Nicolás Morales

¿Por qué nadie hunde novelas en Colombia?

Llegó la hora de volver a decir lo que ya se sabe hasta la saciedad: estamos en el peor momento de la crítica literaria de todos los tiempos. Ya nadie sabe qué de nuestra ficción es bueno y cada novela resulta “ultra original, bella y llena de figuritas hermosas”

2015/06/19

Por Nicolás Morales

Llegó la hora de volver a decir lo que ya se sabe hasta la saciedad: estamos en el peor momento de la crítica literaria de todos los tiempos. Ya nadie sabe qué de nuestra ficción es bueno y cada novela resulta “ultra original, bella y llena de figuritas hermosas”. Para desarrollar esta poco original idea, lanzo estas pequeñas máximas a mis fieles lectores:

No hay críticos a carta cabal. Busquen un crítico en Colombia con el suficiente valor para hundir acertadamente más de una novela al año. No hay. Hay muy buenas plumas para potenciar textos, revelar escritos o hacer llamados de atención sobre novelas desconocidas con muy buenas traducciones, pero desaparecieron de nuestro entorno los críticos punzantes y los pocos que escriben se han acobardado hasta niveles muy parecidos al del dinosaurio Rex de Toy Story.

El mercado es frágil y nos hacemos pasito. Bien es sabido que en nuestras delicadas economías editoriales, de menos de 3.000 ejemplares, se preservan atenuando la crítica. Un escrito que desentraña escrituras mediocres y acomodadas puede poner en riesgo muchas cosas; ¡incluso algunos empleos!

Subsisten los vetos a críticos literarios. Hoy ya no funcionan como conspiraciones maléficas terminales, sino más bien como un instrumental de actos menores, menos visibles y desplegados a los más críticos. Por eso es mejor hablar bien de un libro soberbio y perdonar un verdadero hueso. Los riesgos de ser un sanguinario, son evidentes.

Los críticos son amigos de los escritores (del mismo modo y en sentido contrario). Los cocteles de lanzamiento ilustran esta fusión perfecta entre prensa, editores y escritores. Los veo abrazándose, entre vinos, dándose palmaditas en el hombro, preparando sus habituales y aburridísimas declaraciones escritas y personales de amor filial, para después, en el corredor, suspirar entre cortado: no era tan buena.

No hay donde escribir cosas duras. Las columnas de crítica literaria que hunden libros desaparecieron de los grandes diarios y, en menor medida, de las revistas. Es como si fuera políticamente incorrecto hablar mal de una novelística complaciente. Educar gustos literarios parece ser propio del siglo XX. ¡Y que el lector y el librero se las arreglen en las librerías!

Internet no es un campo de batalla. Consuelo extraño, las redes sociales nos han dado algunos rounds entre críticos, intelectuales y escritores. Pero observo que se ocupan mucho más de sus posturas políticas y personales que de sus obras. De ahí que sigamos sin ejercicios juiciosos de exploración literaria. Algunos blogs, curiosamente más en provincia, aprovechan este desierto de grandes críticos para aventurar reseñas un poco más fuertes que las de la capital. Falta rastrear periódicos regionales, aunque soy pesimista.

Los premios nacionales confunden. A veces bien dados, a veces muy sospechosos, ya no son la medida de las cosas. Pero esto da para otra columna, bien sanguinolenta.

El Boletín Cultural y Bibliográfico, una isla en un mar de lodo. Pese a su condición de tardío y clandestino, esta publicación del Estado es nuestra última salvación. Deberían condecorarla con la Cruz de Boyacá, en el grado de gran comendador.

Tú eres tu propio crítico. La verdad es que yo compro las novelas que mis amigos me recomiendan, cuando no me las regalan ellos mismos. Lo decía Rafael Reig: la gente compra libros sobre todo para regalar y lee sobre todo lo que le han regalado. Finalmente, lo sé, todos nosotros construimos nuestra propia crítica. Pero es mi deber alentar a los lectores a compartirlas; pues de lo contrario seguiremos en este campo de rosas de puro hule.

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