???Sandra Borda

Del nacionalismo y otros demonios

Los seres humanos contamos con un instinto gregario que nos empuja a defender colectivamente lo que consideramos nuestro, eso es indiscutible. Esa es la razón por la cual el nacionalismo es un sentimiento que se activa rápidamente: ante la amenaza de un eventual despojo, es fácil aglomerar multitudes alrededor de la necesidad de mantener la unidad y la integridad de la Nación.

2015/07/18

Por Sandra Borda

Los seres humanos contamos con un instinto gregario que nos empuja a defender colectivamente lo que consideramos nuestro, eso es indiscutible. Esa es la razón por la cual el nacionalismo es un sentimiento que se activa rápidamente: ante la amenaza de un eventual despojo, es fácil aglomerar multitudes alrededor de la necesidad de mantener la unidad y la integridad de la Nación.

El último altercado con Venezuela dejó en claro que prender la chispa del nacionalismo colombiano sigue siendo una tarea poco desafiante. La coyuntura ayuda: los momentos de dificultad son inmejorables para azuzar esa conciencia gregaria en contra de los enemigos externos. Un proceso de paz estancado, una guerrilla que recrudece todos los días sus ataques contra la infraestructura estatal produciendo daños al medio ambiente y a la sociedad civil, y otros graves y más estructurales problemas, crean un escenario de inestabilidad y vulnerabilidad que hace todavía más fácil la explotación de esa vena nacionalista.

Este es, tristemente, un escenario fértil para el oportunismo político. Aquí la competencia es por lograr figurar como el sector más duro y más inflexible frente al enemigo externo; quienes abogan por la negociación y por una solución pacífica a las diferencias con Venezuela, son vistos como débiles, con poco carácter. Nadie está pensando en las consecuencias de gestar un discurso “duro” en materia fronteriza, porque de lo que se trata no es de resolver un problema de la forma más eficiente posible; el objetivo es capitalizar políticamente una emoción, la emoción nacionalista.

De hecho, cuando se entra en este terreno de las emociones, en política exterior se abre un boquete enorme en el que suele perderse la noción de la realidad. El incidente con Venezuela ilustra claramente cómo se desarrolla este proceso. El decreto que expidió el gobierno venezolano en ningún momento define límites marítimos con Colombia. Sin embargo, medios y políticos en este país decidieron interpretarlo incorrectamente y obviar los matices. Aclaro que no sugiero que el decreto sea inofensivo: por supuesto genera problemas serios en materia del diferendo limítrofe que sigue sin resolverse.

Más bien, mi punto es que cuando se trata de temas como estos, temas que activan nuestras emociones y nuestros instintos más profundos, en vez de ceñirnos a los hechos, preferimos convertir las amenazas externas en algo terrible y apocalíptico; consciente o inconscientemente optamos por magnificar los hechos y empezar a nadar en las aguas de una fantasía medio paranoide, de acuerdo con la cual Venezuela pronto moverá sus barcos, pronto nos invadirá, pronto nos quitará y nos despojará. Hablamos entonces del decreto como la manifestación de una intención expansionista venezolana, que terminará con la desaparición de Colombia. Lo que sigue es el llamado a la unidad nacional, el “ponerse los pantalones” (eufemismo no libre de una carga pesada en materia de género) para defender al país, la demonización de Venezuela como enemigo y como amenaza a nuestra propia existencia. El que se monte en este barco sabe perfectamente que solo obtendrá respaldo y afirmación, mientras que aquel que intente meterle algo de racionalismo a esta avalancha de emociones nacionalistas, sabe perfectamente que será tildado de débil, de ingenuo o de apátrida.

En una columna anterior sugerí que parte de las razones por las cuales no procesamos bien el humor político, tienen que ver con que somos una suerte de “país adolescente” que le teme profundamente a la burla. En ese mismo sentido, creo que para procesar racionalmente las amenazas reales externas y discutirlas en su verdadera dimensión, nos falta madurez. Somos como el niño que cambia de preferencias, de posiciones y de problemas cada 5 minutos, que experimenta cada emoción con toda la intensidad del caso (pataleta incluida) y al momento se olvida de ella. Ayer, Nicaragua nos “despojó” de nuestro mar y eso nos llevó a rasgarnos las vestiduras en un acto colectivo de histeria, hoy ni siquiera hablamos del tema. Lo que nos ocupa ahora es que Venezuela nos quiere “quitar nuestro mar” y estamos todos en el acto automático de mostrar las uñas, armar rabieta concertada y mañana, a duras penas podremos acordarnos del asunto.

Como con todo lo puramente emocional, las cosas pasan rápidamente y se borran del imaginario nacional. La ausencia de conciencia en el largo plazo de estos problemas es lo que le permite al gobierno dejar sin resolver nuestros diferendos limítrofes, con la aspiración de que sigamos actuando como un niño: que hoy armemos el berrinche de rigor y mañana ni nos acordemos de lo que pasó. Igual sucederá la próxima vez que alguien desentierre el tema y el gobierno de turno le siga apostando al corto plazo de nuestras pataletas.

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