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Por un Arte Burgués

2013/10/18

Por Lucas Ospina

En 1846 Charles Baudelaire, a los veinticinco años, escribió una dedicatoria en el libro de su crítica al Salón de ese año, el importante evento organizado por la Academia de Bellas Artes en París. La publicación iba dedicada “A los burgueses”.

“Vosotros sois la mayoría –número e inteligencia–; luego sois la fuerza, que es la justicia (…). Podríais vivir tres días sin pan, sin poesía, nunca; y se equivocan aquellos de vosotros que dicen lo contrario: no se conocen. (…) Los aristócratas del pensamiento, quienes reparten del elogio y la censura, aquellos que acaparan las cosas espirituales, os han dicho que no teníais derecho a sentir y a gozar: son unos fariseos. (…) Vosotros, burgueses –reyes, legisladores o negociantes–, habéis creado colecciones, museos, galerías. Algunas de ellas, que hace dieciséis años solo estaban abiertas a los acaparadores, abren ahora sus puertas a la multitud. (…) Vosotros sois los amigos naturales de las artes, porque sois ricos unos, sabios otros”.

La burguesía extendería la equivalencia general del dinero, su capacidad de comprarlo todo, su contingencia y su poder, su razón y sinrazón, a los aconteceres inoficiosos de la estética, a crear una patria del mecenazgo, un mundo del arte que superaría con creces –y con obras– el cerco numérico de la ficción monetaria.

La dedicatoria de Baudelaire lucía más cándida que irónica, un encomio, un reto para que la burguesía se pusiera a la altura del elogio del crítico y firmara un cheque en blanco girado al poeta y sus colegas artistas: “Es, por tanto, a vosotros, burgueses, a quienes este libro está naturalmente dedicado; pues todo libro que no se dirige a la mayoría –número e inteligencia– es un libro absurdo”.

Dos años después, Karl Marx y Friedrich Engels afirmaban en el Manifiesto del Partido Comunista: “La burguesía despojó de su halo de santidad a todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso acontecimiento. Convirtió en sus servidores asalariados al médico, al jurista, al poeta, al sacerdote, al hombre de ciencia”. La figura del artista en la esfera burguesa se limita a una profesión sujeta –como cualquier otra– a la rentabilidad. El arte –junto a la medicina, la ley, la religión y la ciencia–, antes que ser un derecho esencial, actividad “venerable” y “digna” propia de un interés desinteresado, es un servicio sometido a las leyes del mercado, un oficio más en la nómina contable de la empresa humana.

La discusión sobre arte se debate en dos posturas, apoyar o no apoyar a la burguesía, y entre dos roles, ser o no ser un burgués. Hoy, por razones de interés, incompetencia, desgracia o aparente necesidad, un guion se impone sobre otro y una noche de epifanía se cierne sobre una nueva generación: la ficción del arte burgués acrecienta su dominio, fuerzas más benignas y perversas, más locales y globales, más visibles e invisibles interactúan dándole a otra camada la oportunidad de vivir la quimera del joven Baudelaire. Ante esta situación, cabe invocar algo que el crítico escribió antes de ser un poeta maldito o un maldito poeta, antes de participar en la revuelta comunitaria y terminar revolcado pues una cosa es lo que uno quiere hacer con la vida y otra lo que la vida hace con uno. Baudelaire, a los veinticuatro años, en la introducción a los textos del Salón de 1845, dijo: “Y en primer lugar, a propósito de esa impertinente denominación: el burgués, declaramos que no compartimos en absoluto los prejuicios de nuestros grandes colegas artísticos que se han afanado desde hace años en lanzar un anatema sobre ese ser inofensivo... Y en suma, hay tanto burgués entre los artistas que, en definitiva, más vale suprimir una palabra que no caracteriza ningún vicio particular de casta”.

Y así, sin prejuicios ni culpas (o con el juicio embebido y la culpa diluida en un gran coctel colectivo), aceptemos al arte burgués –esta media verdad o verdad y media–, asomemos la cabeza por esta ventana de oportunidad (antes de que se convierta en guillotina).

La vista es la de un plácido paisaje ferial. El artista burgués ve con meridiana claridad el momento prefigurado por el joven poeta parisino: “Unos sabios, otros propietarios; –llegará un día radiante en que los sabios sean propietarios, y los propietarios sabios. Entonces vuestro poder será completo, y nadie protestará contra él”. ?¡Artistas burgueses de todo el mundo, uníos!

*Foto: Autorretrato de Charles Baudelaire.

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