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El oficio más bello

Quería escribir una columna para pelear con Gabriel García Márquez por aquella frase tan citada en estos días de que el periodismo es el oficio más bello del mundo; sentencia que se le atribuye originalmente a Albert Camus. Y quería pelear con la frase por vacía.

2014/09/23

Por Marta Ruiz

 

Oficios bellos son casi todos los que existen, y decir cuál es el más bello de todos depende de lo enamorado que cada quien esté de lo que hace. ¿Qué tal ser maestro rural o bibliotecario en Colombia; enfermera en el África del ébola o un bombero kamikaze en un planta nuclear en Japón? Claro que hay oficios espantosos como matar ballenas o peor aun, ser el verdugo que pone una inyección letal o lanza una bomba desde el aire.

Digamos que el periodismo es uno de esos oficios bellos que pueden mejorar el mundo o, por el contrario, hacerlo peor. Depende del sujeto, modo, tiempo y lugar. Ser reportero de guerra, por ejemplo, es el más glamoroso de todos los periodismos porque se supone que quien lo ejerce se juega la vida para ir en pos de un valor absoluto: la verdad. Pero hasta este oficio tiene sus luces y sombras. Basta leer Territorio Comanche, de Arturo Pérez Reverte para entender cuánto cinismo puede haber en quienes asisten como testigos al frente de batalla.

Me puse a buscar dónde dijo García Márquez que el periodismo era el oficio más bello del mundo y me encontré con un discurso que el Nobel pronunció en Los Ángeles en 1996, ante la asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa, y que es casi una diatriba contra el periodismo moderno. García Márquez elogia al otrora periodista empírico, aquel de la sala de redacción donde se respiraba la literatura y la bohemia, el reportero de calle. Critica en su discurso a los comunicadores sociales graduados en facultades donde mueren, a punta de academia, la curiosidad y el talento. Defiende así la creación de su Fundación para el Nuevo Periodismo.

Y yo, que quería pelear con García Márquez, he terminado por estar de acuerdo con él. Ese periodismo de la vieja guardia está languideciendo. Agoniza. Y no necesariamente por la academia, ni por las nuevas tecnologías, ni porque los nuevos periodistas abdicaran de la calles para deambular en Google, y estén siempre pegados a tablets, redes y computadoras. Ni tampoco lo están matando, gobiernos autocráticos, que han sido desde el nacimiento de la prensa su amenaza más latente.

No, el periodismo está en declive porque, sujeto como ha estado a las inexorables leyes del mercado, se ha convertido en una mercancía devaluada. En un mundo donde la información se encuentra por doquier, el buen periodismo es un artículo de lujo, por el que pocos están dispuestos a pagar. Para controlar la información, los grandes emporios, los tipos más ricos y poderosos del planeta se han hecho a los medios. Y nosotros, la vieja guardia, que nos desgastamos pensando en cómo mantener a raya la pauta publicitaria, estamos perdiendo la batalla. Ya no se trata ni siquiera de que los avisos publicitarios condicionen al periodismo. Es que el periodismo se ha convertido en ellos. Al periodismo lo está matando el mercado, en cuyos brazos se ha lanzado, pulverizado por la crisis de los medios.

Por eso, suena tan extraño cuando veteranos periodistas juran y perjuran que la crisis de los medios no es la crisis del periodismo ni de los periodistas, que este es un oficio que resiste todos los embates; que sobrevivirá al naufragio como un héroe intocado. En realidad, la primera víctima de esta debacle es el buen periodismo. Y a nadie parece importarle demasiado. Claro, emergen nuevos medios, y sigue habiendo cronistas y grandes investigadores. Pero ¿quién está dispuesto a pagar por lo que ellos hacen? La mayor parte de medios alternativos de internet viven de la filantropía y muchos cronistas hacen sus trabajos por gusto y pasión, y ganan apenas un puñado de pesos. Sobrevivirá el nicho, dicen algunos. Lo que es difícil de imaginar es una cultura política hecha de nichos y un periodismo hecho de aficionados.

El periodismo tal y como lo conocimos, agoniza, y ya hay tanta preocupación en el mundo que no ha faltado quien diga que en el futuro los Estados tendrán que financiar al mal llamado cuarto poder, como quien financia la justicia o el Congreso, para que la democracia sea viable.

Lea también:

Gabo y el periodsimo, por John Lee Anderson.

La lengua absuelta: Estereograma.

La lengua absuelta: Defensa de la pared (pintada).

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