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Niños (y niñas) de Colombia

En su más reciente columna Antonio Caballero comenta esta imagen del ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, rodeado de niños.

2013/11/14

Por Antonio Caballero

El diario El Nuevo Siglo, reblandecido de cursilería pedófila, titula así la foto que aquí vemos: Atrapado por la niñez.

Es el ministro de Hacienda de Colombia, Mauricio Cárdenas, casi ahogado en un mar de cabezas (¿diré “cabecitas”, enternecido yo también? No) de alumnos de séptimo grado de un colegio de Leticia venidos a Bogotá para conocer el Capitolio, sede del Congreso. Lo de “niñez” es una exageración lírica del periódico, pues la mayoría de los que salen en la foto ya no son niños. Tendrán trece o catorce años: preadolescentes, adolescentes, o hasta más. A esa edad hay niños colombianos que son curtidos sicarios de la mafia en las ciudades o guerrilleros en el campo. Se ven algunos pequeños, es verdad: fíjense en ese, chiquitico, con la cara tapada por el que está delante, apenas un revoltijo de pelo, a la izquierda y debajo de la corbata del corpulento ministro, junto a otro muy poco mayor que él, y los dos medio tapados por los que están en las primeras filas. Y a derecha e izquierda, en los extremos, unas niñas bastante grandotas ya. Siempre las niñas tienen cara de ser mayores que los niños, y no solo en la infancia sino también en la vejez. Al fondo y a la izquierda, medio borroso, sale también uno de gafas, bastante mayor, sin duda el profesor del Inem que acompañó a sus alumnos en el viaje a la capital. Y hay otro de perfil y de bigotes, que si se mira con atención no parece un niño de colegio sino más bien un busto de bronce, tal vez del general Uribe Uribe, asesinado a hachazos en las escalinatas de este mismo Capitolio de la fotografía.

En la mitad, surcando las cabezas como si navegara sobre ellas, con sonrisa indecisa y el brazo izquierdo alzado para trazar con los dedos una tímida V de la Victoria, otro busto escultórico: el del ministro Mauricio Cárdenas.

Lo primero que se le viene a uno a la idea es el recuerdo de la anécdota evangélica sobre el niño perdido entre los doctores. Solo que en este caso es al revés: el doctor entre los niños. Pero sucede que aquí en Colombia, desde hace ya varias generaciones, los niños son doctores desde muy niños. Porque los irresponsables adultos infantiloides que se ocupan de ellos (padres, maestros, presentadores de la televisión) se esfuerzan por convertirlos en pequeños doctores –en pequeños guerrilleros o en pequeños sicarios, como señalé atrás– lo más pronto posible: como si fueran esos infantitos herederos del trono de España pintados por Velázquez, con su pequeño cetro y su pequeño espadín, montados en caballitos en miniatura. No sé por qué milagro estos de la foto no están vestidos de doctorcitos, de padrecitos de la patriecita. Pero los han traído a conocer políticos de verdad, como si los llevaran a un zoológico a conocer elefantes, cuando estoy seguro de que allá en Leticia tienen políticos de sobra, y anacondas, y manatíes. Y hemos visto a sus pares, en Leticia o en Bogotá, de saco y corbata –y de tirantas– en unos Parlamentos como de juguete que les hacen sus mayores para que echen discursitos y voten leyecitas y propongan reformitas constitucionales, y hasta les cuelguen miquitos, tal como hacen sus mayores.

Eso siempre acaba mal. No voy a remontarme hasta Pascasio Martínez, el pequeño héroe de doce años de la batalla del Puente de Boyacá, que capturó con su pequeña lanza al comandante de las tropas españolas. Pero piensen ustedes en el presidente Juan Manuel Santos, que desde antes de hacer su Primera Comunión le había dicho a su mamá que el día más feliz de su vida sería el de su posesión como Presidente de la República (y ya va para la segunda). O miren a este ministro de la fotografía, que aunque no lo parezca también fue niño alguna vez. Y hoy es ministro de Hacienda.

Hay casos todavía peores. Me cuenta mi hija que en su colegio, cuando ella tenía diez o doce años, le preguntaron a los niños que qué querían ser cuando grandes, y unos decían que astronautas, y otros que bomberos, y otras que madres de familia, o que enfermeras, o que médicos, o que abogadas, o que carpinteros. Y uno dijo:

—Yo quiero ser político corrupto, como mi papá.

*Imagen: Foto publicada en El nuevo Siglo el jueves 31 de octubre

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