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Palabras como balas

Marta Ruiz señala el duro aprendizaje de Nicolás Castro.

2010/03/16

Por Marta Ruiz

Briony Tallis tenía 13 años cuando le mintió a la Policía. Le dijo que había visto a Robbie, el novio de su hermana, violando a otra niña en los jardines de la mansión de sus padres, durante una velada de familia que terminó en tragedia. Briony no sabía muy bien lo que había visto. O quizá sí. Pero tuvo la tentación de empujar a la prisión al hombre que en la confusión de sentimientos juveniles le causaba pasión y odio, celos y desprecio. Su mentira tendría consecuencias terribles para el muchacho, quien a poco de estar preso fue enviado al desembarco de Normandía con el Ejército británico.

Tan duros como los momentos que pasó Robbie en el campo de batalla fueron el resto de los días de Briony. Quiso recoger la cuerda, borrar ese instante. Pero no pudo. La historia de Briony en Expiación, la demoledora novela de Ian McEwan, es un recorrido inclemente por la culpa, para recordarnos simplemente que los actos humanos tienen consecuencias. Aunque jamás las hubiésemos calculado ni deseado.

Tengo Expiación en mi mente ahora que veo la foto de Nicolás Castro en todos los periódicos. Tiene 23 años. Está esposado y reseñado como un incitador del terrorismo. Ya se sabe: escribió en Facebook que deseaba matar al hijo del Presidente. Esa frase imprudente y llena de rencor lo tiene a las puertas de un largo tiempo en prisión.

Mientras Nicolás bate su inocencia ante los tribunales, su caso suscita muchas reflexiones e interrogantes. Una, que a las palabras no siempre se las lleva el viento. Ellas tienen el poder de moldear la vida. Nombran la realidad y, a veces, son la realidad misma. Pueden herir como balas, o ser un bálsamo sanador. Depende del contexto. Quizá del tono y del espacio donde éstas se hacen públicas. Algunos creen que es mejor disparar con palabras, para exorcizar los impulsos destructivos. Que los insultos y las amenazas disuaden del mal verdadero. A veces es así, pero no siempre. Los discursos del odio han precedido la guerra, o la han exacerbado. En Ruanda, las radios oficiales llamaban “cucarachas” a los tutsis. Y fueron masacrados exactamente como si fueran cucarachas.

Dos, de dónde viene y para dónde va el odio que se lee en las palabras de Nicolás Castro. El deseo de matar. El impulso destructivo que anida en todos, pero que censuramos y tenemos bajo control. En eso consiste la civilización, se supone. Nicolás Castro no es un caso aislado. Dieciséis personas secundaron en Facebook su idea de matar a Jerónimo Uribe. Alguien incluso se ofreció a descuartizarlo. En aras de la libertad de expresión, es posible hablar hasta de los más retorcidos pensamientos. Pero las palabras lanzadas como pequeñas flechas envenenadas terminan por desvalorizar al otro. Por cosificarlo. Como han querido hacer decenas de personas que han hecho del odio a Piedad Córdoba una especie de ideología. El odio cotidiano como cosecha del odio político que hemos respirado durante décadas.

Tres, internet. No se trata ya de un medio de comunicación, un soporte tecnológico, sino de una nueva construcción de la identidad. Una corriente de usos y nuevas costumbres que romperá, quizá, nuestros paradigmas de convivencia.

Contenidos fragmentados donde no hay contexto posible. Frases literales donde no es posible descubrir los matices. Opiniones libres hechas por personas encubiertas. Mensajes cuyo destinatario no tiene tiempo ni lugar. Un sitio donde existe la ficción de que se puede borrar, pero en realidad, todo queda allí. Después del send, decenas de consecuencias e interpretaciones posibles se habrán desatado. Lo sabe Nicolás Castro, que intentó borrar las huellas de lo escrito. Tanto como Briony Tallis intentó encontrar a Robbie en los campamentos de heridos de Normandía para deshacer lo hecho. Pero era tarde. Había muerto.

Las consecuencias que tendrá que afrontar Nicolás Castro quizá sean menos graves. Nadie ha muerto. El desenlace de su caso, ante la justicia, es superlativo. Una exageración convenientemente orquestada. Pero encarna sin duda un amargo aprendizaje. Y nos plantea la pregunta sobre qué esta pasando en el alma de esta sociedad donde el verbo matar se pronuncia con tanta facilidad.

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