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Los últimos navegantes del Mar Muerto

Estoy convencido de que la música clásica no puede seguir siendo el parapeto de los paranoides que se creen minoría, y que la era de decir que en Bogotá se escucha más música en radio que en Nueva York pues como que pasó. Por eso, aquí van unas provocaciones a ver si se agita el río.

2016/03/23

Por Nicolás Morales

¿Hay quién escuche música clásica en la radio hoy en día? ¿Cuántos oyentes quedan en ese mar del dial musical que parece convertirse en otro cuerpo inexistente de agua como el lago Poopó de Bolivia? Desde el corazón ardo por saber cuántos fenicios intentan surcar estas aguas, y no encuentro datos. Eso sí, estoy convencido de que la música clásica no puede seguir siendo el parapeto de los paranoides que se creen minoría, y que la era de decir que en Bogotá se escucha más música en radio que en Nueva York pues como que pasó. Por eso, aquí van unas provocaciones a ver si se agita el río.

Las emisoras con música clásica: ¡cónchale, qué aburrimiento! Las emisoras con música clásica (y digo “con”, porque las que estaban etiquetadas “de” ya casi ni existen en el dial) merecen, con perdón, pensarse de nuevo. Si internet robó decenas de radioescuchas, hay que reaccionar. Y parte del problema es que son muy ortodoxas, lentas y rococó (y no, en el exquisito sentido de la palabra, no). Es hora de evolucionar y olvidar esas posturas “clásicas” que comienzan desde tiempos antediluvianos y terminan, máximo en los años veinte, creyéndose muy contemporáneas. Rompamos las programaciones clásicas y repetitivas; hundamos las voces monótonas con ínfulas cultas; creemos contenido de vanguardia; actualicemos el tono y la dinámica de los guiones y realicemos producciones más animadas. De lo contrario, el último oasis que queda del FM colombiano se convertirá en desierto.

Las digitales colombianas: regular, gracias. Señal Clásica, la más juiciosa, a duras penas logra reptar fuera del agua: recibe muy poca atención por culpa de Radiónica, la nueva consentida del sistema público. Me alcancé a emocionar cuando vi que existe una opción llamada RCN Clásica, pero esa ilusión fue efímera al encontrarme con uno de los diseños más arcaicos, limitados y horribles que he visto en mi vida. Su programación es regular y muy conservadora. Podemos decir hoy que la HJCK es el extraño caso, el dodo, de la cultura radial: la extinta minoría. Por cierto, tengo la sospecha de que nunca medimos las consecuencias de la desaparición del dial de esta última gran emisora cultural, porque, bendito sea el señor, sí que fue importante esa radio y hoy es una antigualla escondida en el cuarto de los trastes del sistema de emisoras digitales del grupo Prisa. Hoy tiene que competir, valiéndose de arcabuces, con 200 emisoras web equipadas para la guerra nuclear: contenido soberbio y desarrollos innovadores para atraer a un público náufrago que busca llegar a mejor puerto de forma desesperada, porque ya no hay nada a que aferrarse. Y no es que ya no disfrutemos de trabajos como el de Luis Eduardo Niño, probablemente el mejor programa de música clásica en Bogotá y otras de sus joyas, pero —con el perdón de ustedes— se está tratando a la HJCK como una guaca o como al parque de las Piedras del Tunjo.

Si bien extrañamos a las ballenas blancas. Nadie podrá recrear lo que ya se fue. Todo era más fácil cuando yo escuchaba radio clásica en FM (tal y como lo hacía la mitad de la humanidad). No podremos olvidar grandes proyectos como los programas de música religiosa del padre Alfonso Rincón, los que hizo Armando Fuentes con William Shakespeare, los de Jorge Arias con las mil óperas o el de Ricardo de la Espriella con nuestro buen Mozart. Afortunadamente, Señal Clásica mantiene a Carlos Heredia: fue él quien nos despertó a muchos de un verdadero letargo musical. Pero la radio sigue, y hay chicos jóvenes que hacen bien la tarea. Son varios. Cito uno: Nicolás Alexiades y su investigación semanal.

Transmedia, igual a cero. La simpleza de las posturas de muchas de las emisoras clásicas frente a la integración de tecnologías de la información en su modelo de contenido ilustra el verdadero problema que las aqueja: están congeladas desde la última glaciación. Empezando por las páginas web, que son verdaderos esperpentos del paleolítico: visualmente arcaicas, de navegación poco intuitiva, programadas con recursos primitivísimos y ejecutadas con diseños del oscurantismo digital.

Emisoras universitarias, salvando patria. Son los últimos argonautas que quedan en el dial. Con más (Tadeo) o menos espacio (Nacional, Javeriana), ahí están resistiendo el embate de los espartanos, cuidando el fuerte. Muchas en provincia. Algunas aún muy rígidas y ortodoxas; otras, con mucho programa ladrilludo, y una que otra con poca música contemporánea, pero son lo de mostrar. Y eso se aprecia.

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