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Periodismo de sacrificio

Pasar fijándose

Carolina Sanín cuestiona el valor del periodismo en el caso de la cirugía de aumento de senos a la que se sometió la escritora colombiana Margarita Posada.

Por: Carolina Sanín

Publicado el: 2013-02-19

Recientemente la revista Soho publicó el testimonio de una escritora colombiana, Margarita Posada, que aceptó su invitación a ponerse unos implantes de silicona en el pecho para luego describir el procedimiento y posar con el desenlace. Aunque aparentemente banal, la noticia es de interés en un país donde los padres suelen dar a sus hijas tetas artificiales de regalo por cumplir quince años, donde es ya legendaria la exigencia quirúrgica de los narcotraficantes a las mujeres y niñas que les pertenecen, y donde hay actualmente quince mil víctimas de implantes mamarios inadecuados. Es tentador ironizar sobre el tema (yo misma lo intenté hace un tiempo con una especie de chiste o de performance que describí en estas páginas y con el que creo haber fracasado) y no sería demasiado aburridor especular sobre los deseos homosexuales reprimidos que llevan a los hombres a querer que las mujeres tengan nalgas en el pecho, o reflexionar sobre la fantasía matricida de penetrar a través de los pezones a una mujer anestesiada.

Cuando supe del artículo de Soho reaccioné indignada. Para empezar, el periodismo de inmersión, con sus limitadas nociones de la imaginación y la experiencia, me parece tan ignorante del quehacer literario como desdeñoso de la investigación. En el caso particular, el ejercicio de ese periodismo me parecía acrítico y antifeminista. El que una mujer educada aceptara someterse a un procedimiento médico innecesario y riesgoso con el único fin de publicitarlo en una revista que se presenta como “solo para hombres” constituía una manifestación lamentable de conformidad con la subordinación de la mujer, conllevaba una irresponsable exhibición de venalidad en un país en el que el cuerpo y la vida suelen tener un precio, e implícitamente negaba la solidaridad a las mujeres cuya integridad física es vulnerada por el consumismo y la misoginia. Vi un símbolo nefasto en el caso de esta mujer que para ser autora de su propia historia debía previamente modificar esa historia por encargo de una compañía y cumplir con la condición de ser una paciente.

Solo después de indignarme leí con atención. La lectura resultó más provechosa que el enfado. Efectivamente, y sin que su autora lo haya querido o lo sepa, el texto dice cosas importantes (sobre las relaciones entre las mujeres, sobre el sufrimiento del cuerpo femenino, sobre el significado psicológico de la teta). El testimonio se construye sobre tres ejes: en primer lugar, hay una regresión de la autora a la infancia (a una infancia general, casi de cliché), que trasunta, a pesar de las ansiosas declaraciones de ser “sexy”, un rechazo a la propia sexualidad; en segundo lugar, el texto trastabilla recurrentemente en torno a la ambivalencia no asumida de la interacción entre la autora y su madre, quien se erige en figura central de la crónica a pesar de que en esta explícitamente se desestima la obvia relación del seno con el alimento y la filiación (la autora busca la aprobación materna, le agradece a la madre como a Dios “Tú me hiciste linda, yo era linda” y le ofrece su contrición); y en tercer lugar, se recurre compulsivamente al imaginario del sacrificio, que, apoyado en una extraña personificación de las tetas (que “miran” y son “intrusas”, “mis nuevas integrantes”, “recién nacidas”, etc.), señala la desintegración de la propia imagen. Para esto, la autora usa referentes religiosos en abundancia y sin justificación aparente (“vénganos en tu reino” (en referencia a los implantes), “me doy golpes bíblicos (¿?) en el pecho”, “como un cristo”, “después de los misterios dolorosos vendrán los gozosos y los gloriosos”, “me huele a chivo muerto”, etc.). Dentro de este testimonio de autoflagelación es elocuente el lapsus que comete la cronista al temer que su madre sufra, en lugar de un cólico miserable, un cólico miserere (que significa “apiádate de mí” y que tradicionalmente remite al Salmo 51, emblema de la culpa y el sacrificio: “Rocíame con el hisopo y seré limpio… exulten los huesos que machacaste Tú”).

En varias ocasiones la revista Soho ha superpuesto imágenes religiosas con imágenes de mujeres desnudas (se recordará el escándalo de su representación de la Última Cena), y valdría la pena preguntarse por qué insiste en hacer equivaler la explotación del cuerpo femenino con la imagen del hombre/dios ofrecido y torturado. Mientras castiga una y otra vez el cuerpo (¿temido?, ¿aborrecido?, ¿sucio?) de la mujer, la revista se empeña en hacer una especie de cristología cuyo sentido dista mucho de la irreverencia que cree ejercer.

He intentado mostrar aquí que el gesto de Margarita Posada puede recibirse como un producto cultural analizable; como el acto consciente e inconsciente de una escritora y no solo como la pose de una modelo de implantes de silicona. Si esta columna no ha servido para eso, que sirva para pedir, por el dios de Soho, que no llegue el día en que nuestra apatía permita que la prensa contrate una “crónica de inmersión” de la violación a una mujer.