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Películas recientes

En temporada de Óscares, Carolina Sanín da su opinión sobre algunas de las películas recientes: El lobo de Wall Street, Her, American Hustle, entre otras.

2014/02/28

Por Carolina Sanín

Para cuando se publique esta columna ya se habrán entregado los Premios Oscar y yo habré visto parte de la ceremonia al mismo tiempo que hablo por teléfono. De todos los programas aburridores que veo en la televisión, me parece tal vez el peor. Lo veo infaltablemente, sin embargo, atraída por el vértigo de ver a los actores interpretando a actores, proyectando al infinito el alcance de la representación. Es como si dijeran “Esta noche sí somos nosotros”, y nosotros, el público, diéramos crédito a esa pretensión de ver “como realmente son” a aquellos que durante todo el año han fingido ser otros. Asistimos a una especie de fondo de espejo en el que se revela que el drama humano se reduce a tres gestos, a tres acciones: sonreír, llorar y agradecer, y que el motor del ser humano es la esperanza de ganar. Quizá sea una revelación de la verdad.

En la entrega de los premios todas las estrellas son iguales. No representan ningún carácter, ninguna vida, sino solo ese destino de la ambición. Los talentos, los verdaderos genios, los adelantados, los mediocres con suerte y con estilo, los presuntuosos, los bellos y los deformes interpretan ese destino en la premiación, de manera indistinta y casi nunca memorable, con los esmóquines planchados y los dientes recién blanqueados, sobre el invisible telón de fondo de agentes, patrocinios y negociaciones.

Como todos los años, lloraré cuando se honre a las estrellas que murieron durante los últimos doce meses. Como todos los años, se dirá que este fue uno de grandes películas. Yo he visto varias que me han gustado mucho y algunas que no tanto. Es de ellas, y no de los Oscar, que quería hablar.

Me parece que la mejor de todas fue Gravedad, de Alfonso Cuarón, a la que ya le dediqué una columna hace unos meses. Otra columna querría dedicarle a Her, de Spike Jonze, que astutamente, bajo la forma de una fantasía de ciencia ficción, construye una alegoría del despecho, de la reanudación de la soledad tras la compañía y de la disolución del amado en la imaginación del amante. Sobre el ascenso al amor y la caída del amor trata también La vida de Adèle, de Abellatif Kechiche, para mí mucho más larga que lo que habría podido ser, pero excepcional por la atención que presta a las sutilezas de sus personajes y por la paciencia con la que construye la trama. Otra película admirable por el respeto con el que trata a su protagonista es la chilena Gloria, de Sebastián Lelio, que no me explico por qué no fue nominada a los Oscar. La actuación de Paulina García es de una mesura y una precisión avasalladoras, pero sobran los tiempos muertos, esos trayectos a solas en ascensor, por ejemplo, que dejan un sabor a desperdicio. También avasalladora es la actuación de Leonardo Di Caprio en El lobo de Wall Street, de Martin Scorsese, pero por su desmesura. En esta película, Di Caprio hace el gran papel que hace siempre, igual que siempre pero frenético, y Scorsese es tan Scorsese que parece parodiar sus mejores obras. Es efectiva la acumulación (la desnudez, la cocaína a cucharadas, la música que no guarda ninguna coherencia con el guión), pero la falta de un centro afecta la historia. Es mejor si uno la ve en su casa, adelantando de tanto en tanto. American Hustle, de David O. Russell, se destaca también por el descontrol, pero, en este caso, no intencional. La escritura mediocre, la estructura inexistente y el narrador injustificado y sin punto de vista opacan el estupendo personaje que interpreta Jennifer Lawrence. La combinación de dinero y disfraces graciosos no alcanza para que la historia llegue a decir nada en medio de su facilismo vintage y su pátina cool. Sobre corruptos es también la magnífica e inquietante El consejero, de Ridley Scott, que está al otro extremo de la anterior en cuanto a la calidad de la escritura. La inverosimilitud de los diálogos de Cormac McCarthy se justifica por sus profundas reflexiones sobre el sufrimiento, el mal y la muerte. Los personajes son pretextos artificiosos para las líneas, lo cual me parece refrescante. El minotáurico Javier Bardem aparece descorazonadoramente feo.

Michael Fassbender, siempre desabrido para mi gusto, está allí y también en 12 años de esclavitud, de Steve McQueen, cuya historia es impresionante y cuya realización me pareció convencional, correcta y poco más. Con mayor profundidad y matices se aborda la condición de las víctimas en Short Term 12, de Destin Cretton, que trata sobre niños solos en un hogar de acogida y sobre los múltiples sentidos que puede tener el acto de rescatar a otro y de rescatarse a sí mismo. Mi actor favorito fue Oscar Isaac, protagonista de Inside Llewyn Davis, de los hermanos Cohen, una obra que encuentra belleza en el carácter fortuito del fracaso de los talentosos. Lástima el personaje de John Goodman, de un humor tan fácil y flojo. Me ilusiona ver Nebraska, de Alexander Payne.

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