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Presidenciabilitis

Antonio caballero habla de cómo "todos los colombianos, desde la infancia, se definen a sí mismos con una palabra que no existe en ningún otro idioma y en ningún otro país: 'presidenciables'."

2010/03/15

Por Antonio Caballero

Se escapa un secuestrado de la guerrilla, o lo rescatan, o lo sueltan, o pagan por su liberación, y los periodistas de la prensa, radio y televisión lo acosan a preguntas sobre su vida sexual en el monte. Íngrid Betancourt, Clara Rojas, Luis Eladio Pérez: ¿con quién se acostaban? ¿Se masturbaban? ¿Tenían, en sus hamacas guindadas en la mitad de la selva, sueños eróticos? También los interrogan sobre sus creencias religiosas. ¿En cuál Dios creían? ¿En el Señor Caído? ¿En el Niño Jesús del 20 de Julio? ¿En el milagroso de Buga? ¿A qué Virgen le rezaban? A Íngrid le reprochan que haya antepuesto en sus acciones de gracias a una Virgen foránea, la francesa Notre Dame de Lourdes, por sobre la de Chiquinquirá, la colombiana, la nuestra. La de Piendamó, me parece, ha caído en el olvido. ¿Y la de los sicarios? ¿Y ese santo monseñorcito paisa ante cuyo cadáver incorrupto nuestro piadoso presidente se postra y se pasma y se trastorna mientras ora con los ojos volteados y en blanco como si estuviera en éxtasis?

En cambio no les preguntan por otras necesidades, otras pasiones, otros vicios. La comida, el alcohol, las drogas. ¿Qué comen los secuestrados y sus secuestradores? ¿Qué beben? ¿Solo agua de los ríos? ¿Toman trago, como hacen sin parar todos los demás colombianos? ¿Aguardiente, whisky Chivas Regal, sabajón, cerveza? ¿Fuman? En todas las películas de guerra —las de la Primera Guerra Mundial, las de la de España, las de la Segunda, las de la de Vietnam— hemos visto que la más constante obsesión de los combatientes, y de los presos de guerra, es conseguir qué fumar. De la de Irak, que es por ahora la única guerra grande emprendida después de la prohibición del tabaco en el cine por políticamente incorrecto, no se han hecho películas todavía, que yo sepa. Pero en los campamentos de la guerrilla colombiana ¿se fuma todavía? ¿Y se droga alguien? Si sí, ¿con qué? ¿Marihuana, basuco, perico? ¿ O solo con insulina para la diabetes, que por lo visto es más devastadora y generalizada que la leishmaniasis?

Y queda otra obsesión, otra pasión, otra adicción, otro vicio. El vicio colombiano por excelencia: la presidenciabilitis. Les preguntan a los liberados (o a los secuestrados, y hasta a los muertos):

—¿Usted se va a lanzar a la presidencia?

Y todos responden:

—Sí.

Solo existe un colombiano que a esa pregunta responda que no: es el presidente Álvaro Uribe. Pero es mentira. Todos los colombianos, desde la infancia, se definen a sí mismos con una palabra que no existe en ningún otro idioma y en ningún otro país: “presidenciables”. Y todos se lo creen, de Uribe para abajo. Luis Eladio, digamos. O el canciller Araújo, que también estuvo secuestrado y es ahora candidato in péctore (en su propio péctore) a la presidencia de la República. Todos.

El caso más extremo es, por supuesto, el de Íngrid Betancourt. Ahora que ha salido por fin de su terrible cautiverio es posible decirlo: salió tan afectada por el galopante síndrome de la presidenciabilitis como cuando entró. Y cuando entró muchos pensaron, yo entre ellos, que era esa misma presidenciabilitis la que la había llevado allá. Se metió de cabeza en su secuestro creyendo que no duraría más que unos quince días, por ser ella quien era: una presidenciable, y candidata a la presidencia. Y que saldría catapultada directamente de la manigua a la presidencia. No sucedió así, pero a todo lo largo de estos años, y al margen de su entereza y dignidad admirables, no dejó ni por un día de pensar en términos presidenciabilíticos. Así lo muestra aquel discurso de precandidata que grabó en video y sus secuestradores enviaron como prueba de supervivencia a los dos años de mantenerla cautiva. Así lo confirma la carta de hace unos meses, en la que lo que más lamenta es que sus carceleros le hayan quitado los ciento noventa puntos que llevaba redactados de su programa de gobierno.

Observen ustedes la foto de Íngrid Betancourt que ilustra este artículo. Le están preguntando que si va a lanzar a la presidencia. Y ella está respondiendo:

—Oui.

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