Lucas Ospina
  • Afiche de Marcel Duchamp

Artistas y antiartistas

Por extraño que parezca, ahora hay publicaciones de negocios en las que se equiparan los programas universitarios de Arte y los de Administración. Según estos artículos, los líderes de los mayores emporios globales muestran cifras y estadísticas señalando que la habilidad más importante para navegar este mundo complejo, volátil e incierto es la creatividad.

2014/11/19

Por Lucas Ospina



La imagen sesgada del artista como chamán, paria, rebelde y soñador pasó a ser la de un sapito encantado a la espera del beso del mercado laboral para convertirse en el príncipe azul de las industrias creativas: constructor, ingeniero, analista, experto en relaciones humanas, en comunicaciones, productor de proyectos, diseñador, estratega, vendedor y hasta administrador.

A todo eso se suma su capacidad de adaptación: los artistas, más que nadie, son capaces de trabajar en las más variadas labores y ámbitos, son versátiles, visionarios, arriesgados, apasionados por lo que hacen. Además, son maestros del doble sentido, de la ambigüedad, mientras la moda viene, ellos ya han ido y vuelto, son cazadores de tendencias por excelencia, –cool hunters es el título con que los gradúan en el argot publicitario–. Son, para resumirlo, maestros del rebusque.

Los artistas son los llamados a revitalizar un cuerpo laboral anquilosado, un sector que orbitó a la estela de los astros de Bill Gates o Steve Jobs, pero que no logró eclipsar a sus ídolos y nunca pudo ir más allá del motor empresarial del “think outside the box”.

La carta del arte siempre ha sido determinante para repensar la utopía: desde la cadena de producción imitativa del estudio de Rubens hasta el mito creativo de la Escuela de la Bauhaus; desde los experimentos del Black Mountain College hasta la apertura de la Universidad Libre de Beuys y Böll; desde la experiencia de Dewey hasta El espectador emancipado, de Rancière; desde el arte como pedagogía de Camnitzer hasta El Elogio de la dificultad, de Zuleta. El mercado logrará hacer realidad lo que todas las vanguardias artísticas apenas soñaron.

En el pasado, el mercado liberó al arte de la Iglesia y del Estado, ahora el mercado será la vanguardia capaz de llevar la educación artística de la cuna a la escuela, y de ahí a la empresa, la fábrica y la oficina. El supermercado humano hará uso del artista, un artista que en vez de apelar a su talento, o al crédito de un buen maestro, centrará todo su capital en actitud. Una actitud de artista.

Las bases para esta deconstrucción profesional han sido bien edificadas a partir del cambio de imagen que ha traído el “boom del arte” a cada escena cosmopolita. La percepción de la figura del artista, en especial en las economías emergentes, ha progresado. Los iconoclastas de antaño ahora son íconos, sus ideas son “jingles” cargados de responsabilidad social, usan la beneficencia y se dejan abusar (arborizarte, mariposearte). Y, sobre todo, se portan bien: son dúctiles, pretenden no tener pretensión, critican los problemas del mundo pero no critican –al menos en público– al mundo. No muerden la mano que los alimenta y menos la de su intermediario, sea institución, coleccionista, marchante, dealer, historiador o curador.

Sin embargo, el arte solo puede servir al progreso, a la economía, a la sociedad, en la medida en que se sirve a sí mismo. Si acudimos a los artistas en busca de soluciones, encontraremos eso: soluciones, no arte. Para el arte no hay soluciones, solo problemas, incluso, no hay problemas por la sencilla razón de que no hay solución. Cuando un artista ofrece una solución, lo único que está solucionando es su imagen de artista como alguien que por fin ha encontrado su lugar en el mundo, una posición que le gana un espacio en la sociedad, pero que lo pierde para el arte.

Hoy se confunde arte con comunicación: se le suma ideología y resulta en propaganda, se le suma mercado y deviene en publicidad, se le añade función y se torna en diseño, se traduce en dinero y cuaja en negocio. Pero la fuerza del arte no está en comunicar, está en su incomunicación.

Es a este tipo de artista al que busca el mercado en sus entrevistas laborales. Este artista incomunicado es el único que puede encontrar nuevos lenguajes. Alguien así, conectado con su tiempo pero distanciado de su tiempo, es el único capaz de darle a la imagen lo que más falta le hace: imaginación.

Nadie sabe para quién trabaja. Ante este estado de euforia laboral y apetito por el arte, habría que citar a un tal Marcel Duchamp:
“Solo soy un respirador […] Solo soy perezoso”.

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