Puro teatro

Marta Ruíz reflexiona sobre las conexiones entre el lenguaje teatral y el de la guerra.

2011/03/30

Por Marta Ruíz

Hay una extraña conexión de lenguaje entre el teatro y la guerra. Se habla de actores del conflicto, de escenarios de confrontación, de puntos de giro, de teatros de guerra, de roles, simulaciones y juegos. La mayor parte del tiempo la guerra es una tragedia. Pero de vez en cuando llegan personajes que la convierten en comedia.

 

Hace poco, por ejemplo, el país volvió a revivir el sainete que hace cinco años montó en el Tolima un recordado General comandante del Ejército. Se trataba de una desmovilización comandada por un farsante digno de Molière, cuyo sólo nombre ya es de por sí teatral: Saldaña. La gran farsa siempre dejó insatisfechos a los críticos, especialmente por los problemas de utilería: uniformes nuevos, armas que no disparaban y cartucheras vacías. Pero aún así, arrancó aplausos agradecidos de un público acostumbrado al mal circo.

 

No contento con esta pieza, pocos meses después el General montó una pantomima. Se trataba del rescate de un capitán de nombre también muy literario: Nur. Esta vez el hombre aparecía en la televisión atado con cadenas y mostrando un hueco donde había permanecido enterrado, cual Prometeo, durante varios años. El General, como en un drama épico, lo había liberado y otra vez arrancó aplausos arrebatados, felicitaciones y medallas. Poco después se supo el truco. El Capitán se había deslizado de los avatares de la guerra hacia los de la mafia, y la pantomima cumplía la función de una máscara, para encubrir su verdadera historia.

 

Hay que decir que el mismo General luego se catapultó con una obra inspirada en el Caballo de Troya, que fue la Operación Jaque, para liberar a quince personas secuestradas. Esta fue la mejor, no sólo porque tenía un objetivo noble —la libertad—, sino porque fue diseñada para engañar a sus enemigos —del General, por supuesto— y no sólo a los colombianos, como solía suceder. O a lo mejor para crearle una ilusión óptica, con efectos televisados incluidos, a todos al tiempo.

 

Ahora resulta que la desmovilización de los paramilitares también fue un montaje para timar al de siempre: al público. Nuevas versiones presentadas ante los dueños del circo y ahora reveladas por Wikileaks, nos ratifican que muchos de los verdaderos paramilitares siguieron en la calle, mientras quienes se tomaban la foto eran, en buena proporción, unos cuantos incautos recogidos en la calle, que por unos cuantos pesos, se pusieron el camuflado. A los extras les pagaron, y a los protagonistas, dicen otros, les cobraron por su papel en la obra.

 

Antes la guerra solía ser cosa seria. Como que se trata de un asunto de matar y morir. La paz también solía ser algo trascendente y se mentía con más pudor, porque algo valían los sueños y las esperanzas de los pueblos. Es que hemos asistido a guerras imaginarias, como la del Golfo, pero asistir a una paz falsa sí es un acto de prestidigitación mundial.

 

Sospecho que un día vamos a levantarnos y darnos cuenta de que esta guerrita miserable que tenemos que soportar todos es una invención de unos cuantos, que juegan en trasescena, y la prolongan al infinito. Desde un aparato militar, devenido en caja negra, carente de toda transparencia, y donde la invención del enemigo llega hasta la impostura de matar a indefensos para engrosar cifras que mienten. O desde una guerrilla que perdió el guión de su actuación, y repite su soliloquio ante un auditorio vacío.

 

¡Esto es Marat/Sade! Ningún personaje es lo que parece, el psiquiatra y el carcelero parecen haberse quedado sin razón, y los locos ahora tienen el control de la película. No se sabe si es el pasado o el presente, si es una guerra o un juego, un truco publicitario, un carnaval, una pieza maestra del teatro de la crueldad, o un teatro del absurdo en el que cada personaje busca a su autor. A propósito: ¿dónde está el autor?

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