Y sobrevivir a ello. Ahí está si no La guerra de los Roses, que nos recuerda cómo es aquello de morir juntos, pero no exactamente de amor.

Muy pocos logran cumplir ese sueño, de envejecer con un único amor, y morir a su lado, aunque no necesariamente al mismo tiempo. “Hasta que la muerte los separe” es la excepción y no la regla. Claro que, para qué negarlo, existen excepciones que son el colmo del romanticismo, pues ni la muerte puede con ellos.

Ahí está el caso de André Gorz, el brillante intelectual austriaco, fundador de Nouvelle Observateur, quien en el 2007 se suicidó junto a su esposa Dorine. Poco antes de matarse, Gorz escribió una especie de manifiesto del amor romántico, bellísimo, cuyas primeras líneas dicen: “Acabas de cumplir ochenta y dos años. Has encogido seis centímetros, no pesas más de cuarenta y cinco kilos y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace cincuenta y ocho años que vivimos juntos y te amo más que nunca. De nuevo siento en mi pecho un vacío devorador que solo colma el calor de tu cuerpo abrazado al mío”.

Algo de esa historia de los Gorz se respira en Amor, la película del también director austriaco Michael Haneke, que ha conmovido al público como quizá hace tiempo no lo hacía un filme. Se trata de George y Anne, una pareja que parece haber encontrado al final, cada uno, su lado de la cama, el respeto mutuo, la tertulia, el gusto por la compañía del otro. Son como buenos amigos, que se aman. El director nos ahorra los reclamos, las infidelidades, los desacuerdos del pasado. Parece un amor perfecto, una pareja que viaja hacia ese idílico morir juntos. Que no es idílico en lo absoluto.

Es el viaje desolador por el laberinto de la vejez; es la tragedia del cuerpo cuando lo abandona la voluntad; es una película que nos pone en evidencia que el final de nuestras vidas puede ser cruel, siniestro, lento. Y contra todo romanticismo, solitario.