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Plaza vacía

La plaza de toros la Santamaría de Bogotá

Mil palabras por una imagen

Una “nueva era cultural”. Así bautizó el alcalde de Bogotá Gustavo Petro la que empezó para la ciudad cuando, en su primera alcaldada, suprimió la fiesta de los toros en la plaza de Santamaría con el argumento de que el dueño es él.

Por: Antonio Caballero

Publicado el: 2012-10-30


 

Una “nueva era cultural”. Así bautizó el alcalde de Bogotá Gustavo Petro la que empezó para la ciudad cuando, en su primera alcaldada, suprimió la fiesta de los toros en la plaza de Santamaría con el argumento de que el dueño es él. Y, en tanto que dueño, prefiere destinar la plaza a actos de amor (Petro es ya padre de seis hijos en varias mujeres) y no a celebraciones de muerte, como llama a las corridas. A finales de junio se inauguró esa nueva era. Y vean la plaza: vacía. Sin toros, sin toreros. Sin siquiera areneros. Ni público tampoco. “Cemento”, como describen los aficionados (a los toros: sobra decirlo) esas tardes melancólicas en las que un mal cartel hace que los graderíos se vean desnudos de gente. Y así se han visto desde entonces en los distintos eventos culturales espasmódicamente programados por el Distrito en su plaza, que ha dejado de ser, según la aliterativa retórica petrista, “plaza de toros” para convertirse en “plaza de todos”. Y de todos será, pero no va nadie.

No fue nadie, o casi nadie, al primer acto de amor –sin pagar entrada– que se realizó en la plaza: un mandala, según informó la prensa, explicando a continuación que los mandalas son “diagramas circulares que representan el macro y el microcosmos en un lugar sagrado, según el Distrito”. Porque la “nueva era” –New Age, en su versión original californiana– utiliza con profusión la parafernalia de las religiones orientales. Lo cierto es que esta plaza tenía más de un sitio sagrado antes, cuando ahí se celebraban los ritos de la antigua religión taurobólica de los cuales las corridas de toros son (entre otras muchas cosas) la manifestación última. Pero es que Petro, sobre su propia piedra, a imagen de Cristo sobre la de su apóstol Pedro, está edificando su nueva iglesia. Así ha ocurrido siempre: en el emplazamiento tradicional de los antiguos templos se levantan los nuevos, previa persecución y prohibición de los viejos misterios.

Hace unos pocos días, el domingo 7 de octubre, se hizo presente Petro en persona en la plaza, con su cachucha, que si no fuera suya parecería la gorrita campera de un aficionado a los toros, y su mascota, una perrita llamada Bacatá, “aquí presente” ella también. Aplausos de su público, más bien escaso: no eran los quince mil espectadores que antes, cuando había toros, acudían a la Santamaría a celebrar su fiesta entre las injurias de cincuenta o sesenta antitaurinos. En la mitad del ruedo, como un torero que brinda a la plaza, Petro tomó largamente la palabra para anunciar, bajo “la bandera de la diversidad humana y cultural”, la supresión de uno de los factores de esa diversidad: la fiesta de los toros. Porque pertenecía, dijo, “al imaginario cultural de una élite construido alrededor de la tortura y de la sangre”. Lo cual, aseguró sin vacilar, “lleva siempre a Auschwitz”.

Hubo aplausos.

Pero a mí me parece que es más bien al revés. Es la intolerancia para con los demás, como la que muestra Petro con sus alcaldadas prohibicionistas y los antitaurinos que las aplauden, la que lleva, en su extremo, a horrores como el campo de exterminio nazi de Auschwitz.

A la entrada de Auschwitz campeaba un letrero: Arbeit macht frei (el trabajo os hará libres). ¿Cuál pondrá Petro en su plaza? Mucho me temo que uno firmado por la curadora urbana número tal autorizando la demolición del coso taurino y la construcción en ese lote, el mejor de Bogotá, de cuatro torres de veinte pisos de apartamentos de lujo y un gran centro comercial con parqueadero.

Ojalá me equivoque.