¡No es la tierra, es la democracia!

Marta Ruiz escribe sobre los libros "La tierra en disputa" y "Luchas campesinas y reforma agraria".

2010/12/15

Por Marta Ruiz

A Óscar Maussa lo mataron el 24 de noviembre. Murió lapidado en el lugar adonde había llegado como desplazado: San Juan Nepomuceno, en Bolívar. En los últimos años se había destacado cómo un líder de la lucha por la restitución de tierras en Urabá. Seguramente por eso lo amarraron a un árbol, lo golpearon en la cabeza y estuvo agonizando durante ocho horas. Quizá el Gobierno se haya percatado de que este no es el primer crimen de la ola de violencia que se les vino encima a los campesinos. Quizá ya se percató de que el problema no es la tierra, sino la democracia. Y que así titule y repartan parcelas por todo el país, si no se democratiza y moderniza el campo, no habrá posconflicto posible.

 

Hay dos libros de muy reciente publicación que nos recuerdan que sin un movimiento campesino fuerte, ninguna política agraria es viable. Uno es La tierra en disputa, un informe del Grupo de Memoria Histórica sobre las tierras ganadas y perdidas en Córdoba, Sucre y Montes de María. Es magnífico porque, a diferencia de otros estudios que se centran en el despojo reciente, éste nos muestra el último medio siglo en perspectiva, y ahí es donde uno empieza a sospechar que el gobierno de Santos, por loable que sea su política de restitución, se está quedando corto.

 

La tierra en disputa plantea que los campesinos no han luchado durante décadas solo por la tierra, sino por tener un lugar en la democracia. Un lugar que no fuera el del subordinado, el de objeto exótico que inspira lástima o compasión a las clases medias urbanas. En el prólogo nos recuerda Gonzalo Sánchez, director del Grupo de Memoria, que “en los años 60 y todavía a fines de los 70 ocupar o recuperar tierras era una actividad tolerada como parte de una lucha más amplia por la democratización de la sociedad”. Se refiere Sánchez a que la Reforma Agraria que impulsó Carlos Lleras Restrepo no buscaba sólo repartir tierra, sino construir un sujeto político en el campo que rompiera las relaciones sociales ancladas en el medioevo. Para eso era la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos, Anuc. Para darle voz y poder a los campesinos. Pero esa quimera fracasó. A la Anuc la acabaron a punta de pistola, primero los gamonales y élites locales; y después las guerrillas que no contentas con manosearla, la dividieron en mil facciones. Sin una organización que resistiera el embate de la guerra, las tierras repartidas volvieron a perderse, y los campesinos perdieron hasta su identidad. Ahora se les llama víctimas, y se les trata como a ciudadanos de segunda.

 

El otro libro se llama Luchas Campesinas y Reforma Agraria y son las memorias de Chucho Pérez (1934), un reconocido dirigente agrario de Sucre, y cuya historia no hace más que ratificar que en los últimos 20 años los campesinos no sólo lamentan la pérdida de la tierra, sino su proyecto político. El libro es una joya de testimonio y aunque tiene una pésima edición, se deja leer. Pérez cuenta cómo la Anuc transformó su vida y la de sus vecinos. Cómo pasó de ser, como se denomina él mismo “un analfabeta latente” a ser un dirigente de raca mandaca, fogueado en el debate público.

 

En su primer discurso público, en 1969, les dice a sus compañeros: “Yo los invito a hacer una reforma agraria de verdad (…) no un simple plan de compraventa de tierras para parcelaciones (…) esas parcelas nos dan la ventaja de tener acceso a la tierra, pero no nos resuelven nuestro problema (…) el problema principal de la situación de atraso del hombre campesino es la falta de conocimiento y de estímulo a su personalidad (...) tenemos que seguir luchando por el cambio total de las viejas estructuras”.

 

Cuarenta años después las viejas estructuras siguen allí. Y por ellas hace pocos días Óscar Maussa murió lapidado. Como morirán otros, aunque les restituyan la tierra, si el Gobierno y la sociedad no se percatan de que el despojo es apenas la expresión de una realidad política que sigue vigente en medio país.

 

Por eso, quizá la pata que le falta a la mesa de la restitución es la de una fuerte organización campesina. No me cabe duda de que Santos, como lo intentó Lleras, tendrá que aliarse con este sector si quiere poner en su sitio a las élites agrarias, codiciosas y violentas, que siguen aferradas a la idea de un modelo social caduco. Esa es la prueba ácida de Santos, si es que quiere pasar a la historia como un reformador.

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