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  • James Rodríguez, goleador del Mundial Brasil 2014.

Mundial

"Cuando se publique esta columna voy a sentirme dispersa y como acongojada porque se acabó el Mundial. Durante un mes he estado concentrada, he cumplido, me he gustado al verme cumplir con ver".

2014/07/23

Por Carolina Sanín

Cuando se publique esta columna, habrá terminado la Copa Mundo de fútbol. Mientras escribo, todavía falta que se juegue la final entre las selecciones de Alemania y Argentina y, la víspera, el partido por el tercer lugar, entre las de Brasil y Holanda. Creo que no veré ese, el del tercer lugar. A veces he opinado (el Mundial tiene eso, que nos permite constantemente a todos opinar de lo que no sabemos, por la fantasía o la realidad de que a todos nos está sucediendo lo mismo) que no debería jugarse: es una competencia casi cruel entre dos perdedores, en la que el cansancio riñe contra el cansancio por una sobra de dignidad (¿quién se acuerda de quién queda en tercer lugar en un mundial?). Pero no es verdad que no vaya a verlo. Trataré de verlo, como he tratado de ver todos los partidos de la Copa, o al menos lo pondré a andar en el televisor, en mi cuarto, mientras trabajo aquí, en el estudio, o hago algo en la cocina, o leo, o hablo por teléfono. Si me he preocupado por no perderme ningún otro partido de la Copa, más trataré de no perderme ese, que es quizás más heroico que los otros, pues a través de él no se consigue ningún triunfo patente, y que quizás me muestre que el fin principal por el que he visto todos los partidos es para no perdérmelos, para estar viendo lo que tanta gente ve, para estar en común.

Cuando se publique esta columna voy a sentirme dispersa y como acongojada porque se acabó el Mundial. Durante un mes he estado concentrada, he cumplido, me he gustado al verme cumplir con ver. Me parece que es un gran don este que se me da cada cuatro años. Es una gran dicha el Mundial. Tras la expectativa nerviosa de cada partido, de no saber qué va a pasar, está la fe en que al final hay una copa, hay un premio cierto. La seguridad de que no se puede no entregar la copa, de que no puede no haber un ganador, trae temporalmente la certeza de que el mundo no va a acabarse mañana. No creo que haya felicidad más grande que esa confianza, por falsa que sea. Uno puede morirse antes de que se entregue la copa, claro, pero cree que no, o se distrae de la posibilidad, y eso trae un descanso infinito.

Miré el Mundial pasado mientras pensaba que parte de nuestro gusto por el fútbol, por el juego cuya regla principal dice que no puede tocarse el balón con la mano, era una representación de la prohibición de la masturbación y, por consiguiente, una representación de la castración. En el Mundial antepasado, pensaba en la noción de la guerra mundial que se libra en paz durante la Copa; de lo bellamente absurdo de que el torneo se libre entre países (¿cómo así que, por ejemplo, Ghana le gana a Inglaterra? ¿De qué necesidad surge esa oportunidad de que un país menos poderoso prevalezca sobre uno más poderoso? ¿Por qué celebramos con el fútbol nuestro vínculo con la comarca donde nacimos?).

Durante el Mundial de este año he pensado en los planetas. En nuestro universo, las esferas son la patencia de la ley. El movimiento de las esferas es la única ley que todos los vivos de todos los tiempos obedecemos. La ilusión de que, por un lapso establecido —la duración del juego—, podemos manipular con reglas humanas, habilidades humanas y pasiones humanas el movimiento de una esfera hasta que dejarla quieta, pescada en nuestra red, constituye un desafío enorme, el juego más radical, el de negar la ley, el juego en sí. Quizás se deba a esa seriedad trascendental del juego el que los chistes sobre fútbol, sobre el Mundial, sean escasos y tan malos. En eso también he estado pensado esta vez, solo que en realidad no he estado pensando en nada.

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