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Pequeño Calígula

Antonio Caballero hace una reflexión entorno a la fotografía de un niño disfrazado de Chávez y denuncia que, de todas las formas en las que son usados los niños, la más grave es la de la guerra.

2010/03/16

Por Antonio Caballero

Miren ustedes esta fotografía y digan si lo que muestra no es un caso clamoroso de explotación de la infancia indefensa. Un pobre niñito venezolano (aunque se ve bien criado: no es un niño pobre, sino un pobre niño) a quien sus irresponsables padres disfrazan del coronel Hugo Chávez. Y el pobre queda idéntico.

Puede ser que se trate simplemente de una aberración privada de la familia del pobre niño, aunque de todos modos es claramente un abuso. Y puede ser también algo más profundo y grave, un ejemplo –ejemplar, justamente– de lo que está pasando en la Venezuela bolivariana del coronel. ¿Tendrán que gritar todos los niños venezolanos –y a lo mejor ya lo hacen– “¡Seremos como Chávez!”, tal como sus desventurados pares cubanos fueron adiestrados para gritar –y supongo que lo siguen gritando– “¡Seremos como el Ché!”? ¿O bien “Heil Hitler!”, como los de la Alemania nazi? ¿Y llamarán al presidente Chávez “padrecito”, como los de Rusia llamaban a Stalin, y antes de Stalin al Zar?

Miren a este pobre niño, ya igualito a Chávez de los pies a la cabeza. El atuendo: la boina roja de paracaidista, el uniforme verde oliva, las condecoraciones clavadas en la tetilla derecha. El físico: esa tetilla, y la otra, las manecitas gordezuelas, los labios entreabiertos como los de la modelo Naomi Campbell, la gruesa papada pasada de grasa y carne, que el propio Chávez no tenía de joven pero este niño chavista tiene desde ya. Su papá también. Porque supongo que es su papá ese energúmeno que grita con la boca abierta bajo la gorrita en una manifestación de exaltación chavista mientras lleva al pobre niño acaballado en el cuello, bamboleante como si fuera un muñeco. No hay derecho.

Tal vez lo más grave de todo lo que muestra la foto, lo que merece una denuncia en regla ante la Unicef de la ONU que se ocupa de los niños, o ante del Defensor del Menor de Venezuela, o como se llame su equivalente, sea el saludo militar. Con la mirada vacía, fija en el horizonte de la patria, el niñito de dos años disfrazado de coronel de paracaidistas se lleva la pequeña mano gordezuela a la sien. ¿Acaso no denuncian a las guerrillas de Colombia o de Liberia por reclutar en sus filas niños combatientes? ¿Y entonces éste qué?

No digo que esto sea cosa de la izquierda: el socialismo bolivariano de este pequeño Chávez de dos años, el guevarismo de los cubanitos, los niños guerrilleros de Birmania o de aquí. La explotación de la infancia se practica por igual bajo todas las ideologías, ¿Se acuerdan de John-John Kennedy haciendo un tímido –¡ay!, ¡adorable!– saludito militar con tres deditos en el entierro de su padre, el presidente norteamericano asesinado? ¿Se acuerdan de los hijos de Fernando Botero cuando era ministro de Defensa de Colombia, adorables también ellos, con sus camufladitos de fatiga y no sé si también sus ametralladorcitas en no sé cuál desfile militar? Los niños son usados por todos y para cualquier cosa: por la publicidad comercial para vender pañales o juegos de nintendo y por la propaganda religiosa para vender algún dios. Pero insisto: la utilización más grave es la de la guerra. Un niño a quien han vestido en una fiesta de colegio de ángel o de Niño Dios para un pesebre vivo, o uno a quien para un anuncio de televisión han puesto a extasiarse de placer por un postre o por una salchicha, o uno a quien han obligado a un trabajo físico extenuante, en la mina o en la mendicidad, guarda un trauma en su espíritu. Y más aún, por supuesto, un niño que ha sido explotado sexualmente antes de haber tenido suficiente criterio para el consentimiento, o fuerza para el rechazo. Pero creo que es más hondo el trauma sicológico que le queda al que ha sido usado para llevar a otros –niños y adultos– a la guerra.

Piensen ustedes en Ramfis Trujillo, a quien su padre el dictador dominicano nombró general de brigada a la tierna edad de siete años: se convirtió en un monstruo, lo que seguramente no habría sucedido si lo hubiera nombrado, digamos, juez de paz. Acuérdense de Cayo César, el hijo del romano Germánico, a quien su padre llevaba de muy niño a sus campañas militares vestido de legionario y calzado con pequeñas sandalias militares de su talla, llamadas caligas. Pocos años más tarde sería el emperador Calígula: la más feroz bestia coronada de todos los tiranos de la Antigüedad.

Espero equivocarme. Pero no le auguro un buen futuro a este niño disfrazado de Chávez de la foto. Si el Chávez verdadero está ya loco, aterra pensar a éste como le irá.

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