BUSCAR:

INICIO / OPINIÓN / COLUMNAS

Mundo zombi

Carolina Sanín.

Pasar fijándose

Por: Carolina Sanín.
Publicado el: 2012-06-21

Veo una telenovela que pasan por el canal Pasiones de lunes a viernes. Se llama Señora del destino. Es brasileña, de 2004. Es una telenovelaza, una súper telenovela: no se espera una boda sino al menos seis, no hay un niño perdido y encontrado sino cuatro y hay un ascenso social de la tierra a la luna. La trama puede contarse así:

Isabel ha crecido creyendo que tiene el mismo padre que Claudia, pero en realidad no fue engendrada por José Carlos sino que fue secuestrada por Nazaré, su amante prostituta, que le hizo creer que era hija de ambos. Le fue robada a María, una pernambucana pobre que migró a Río de Janeiro con sus hijos en busca de un mejor destino y, veinticinco años después, se ha convertido en una mujer muy rica. María es también madre de Viriato, que se casa con una aristócrata, Eduarda, y es compañero de trabajo de Isabel, su verdadera hermana, que es novia de Edgar, patrón de ambos y nieto de Madame Berthe, antigua patrona de Nazaré, la secuestradora. Leandro, otro de los hijos de María, es novio de Claudia, la supuesta media hermana de Isabel, y antes estuvo casado con Nalva, que estaba enamorada de su cuñado Viriato pero luego se hizo novia de Tomás Jefferson, exnovio de Eduarda, la esposa de Viriato, que es además compañera de trabajo de Claudia. Eduarda y Claudia tienen como patrón al periodista Dirceu, uno de los novios de María, que también es novia de Giovanni, un mafioso cuyos hijos hacen parejas con los de Sebastián, quien trabaja como chofer para el abuelo de Eduarda, y está financiando el diario que va a fundar el novio de su hermana con la venta de un cuadro que heredó de su antigua patrona, doña Josefa, gran amiga de los abuelos de Eduarda, y cuya hija, Guillermina, se convertirá en pareja de Dirceu si María se decide por Giovanni.

La historia de Señora del destino equivale a la suma de las relaciones entre sus personajes, y la descripción de cada personaje no es más que un racimo de cláusulas que lo definen en función de los otros. Cada pareja de personajes está ligada por tres vías, por lo menos. La telenovela es un mundo clausurado desde que todos los personajes pueden conocerse entre sí por haber quedado en la misma clase social o por ser patrones unos de otros. En ese mundo no es posible la existencia de alguien que no esté anudado con todos los demás, como tampoco es posible un giro argumental que no afecte la modificación de esos nudos. Como se ve en el párrafo anterior, que me ha tomado tres horas urdir y aun así quedó mal y confuso, la consecuencia de un error mínimo en el recuento de la trama daría como resultado el incesto o la repetición de la falsa paternidad. Si la historia se cuenta correctamente, en cambio, todos los personajes resultan ser más o menos el mismo.

En Señora del destino veo el reflejo de la sociedad bogotana que para mi pesar conozco bien; del pequeño mundo cerrado, promiscuo, postcolonial de la burguesía bogotana (que probablemente es como las de Río, Caracas y Johannesburgo), en el que, debido a la férrea división social y a la barrera entre la educación pública y la privada, cada persona a quien me presentan resulta conectada conmigo por cuatro lazos sociales, sin que yo lo haya sabido o querido. Personajes de mi pasado, a quienes he dado de baja hace años, resucitan jalados por nuevos lazos. Mi vida aquí tiene un elenco predestinado y nunca parece haber nadie nuevo. El mundo es un pañuelo, mija, como dice mi abuela.

La fantasía de esta sociedad agorafóbica, expresada en las telenovelas, es la de vivir en una gran familia de gente conocida, que equivalga al mundo —que haga que el mundo no parezca ser el tapiz vasto, maravilloso y aterrador que es, sino un pañuelo—, y es también la de vivir durmiendo, pues es en los sueños donde los personajes son todos conocidos del soñador y son todos, en últimas, él mismo. No me parece descabellado pensar que esa fantasía de vivir la realidad como un sueño y una telenovela esté relacionada con nuestra incapacidad para asumir nuestra historia, nuestra violencia, nuestras tragedias; con nuestra infinita capacidad de hacer como si matar no matara y los muertos no hubieran muerto.