Príncipes traducidos y tocados

Carolina Sanín reflexiona sobre la monaquía, a propósito de la más reciente boda real.

2011/05/24

Por Carolina Sanín

En español llamamos Isabel II a la reina que en su reino se llama Elizabeth II, Jorge VI a su padre y Guillermo a su lejano antecesor el Conquistador. Pero parece que llamaremos rey William a su nieto, pues así lo llamamos de príncipe, mientras que nunca hemos llamado Charles a su hijo, el de Gales y Wales. El traducir los nombres de los príncipes, como se hace con los de los santos, implicaba que el príncipe era una entidad más allá de la identidad; cada príncipe heredero era la personificación de un mismo personaje, el rey, que era uno desde el inicio de la memoria histórica, encarnado por distintos hombres vivos para que nunca muriera. El nombre del príncipe no importaba: cada lengua lo designaba con una palabra distinta, así como en cada una príncipe se dice de distinta manera.

 

Me gustaba que el rey mantuviera viva cierta variedad de la representación poética y sacra, la transubstancialidad, si se quiere. Me gustaba que existiera en Occidente la ilustración de esta rara figura teatral: un personaje que estaba aparte de los demás hombres por la gracia de Dios, que representaba siempre al hombre con Dios, y que no se definía por su personalidad; y que, al operar una especie de magia con el tiempo, hacía ver la brevedad de la historia humana mientras prometía la continuación de la vida del hombre después de su muerte. El rey, además, nos igualaba a través del tiempo: me hacía pensar que yo, que vivo durante el reinado de Isabel II, que es la misma Isabel I, soy contemporánea al público del teatro isabelino. La temporalidad que las monarquías permitían imaginar me parece más realista que la democrática, que, con su elenco cambiante, nos hace pensar que somos ostensiblemente distintos de lo que fuimos hace unos pocos siglos —o hace cuatro años—.

 

Además me gustaba saber que seguía existiendo, de alguna manera, el lector original de los libros medievales de cuentos dedicados a la educación de los príncipes, que pretendían enseñar a todos los mortales a ser príncipes de sí mismos, y a partir de los que empezó a crecer —justamente a través de traducciones y retraducciones— la narrativa en las lenguas vernáculas de Occidente.

 

Aunque no era la primera boda real que veía en televisión, la del intraducido príncipe William me hizo caer en cuenta de la muerte de esa figura literaria y de ese personaje dramático. Por esos días estaba escribiendo sobre La vida es sueño y me percaté del golfo que separa la teatralidad alegórica, que no solo usa la figura del rey sino que quizás la crea, de la desacralizada presentación televisiva, que no precisa de traducciones al tiempo que, paradójicamente, hace que todo evento sea doméstico. Mientras que cada rey traducible era un actor que representaba a el rey, los intraducidos reyes del futuro son celebridades de reality show, actores que se interpretan a sí mismos, con su nombre propio, monolingües, con sus personalidades y nada más.

 

Luego me consolé pensando en que, si bien la literatura había perdido la boda del príncipe o viceversa, quedaba la boda con el príncipe: el cuento romántico de la mujer que, a la mitad de la vida, consigue convertirse en otro personaje. Sin embargo, en el cuento romántico la conversión es espiritual y es la virtud o el sufrimiento lo que precipita el paso de plebeya a princesa. Y también la princesa romántica accedía a tener en otra lengua otro nombre. De modo, pues, que ya no hay ningún cuento con reyes ni príncipes ni princesas. Solo hay Paris Hilton y Kate Middleton, iguales a sí mismas. Y vi que lo único que distinguía la boda de Kate y William de cualquier boda de boato eran los tocados excesivos de las invitadas.

 

En la televisión, cada tocado pasaba por una corona.

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