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Narciso primero

"La figura roja y blanca del Papa, con sus muy visibles zapatones negros, se refleja en el piso de mármol pulido como un espejo. Irrespetuosa, pero inevitablemente, uno piensa en el mito de Narciso que se mira y se admira en su reflejo del estanque".

2013/04/12

Por Antonio Caballero



¿Otra vez el Papa? Pero qué le voy a hacer: es omnipresente. Además es otro Papa: ahora hay dos. Seis sucesivos me han tocado en mi vida de católico bautizado, sin contar al que ahora empieza, y de todos ellos he oído anunciar que iban a renovar la Iglesia. Y hayan sido cortos o largos sus pontificados, de apenas 30 días como el de Juan Pablo I o de más de 30 años como el de Juan Pablo II, de todos la Iglesia ha salido otra vez idéntica a sí misma. Sin embargo leo en todas partes que este Francisco que viene sí viene en serio. Sus palabras son sencillas obviedades: que no hay que tenerle miedo a la alegría, y cosas así. Pero basta con ver sus gestos “renovadores”.

 

Lo que pasa es que, al menos por ahora, son sólo eso: gestos. De humildad, dicen, de regreso a la virtud de la pobreza. Y nos aseguran que eso no tiene precedentes desde Jesucristo, nada menos. No me refiero al lavatorio de los pies de doce presos en una cárcel de Roma, pues ese es un gesto ritual que el Jueves Santo repiten todos los obispos de la Cristiandad en imitación, justamente, de Jesucristo. Hablo de otros gestos más inesperados y vistosos en un Papa. Presentarse a su grey sin muceta ni estola en el balcón de las bendiciones. Renunciar a los escarpines escarlata de piel de cabritilla de su vanidoso predecesor para seguir usando sus viejos zapatones negros, de amarrar. Besar bebés, ciegos, perros, a la presidenta de la Argentina. Andar en bus, en vez de hacerse llevar en Papamóvil o en la imponente sedia gestatoria. O esto que ven ustedes en la fotografía, aún más impresionante: postrarse a orar en el piso de la basílica de San Pedro. ¿Qué mayor gesto de humildad que ese puede darse en un Papa?

Pero si uno se fija en los detalles empiezan a surgir dudas. El Papa Francisco no está verdaderamente prosternado en el duro suelo, sino tendido sobre una alfombra como las de plegaria que usan los musulmanes. Parece una alfombra persa. Y sobre la alfombra hay además un mullido almohadón de terciopelo con brocado de oro rematado por pesadas borlas. Detrás se ven dos diáconos que rezan de rodillas (y sin cojín), y más lejos todavía, borrosos en sus sillas de damasco color burdeos, unos pocos invitados vestidos de etiqueta. La figura roja y blanca del Papa, con sus muy visibles zapatones negros, se refleja en el piso de mármol pulido como un espejo. Irrespetuosa, pero inevitablemente, uno piensa en el mito de Narciso que se mira y se admira en su reflejo del estanque.

Porque en estas demostraciones de humildad del nuevo Papa todo parece demasiado ostentoso, demasiado aparatoso para ser genuinamente humilde. La humildad, si lo fuera, no debería hacerse notar. Y los gestos del Papa Francisco son alardes de humildad, teatrales, casi circenses. La suya es una humildad grandilocuente. No erraban las suspicacias del día de su elección: ¿humilde un argentino? Y, más difícil todavía: ¿humilde un jesuita? Y ese nombre, Francisco, como il poverello, el pobrecito de Asís. ¿No hay acaso un cierto exceso de jactancia en la humildad de escoger el nombre del más humilde de entre los humildes? Primer Papa de ese nombre en la historia de la Iglesia. Detalle que le permite, como por milagrosa casualidad, llamarse Francisco a secas, sin tener que cargar con la cruz de un número de orden: así Benedicto iba ya de decimosexto. Este va de primero de la fila.

Narciso, digo. Pero tal vez a quien más recuerda el Papa Francisco con su humildad inmodesta, es a un noble sevillano del siglo XVII, don Miguel de Mañara, de quien dicen que sirvió de modelo para el personaje de don Juan Tenorio. Don Miguel, después de una vida que él mismo describe como de “mil abominaciones, soberbias, adulterios, juramentos, escándalos y latrocinios”, se arrepintió y pidió humildemente perdón a Dios. Y dispuso que lo enterraran, “sin pompa ni música”, en el umbral de la puerta de la iglesia de la Santa Caridad, “para que todos me pisen y huellen”, y lo cubrieran con una losa que llevara escritas las palabras siguientes:

“Aquí yacen los huesos del peor de los hombres que ha habido en el mundo”.

Si eso no es ser pretencioso, que venga Dios y lo vea.

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