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Quemar a la bruja

El mes pasado Carolina Sanín fue tendencia nacional en Twitter durante dos días, por su columna 'El otro velo' (arcadia 93). Sanín reflexiona ahora sobre la reacción que generó con su opinión y se pregunta qué puede haber tras la virulencia de las críticas.

2013/07/18

Por Carolina Sanín

Aunque me creía familiarizada con la mezcla de mediocridad y violencia de la vida nacional, descubrí el mes pasado que había menospreciado nuestra patología. Después de publicar en esta página un texto en el que lamentaba que a la mitad de la población infantil se la vistiera de un solo color, el rosa, mientras que a la otra mitad la vestían de todos los colores, recibí en público y privado improperios de todo tipo. Corrijo: no fueron de todo tipo. Fueron en su gran mayoría insultos sexuales, como corresponde que los reciba en este estercolero una mujer que cometa la insubordinación de preocuparse por cuestiones de género y que tenga un espacio donde articular su pensamiento.

En las redes sociales, los hombres reaccionaron aterrorizados. Su excitación ante la columna parecía excesiva. ¿Por qué les irritó tan agudamente que se aludiera a la sexualidad de las niñas? ¿Acaso se les señalaba su pedofilia? Durante una semana, los mismos opinadores que caballerosamente se duelen en público por la violencia de género se dedicaron a escupir comentarios sobre mis genitales y mis ciclos menstruales e, indistintamente, sobre mi puterío y mi frigidez. Congregados en torno a la fantasía de la violación en grupo, esforzaron su ingenio para defenderse de lo que aparentemente sentían como una amenaza a la integridad de sus testículos y el incontestable dominio que tienen sobre sus hijas.

Como el hechizo que la bruja Circe les lanza a los compañeros de Odiseo, mi texto los convirtió en cerdos.

Entre tanto, sus contrapartes femeninas de las redes sociales, cómodas en su desinformación y quizás convencidas de que a sus hijas les gusta por naturaleza exclusivamente el color rosa, manifestaron su oposición a lo que llamaron mi “feminismo radical”. Usaban el término sin conocer la variedad de su significado y resistiéndose a ver que una mujer que se declara antifeminista es comparable a un negro que se hubiera opuesto a la emancipación de los esclavos. “¡No nos diga cómo vestirnos!”, reclamaban además. No habían notado que yo hablaba de las niñas y no de las mujeres, error comprensible en un país donde las adultas se sienten halagadas cuando las llaman niñas, sin pararse a pensar que el piropo lleva implícita la negación de la autonomía.

Como un conjuro, mi columna las convirtió en sapas.

Fue una cadena radial la que dio la largada para la salva de gargajos que recibí. “Carolina Sanín pide no vestir a las niñas de rosa”, titularon en su página web. Con tanta pereza como poca ética, omitían leer la columna, en la que yo no pedía nada. Antes que pedir, ejercía un poder: el de observar. Se entiende que en una sociedad que se ha conformado a los actos sin sentido resulte agresivo el hacer análisis y asociaciones. Pretender que toda costumbre y toda actitud son legibles incomoda demasiado, pues reclama una toma de responsabilidad.

Entre los insultos que me han dirigido son también recurrentes los de “arrogante”, “soberbia”, “loca” y “drogada”. Si no estoy bajo la influencia de una lesión o una sustancia, debo de estar condenada por algún vicio de carácter pues uso “palabras raras” e hilo “demasiado fino” y lo que escribo “no se entiende”. Que una mujer se tome la libertad y se dé el placer de pensar y escribir como mejor puede, excediendo el léxico de cien palabras que conocen las celebridades de las redes sociales, desdeñosa de que la comprenda o no la mayoría conformada por necios, se percibe aquí como una excentricidad imperdonable. Como una herejía. La actitud de esa mujer es incomprensible y temible como lo son los maleficios de las brujas, las antagonistas de las princesitas de rosado. Y ya se sabe desde hace tiempo que contra una mujer inquisitiva lo recomendable es la Inquisición.

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