Carolina Sanín habla sobre Narcos, la serie de Netflix, y responde a un artículo anterior de Arcadia en el que se hizo una crítica a la producción.
  • Carolina Sanín

Sobre la serie Narcos

La columnista Carolina Sanín hace un análisis de la serie Narcos. Una producción sobre la historia de Pablo Escobar que se lanzó mundialmente el 28 de agosto por la plataforma de Netflix.

2015/10/23

Por Carolina Sanín

En el aeropuerto de Bogotá, en una tienda de suvenires del muelle internacional, se venden unas libretas que dicen en la carátula: “It’s Colombia not Columbia”. Las hay amarillas, azules y rojas, los colores de la bandera patria. Algún emprendedor colombiano, contando con la peregrina astucia, la soberbia acomplejada y el humor flojo que nos caracterizan, no se cortó a la hora de corregirles la ortografía a quienes nos visitan y hablan una lengua extranjera. Tampoco se tomó el trabajo de considerar que “Columbia” se pronuncia en inglés igual que “Colombia”, ni cayó en la cuenta de que los países tienen nombres que se traducen; quizás a este hipotético emprendedor no le parecería ni ofensivo ni estúpido que en el aeropuerto de Londres vendieran como suvenires libretas que dijeran en la carátula: “It’s England, not Inglaterra”.

Recordé esa muestra de prurito provinciano hace unas semanas, al leer en la versión online de Arcadia un artículo sobre la serie Narcos de Netflix. El artículo no iba firmado a pesar de ser una pieza de opinión, y por tanto daba la impresión de que en él se pretendiera constatar una información objetiva bajo el título: “Narcos, una decepción” y el encabezado: “El anticipado programa de Netflix sobre Pablo Escobar se quedó a medias”. En el texto que seguía, se ofrecía una crítica centrada en la varia procedencia y los variados acentos de los actores que interpretan a los personajes colombianos de la serie, que le parecían a la revista causas de insuficiente verosimilitud.

Vi completa la primera temporada de Narcos y me pareció excelente. La cinematografía es impecable. Aunque algunas soluciones argumentales son apresuradas (la guerrillera que dice: “Pensé que luchábamos por el pueblo, no por los narcotraficantes” y enseguida se cambia de bando, sin más) y algunos diálogos son fáciles y excesivamente ilustrativos, las transiciones de la trama son por lo general ingeniosas. La narrativa está llena de matices y las escenas secundarias (la pelea del agente de la dea con un taxista bogotano, por ejemplo) sugieren sutilmente preguntas sobre la violencia idiosincrásica. El brillante actor Wagner Moura hizo un descubrimiento dramático al caracterizar a Pablo Escobar con una mezcla de irredimible melancolía y tajante insensibilidad. El narrador, reminiscente de los de Scorsese, da a los episodios un ritmo acelerado y entrecortado que se aviene al asunto cocainero del que la serie trata. Al proporcionar un punto de vista desde el que se cuenta la historia, la representación adquiere profundidad —a diferencia de El patrón del mal, que, al no tener ninguna perspectiva, presentaba a todos los personajes y todas las acciones en un mismo plano y terminaba siendo superficial y reiterativa, como suele suceder con las telenovelas—.


Lo que más me interesó de Narcos fue lo que desinteresó a Arcadia. En primer lugar, la variedad de acentos de los personajes es consecuente con una reflexión sobre la desubicación y la globalidad, inevitable al abordar los problemas de la droga y el contrabando, y es fiel a la realidad distópica que el narcotráfico produce. En esa medida, la decisión de la multitud de acentos no es solo audaz, sino que es intelectual y políticamente responsable, y es verosímil, según un concepto que no limita la verosimilitud —o la verdad— al remedo de las formas. En segundo lugar, la interpretación de Moura, que habla con un acento de ninguna parte (paisa, brasileño, bogotano, etc.), enfatiza la extrañeza y la alienación de Escobar y sugiere que es imposible identificarse con él, pues él no fue como nadie ni fue nada, lo que transmite cierta idea acerca de la naturaleza del mal. En tercer lugar, el habla inestable de los personajes muestra la historia en un reflejo múltiple, inesperado y quizás distorsionado, y así ocasiona un distanciamiento que, emparentado con las estrategias de Bertolt Brecht, involucra la memoria de los espectadores y suscita en ellos una respuesta crítica. (Al respecto, me parece especialmente efectiva la escena en la que los personajes, interpretados por actores de diversas nacionalidades, tratan de cantar, sin sabérselo, el Himno de Colombia).

Al autor del artículo de Arcadia le preocupaba que este tipo de series estén hechas “para el francés que seguirá creyendo que Tamaulipas y Bogotá son lo mismo”. A mí me parece fundamental, en cambio, que nos demos cuenta de que, en muchos sentidos —y en gran medida por los efectos del narcotráfico y otros tráficos— Bogotá y Tamaulipas son lo mismo; y Francia, también.

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