Sandra Borda

Clasismo moral y paz

Un lugar común en la conversación nacional sobre el proceso de paz señala que no debemos referirnos a los miembros de la guerrilla como similares o ubicados en el mismo nivel que la fuerza pública. Tampoco podemos comparar, reza el mismo lugar común, a los líderes de las Farc con la clase política.

2015/08/21

Por Sandra Borda

Un lugar común en la conversación nacional sobre el proceso de paz señala que no debemos referirnos a los miembros de la guerrilla como similares o ubicados en el mismo nivel que la fuerza pública. Tampoco podemos comparar, reza el mismo lugar común, a los líderes de las Farc con la clase política. La razón tiene que ver, sugieren quienes esgrimen el argumento, con que quienes estamos del lado del Estado, de la legalidad y de la democracia, jamás seremos equiparables en crueldad, criminalidad y perversidad a las Farc. Del lado de la guerrilla la cosa funciona igual: la idea del “estado paramilitar asesino” del que intentan liberarnos a todos les permite ponerse, en el plano moral, por encima del establecimiento.

La cosa no es difícil de entender: en un escenario de guerra como el colombiano, para poder usar la fuerza contra el otro y poder aniquilarlo militarmente, necesitamos deshumanizarlo. Para llevar a cabo la tarea de asesinar a otro que bajo circunstancias distintas podría ser un familiar o un amigo, es necesario algo de superioridad moral, sentirse con más razón, más legitimidad y más dignidad.

Como en cualquier juego de suma cero, la forma más fácil de lograr esto es reduciendo la razón, la legitimidad y la dignidad del otro. Así, se deshumaniza verbalmente cuando se califica a los otros como animales: les llamamos “ratas” y “cerdos” frecuentemente. También se deshumaniza cuando a punta de infligir dolor físico (tortura) se debilita hasta desaparecer la voluntad del otro, un rasgo típicamente humano.

Pero hay otras formas en las que llevamos a cabo esta tarea de la deshumanización: como sociedad hemos decidido identificar a los soldados que mueren en combates con la guerrilla; los medios entrevistan a sus familias, vemos imágenes de los lugares donde habitaban, conocemos a sus huérfanos y escuchamos con simpatía y solidaridad el llanto de quienes los amaban. Pero jamás hacemos lo mismo con los guerrilleros que perecen en los mismos combates. Y no lo hacemos porque ellos son el enemigo y no podemos crear simpatía hacia su condición; esa simpatía solo haría más difícil el tratar de eliminarlos militarmente.

Habrá quienes leyendo hasta este momento tengan la tentación de decir “pero es que objetivamente no somos iguales, ellos son delincuentes y nosotros no”. Sin embargo, los bandos de esta guerra no se dividen entre buenos y malos. Cada cual ha contribuido con su cuota significativa de delitos y de abusos contra la población civil. En este escenario, nos quedamos más bien con las preguntas ¿quién es peor?, ¿qué o quién es más perverso?, ¿Bojayá o los falsos positivos?, ¿el empresario que financia la guerra desde su escritorio y su corbata o el combatiente que empuña el fusil y que jala el gatillo?

Mi sugerencia aquí es que no hay preguntas que le hagan más daño a la búsqueda del perdón y la reconciliación que estas. Si de lo que se trata es de acabar la guerra y zanjar diferencias por las buenas y no a bala, preguntas como estas nos empujan exactamente en la dirección contraria. Estos son cuestionamientos que apuntan a seguirnos dividiendo en estratos de carácter moral, y cuando uno se autodefine moralmente de estrato 6, no hay chance de que en medio de la conversación política les otorgue respeto y legitimidad a los argumentos que se construyen en lo que uno considera es el estrato 1. Así, no hay forma de pensar en que tendremos un futuro político pacífico. No hay la menor posibilidad.

En este país somos tan dados a estos viajes de superioridad moral que cuando alguien comete un delito nos sentimos en la libertad de exigir que “le piquen los testículos en la Plaza de Bolívar” o que “lo metan en la cárcel hasta que se pudra en ella”. Pero somos alérgicos a reflexionar sobre nuestra propia relación con la legalidad y las normas: no le vemos problema a un soborno si se trata de evitarse un trámite engorroso, no nos sonroja irrespetar normas de tránsito, vender nuestro voto o hacer trampa para avanzar más rápido profesionalmente.

Y si usted en este momento está pensando “bueno, pero objetivamente es peor un asesino que un infractor de normas de tránsito”, es porque no ha podido dejar de practicar el clasismo moral del que aquí hablo. Sigue entretenido con la idea de que siempre habrá alguien peor que usted, alguien a quien deshumanizar, ajusticiar, aniquilar. Así las cosas, la dejación de las armas será lo de menos cuando de acabar este conflicto se trate. Lo de más será dejar atrás el imaginario colectivo construido en 60 años de matarnos unos a otros, la forma de pensar propia de un país en guerra.

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