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El ovillo

"Los años ochenta fueron los años terribles de Colombia. Y aunque en los noventa se intentó darle un rumbo diferente al país, en muchos sentidos estos fueron peores".

2013/09/11

Por Marta Ruiz


Nacieron en los turbulentos años ochenta y en este momento tienen la madeja en sus manos. Son una generación que creció en medio de la más aterradora violencia. Fueron testigos mudos de los intentos (unos loables y otros no tanto) que hicieron sus padres por cambiar las estructuras del país, de la terrible respuesta que recibieron, y del enredo que se armó mientras tanto. Tienen un inmenso respeto por el pasado y tratan de entender el mensaje de sus mayores. Pero son críticos con los errores de quienes les antecedieron y yo apostaría que lo harán mejor que nosotros. Tratan de sacar las lecciones que han dejado estas décadas porque no quieren que se repita la historia. Ahora tienen agarrada la punta del ovillo.

La voz de esa generación es la que recupera Francisco Montaña en su más reciente novela juvenil El gato y la madeja perdida. Montaña, nacido en el seno de una familia de izquierda, entrevistó a decenas de jóvenes, hijos de aquellos militantes de la UP, del Partido Comunista y de otros grupos de oposición que murieron asesinados durante la guerra sucia. Los que de niños acompañaron a sus padres a decenas de funerales, hasta que un día tuvieron que enterrar a los suyos. Los que aprendieron a convivir desde temprano con escoltas, con el exilio, el encierro, la depresión y la zozobra.

Montaña también escribió hace un lustro una novela, o mejor una tragedia infantil con final feliz, llamada No comas renacuajos, que es quizá una de las historias más conmovedoras de nuestra literatura reciente, y que se mete de frente con un asunto nada romántico: el hambre y la miseria.

En El gato y la madeja perdida es la violencia política la que arranca de su cómoda niñez a Ana María, la protagonista. Un día cualquiera matan a su abuelo, un senador comunista, y con esas balas se le notifica que su adolescencia ha dejado de ser una sucesión de tribulaciones y ensueños.

La novela nos cuenta aquello que ha ocurrido en las entrañas de las cifras del exterminio. Que la violencia política también dejó pendiendo de un hilo las vidas privadas. Con la muerte abrupta llegan, como suele ocurrir, las conmociones familiares: el divorcio, los cuestionamientos al sentido de la vida, las pruebas a la lealtad que en tiempos de paz se da por descontada.

Que se estremecieron las creencias en unos casos, y en otros, los sobrevivientes se aferraron a ellas como a los mástiles durante un naufragio. Que tuvieron que abrirle espacio permanente al miedo que se instaló a vivir en sus casas. A convivir con el sicario que cada tarde estaba al acecho en el barrio. Que durante un tiempo estuvieron en silencio, casi avergonzados por haber sido víctimas.

También nos revela, desde las cavilaciones de Ana, el temprano interés de esta generación por atar los cabos sueltos en los que se convirtió su entorno. Nadie podía explicarles claramente qué era lo que estaba pasando. No había respuesta a cómo se mezclaron narcotráfico y política, guerra y mafia, violencia ideológica y criminal, crecimiento económico y desigualdad, democratización y autoritarismo.

Los años ochenta fueron los años terribles de Colombia. Y aunque en los noventa se intentó darle un rumbo diferente al país, en muchos sentidos estos fueron peores. Quienes crecieron entre esta turbulencia, como Ana, empiezan ahora a contarnos lo que sintieron. Esa voz se siente viva en Bogotá, en muchas regiones. El auge del documental, del cine, de un arte de la memoria, todo hecho por jóvenes, así lo demuestra. Ellos tienen el ovillo de la historia reciente en sus manos. Y a lo mejor desenredan la madeja.

*Imagen: manifestación de la UP en la Plaza de Bolívar de Bogotá, 1987.

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