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Para mostrarle al mundo cómo era su casa

En su columna del mes, Margarita Valencia hace referencia a la literatura que habla de la experiencia de la patria pérdida.

2010/03/15

Por Margarita Valencia

En 1938, el joven intelectual judío Hans Maier (nacido en 1912 en Austria) huyó de Viena hacia Bélgica, donde inició un recorrido por campos de concentración que acabó en abril de 1945, cuando volvió al mundo con 45 kilos de peso, un uniforme de rayas, y el brutal desconcierto de quien ha sido despojado de su identidad y de su pasado: de su patria, en suma. Sus experiencias, contenidas en Más allá de la culpa y la expiación (volumen firmado con el nombre de Jean Améry, que adoptó en el exilio), no son, ni quieren ser, edificantes, como suelen serlo las historias que se cuentan alrededor del tema de la patria, de la fortaleza interior alimentada con siglos de construcción de vida cotidiana rodeada de lo previsible y de lo conocido.

Es edificante la vida del historiador belga Henri Pirenne, que en 1916 fue obligado a exiliarse por las fuerzas alemanas de ocupación; en el campo de Holzminden, donde pasó la primera fase de su destierro, los prisioneros, de las más diversas procedencias, construyeron una barraca que llamaron “la Universidad”, y allí daba clases Pirenne, de historia económica e historia de Bélgica. Más adelante fue enviado a Eisenach, donde decidió enfrentar el exilio, privado de bibliotecas, de notas y de libros, reconstruyendo de memoria la historia del mundo del cual había sido arrancado. El resultado fue su Historia de Europa, que se extiende desde las invasiones bárbaras hasta el siglo XVI y ofrece una visión del continente surgida a partir de “las ideas que uno lleva en sí mismo” y enriquecida por la soledad.

También Erich Auerbach decidió conservar su patria en el papel durante su exilio en Estanbul la Segunda Guerra, sin una biblioteca bien provista para estudios europeos. En Mímesis, uno de los ensayos críticos más singulares del siglo pasado, Auerbach intenta una historia de la representación de la realidad en la literatura. Su propósito explícito era llegar “a mis antiguos amigos supervivientes, contribuir a reunir a quienes han conservado límpidamente el amor hacia nuestra historia occidental”.

En Sobre la historia natural de la destrucción, W.G. Sebald reflexiona sobre el milagro económico alemán, surgido a partir de la amnesia individual y colectiva, del silencio alrededor de la destrucción total que lo hizo necesario: “La reconstrucción alemana —dice Sebald— …una reconstrucción equivalente a una segunda liquidación, en fases sucesivas, de la propia historia anterior, impidió de antemano todo recuerdo”. Esta idea de un nuevo país empecinadamente construido sobre cadáveres, escombros y olvido nos remite también a los pueblos americanos, nacidos de un evento catatrófico —la Conquista— que arrasó con lo que existía y obligó a los sobrevivientes —vencedores y vencidos— a hacer borrón y cuenta nueva.

Allá, como acá, la patria tenía que hacerse pesada como piedras en el bolsillo, agobiada por un alud de deberes y derechos, por la imposibilidad de bajar la guardia: “La patria nos rodea y nos limita, nos obliga y compromete a su servicio”, decía Alberto Lleras a un grupo de escolares reunidos en la Plaza de Bolívar en 1946. Solo el paso continuo del tiempo aligera la idea de patria, la hace menos urgente y frágil. El desarraigo violento vacía de sentido la noción de pertenencia basada en una historia común en la medida en que arrasa con el recuerdo y con el pasado y dispersa irremediablemente las cenizas del fogón.

La más hermosa definición de patria es la que impulsa el largo regreso de Ulises a su lecho construido con un árbol vivo. Pero volver no significa recuperar el tiempo perdido, ni siquiera para Ulises. Y es eso lo que quiso dejar grabado Améry, en una reconstrucción descarnada y violenta de la experiencia de la pérdida de la patria para el individuo y el autoextrañamiento que aquella supone. Su pavorosa descripción del momento en el cual descubre que ha perdido la capacidad de reaccionar ante la belleza de un poema es una advertencia para quienes nos aferramos a la fe en la diaria salvación por la palabra, de espaldas al hecho evidente de que nos estamos convirtiendo en ese ser humano que ya no podía decir ‘nosotros’ y que por tanto decía ‘yo’ sólo por costumbre, pero sin el sentimiento de poseerse plenamente a sí mismo.

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