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Moros en Barcelona

Antonio Caballero escribe sobre la plaza de toros de Barcelona. "un multimillonario jeque petrolero árabe, el mismo que ya le compró a la corrompidísima Fifa el Mundial de Fútbol del año 2022, ha decidido comprar también la plaza de toros Monumental de Barcelona para convertirla en una mezquita: la tercera más grande del orbe musulmán..."

2014/07/23

Por Antonio Caballero

 

 

 

Pues resulta que un multimillonario jeque petrolero árabe, el emir de Qatar Tamin ben Hamad al Zani, el mismo que ya le compró a la corrompidísima Fifa el Mundial de Fútbol del año 2022, para cuando es muy probable que todos estemos muertos, ha decidido comprar también la plaza de toros Monumental de Barcelona para convertirla en una mezquita: la tercera más grande del orbe musulmán, después de las de las ciudades santas de La Meca y Medina. La prensa habla de 2.200 millones de euros, aunque no queda claro si ese es el valor de la plaza o lo que cuesta su adaptación para lugar de culto, que incluiría, supongo, la construcción de una inmensa cúpula sobre el ruedo, mucho más vasta que cualquiera de las cúpulas existentes: la de Santa Sofía en Estambul, la de San Pedro en Roma, la de la catedral de Yamusukro en Costa de Marfil que pagó “de su bolsillo”, dicen, el presidente Félix Houphouët-Boigny e inauguró en persona el papa Juan Pablo II. En cuanto al resto de la construcción, no habría que tocarle ni un pelo.

Porque vean en esta foto lo que es la plaza de toros de Barcelona. Y tengan en cuenta que la otra que había en esa ciudad, la de Las Arenas, cuando hace unos cuantos años dejó de dar corridas, también fue ofrecida para volverla mezquita musulmana. Pero acabó convertida en mero centro comercial, siguiendo el destino de los lugares destinados al culto, en ese caso, el de los toros. Un destino que ya señaló hace dos mil años Jesucristo cuando intentó en vano expulsar a latigazos a los mercaderes del Templo de Jerusalén. Volvieron al día siguiente.

Miren esta foto, y digan si la plaza no es ya una mezquita hecha y derecha. Vean esos minaretes de ladrillo semejantes a la airosa Giralda de la catedral de Sevilla, que también fue mezquita árabe, coronados por cúpulas bulbosas de azulejos blancos y azules que parecen de inspiración otomana, perforados de ventanas mozárabes que suben en espiral hasta las cúpulas. Vean más arriba el cielo imperturbablemente azul del Mediterráneo, y en él la promesa de una esplendorosa tarde de toros.

Pero no. Ya no se dan corridas en Barcelona. Las prohibió el Parlamento de Cataluña por razones políticas nacionalistas: eran, decían los independentistas catalanes, una imposición del imperialismo castellano. ¿Preferirán la incursión del imperialismo qatarí? Pues los fundamentalistas musulmanes reclaman, como es sabido, el restablecimiento del califato en todo el mundo que alguna vez fue árabe, desde el Atlántico en Marruecos y Gibraltar hasta las islas del Océano Índico. Lo cual incluye, por supuesto, el territorio de Al Andalus. No solo la Andalucía actual, como tiende a creerse, sino la totalidad de España. Durante al menos dos siglos Barcelona fue mora, y se llamaba Madinat Barshiluna. Y por ella ha pasado todo el mundo, dejando una ciudad ecléctica y mestiza que ha conocido todos los imperialismos: el fenicio y el griego, el cartaginés y el romano, el godo, el carolingio, el árabe, el aragonés, el francés de los Borbones, el del Comité Olímpico Internacional, que organizó ahí los juegos de 1992. Y todo eso que hoy puede verse en la Monumental de Barcelona tiene, si bien se mira, origen árabe: esos ladrillos de barro cocido, esos azulejos de las cúpulas, hasta el azul del cielo. Porque no solo los azulejos propiamente dichos y su nombre, sino hasta la palabra “azul” es, etimológicamente, invención de los moros: se deriva de la palabra hispano-árabe “lazaward”. Los antiguos —los romanos, los griegos— no tenían ninguna palabra precisa para designar el color azul, y hay quienes han sostenido que ni siquiera distinguían el color. De modo que si la bella plaza de toros de Barcelona pasa al poder de un jeque árabe, no hay razones para protestar: vuelve a su origen.

O no. Porque aunque todo lo demás sea moro, los toros no lo son.

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