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"El personaje de Gabriel García Márquez no importa y no debe importar; él no ha muerto como los hombres mueren, ni estuvo vivo en el sentido en que estamos vivos los demás. La obra de Gabriel García Márquez es nuestro espíritu, la clave de nuestra identidad, la interpretación más justa de la modernidad". Carolina Sanín reacciona ante la muerte del Premio Nobel.

2014/05/23

Por Carolina Sanín

Yo también quería hablar sobre Gabriel García Márquez a propósito de su muerte, pero he estado como pasmada ante lo mucho que se ha dicho al respecto en las últimas semanas y, además, nadie me preguntó. Alguna oligofrénica deseó públicamente que el alma del escritor se fuera al infierno por haber sido él amigo de Fidel Castro, y otros, igual de tarados, reaccionaron ante ese deseo poniendo en evidencia la ignorancia y el parroquialismo de los colombianos, que todavía creen que hay un cielo y un infierno distintos de esta bananera donde estamos condenados a vivir mil años de soledad. El Presidente, en la órbita de ese imaginario escatológico del catolicismo, y al estilo de Fernanda del Carpio, condujo un homenaje en la Catedral de Bogotá. Se discutió sobre si Gabriel García Márquez era más grande o más chico que Miguel de Cervantes y sobre si era más mexicano o más colombiano, más de Aracataca o más de Barranquilla. Se le llamó confianzudamente Gabo una y otra vez, con esa melosería minimizadora de los conciliábulos literarios de nuestra republiqueta. Se le criticó por haber sido un exiliado. Se reivindicó su exilio. Se le reprochó, como en vida, que hubiera sido “amigo de los poderosos” (yo me pregunté: ¿De quién querían que fuera amigo nuestro rey formidable? ¿Mío, de usted, de nuestras abuelas respectivas?). Todos nos mostramos mutuamente sus autógrafos (yo tengo uno en el que me llama “colega” y otro con el que me auspicia “cien años de buena compañía”: juntos resumen toda la esperanza que me cabe). Daba melancolía ver a tanto enano deleznable atreverse a dar opiniones, emitir juicios y derramar lágrimas en torno a la voz que nos creó. A esos juicios se suma ahora el mío, el de otra enana que compone historias a la sombra amable de su autor.

Lo siguiente es lo que yo quiero decir: el personaje de Gabriel García Márquez no importa y no debe importar; él no ha muerto como los hombres mueren, ni estuvo vivo en el sentido en que estamos vivos los demás. La obra de Gabriel García Márquez es nuestro espíritu, la clave de nuestra identidad, la interpretación más justa de la modernidad. Nuestro afán por reconstruir su vida y a su familia, sus estudios y amistades, no refleja quién fue él sino nuestra propia ansiedad por fijar nuestra autobiografía. Cuando él parecía arribista, éramos nosotros quienes queríamos trepar. Cuando él bailaba vallenato, era nuestra festividad la que se manifestaba; cuando perdió la memoria, se reveló que los colombianos la estábamos perdiendo. García Márquez era amigo de Clinton porque yo habría querido serlo, y amigo de Fidel por lo mismo. Si el mal llamado y mal habido realismo mágico se ha convertido en un lastre para el tercer mundo y en una calamidad para la imaginación literaria, eso ha sido porque nosotros tenemos el irrefrenable impulso de tergiversar y a convertir el oro en mierda, como se cuenta en Cien años de soledad.

De García Márquez no sabemos ni debemos saber más que lo que nos ha sido dado saber de Homero. Ninguno de los dos fue un personaje ni fue una persona. No puede serlo ningún autor épico, ninguno que ha recibido la misión de cifrar y descifrar un pueblo y una cultura. La obra de Gabriel García Márquez es la manifestación de la verdad y del secreto del Nuevo Mundo, así como la de Homero es la manifestación de la verdad y el secreto de la civilización griega.

Gabriel García Márquez no fue un magnífico escritor como lo fue, por ejemplo, Borges. Es, en cambio, un genio: la inspiración que nos vino. Sus metáforas son de mal gusto y desatinadas. En su prosa, la gramática está manoseada y contrahecha. Su narrativa es a menudo pomposa, su coloquialidad es efectista y hasta pendejona, y muchas de sus imágenes son clichesudas y cursis. Pero lo maravilloso de su obra es que es superior a toda regla y desdeñosa de todo gusto. Desde Ojos de perro azul, para mí su mejor libro y al mismo tiempo el más precario, el genio se ocupó de contar una gran gesta: la de la lengua española, que viajó de un mundo al otro; del viejo mundo al nuevo y, entretanto, del mundo de la muerte al mundo que está después de la muerte, del mundo de la vigilia al del sueño. Todo en la obra de García Márquez habla de ese momento de la historia en el que la humanidad se hizo consciente de que existían dos realidades: mientras en una es de día, en la otra es de noche. Mientras unos trabajan, los otros duermen y sueñan con lo que los primeros hacen. Esa doble condición, la nuestra, la de aquellos que nos fuimos del viejo mundo para siempre y que seguimos siendo los idos, y la de aquellos cuya hospitalidad fue abusada y seguimos siendo los perdidos, es lo que García Márquez descubrió, entendió y contó. Y eso es más grande, mucho más, que unas páginas brillantemente escritas. Quizás, incluso, ese feo castellano que nuestro autor usó para decirlo es el que corresponde: una lengua enajenada, incómoda, desplazada.

García Márquez está vivo desde el momento en que la imaginación medieval concibió la posibilidad de que el viaje al mundo de más allá se hiciera en este mundo y en esta vida, y lo estará hasta cuando se cumplan las mil y una noches de soledad que resultaron de probar esa maravillosa y terrible posibilidad.

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