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Rayuela sin red

En la columna de este mes, Margarita Valencia habla de las cosas que aprendimos de Rayuela.

2010/03/15

Por Margarita Valencia

¡Cómo cambian las cosas los años!, se queja el tango, que sabe que la vida no pasa en vano. Pero han pasado 45 años desde la publicación de Rayuela y no es particularmente impresionante el cúmulo de pruebas de que la literatura latinoamericana aprendió su lección, que no fue cosa pequeña.

De Rayuela aprendimos que las palabras no son ladrillos para construir fortalezas inexpugnables sino materia maleable; y no me refiero al glíglico (lenguaje inventado por la Maga para expresar lo afectivo, lo erótico), ni al hábito de Horacio Oliveira de anteponer haches a todas las palabras que empiezan con vocal cuando siente que se hunde en el fango del discurso vacuo y apergaminado, sino al empeño explícito en la obra del escritor de “devolverle al verbo […] todo su brillo para que pueda ser usado como yo uso los fósforos y no como un fragmento decorativo”. Sus diálogos (que desmienten la severa afirmación de García Márquez de que el español no se presta para los diálogos) exhiben con desparpajo su familiaridad afectuosa con las palabras, su insistencia en vestirlas con ropa cómoda, su falta de respeto con las falsas fronteras de la lengua o de la nacionalidad.

En Rayuela aprendimos a reconocer las trampas de la literatura fácil, del “ronroneo feliz que hipnotiza al lector después de haber hecho su primera víctima en el escritor mismo”. Superada la algarabía que produjo empezar una novela con instrucciones sobre su lectura (instrucciones que empiezan insultando al potencial lector acomodadizo con la aclaración de las “tres vistosas estrellitas que equivalen a la palabra Fin”), resulta hoy más agudo que nunca el aguijón en la comodidad del lector, mal acostumbrado a consumir compota cómodamente repantigado en un sillón. Cortázar se niega a atrapar al lector o a seducirlo, de la misma manera desprevenida y tortuosa como Oliveira y la Maga intentan amarse prescindiendo de las convenciones clásicas del amor como la cercanía física o la afinidad intelectual. No hay manera de dejarse ir en brazos de Rayuela, y si al final decide uno lanzarse al vacío, debe hacerlo con la convicción absoluta de que no hay red de seguridad esperándolo abajo. Cortázar nos conmina a elegir y después cuestiona nuestra elección (“el solo hecho de interrogarse sobre la posible elección vicia y enturbia lo elegible”), obligándonos al sobresalto constante, a ver el mundo desde la incomodidad exterior, desde la certeza de la incomprensión: “Vos y yo somos dos entes absolutamente incomunicados entre sí salvo por medio de los sentidos y la palabra, cosas de las que hay que desconfiar si uno es serio”.

Rayuela nos enseñó a huir de las petrificaciones simplificantes, a desconfiar de la nota fácil y grosera, a distinguir “la música que puede traducirse en emoción de la emoción que pretende pasar por música”, y a reconocer “que mi país es un puro refrito, hay que decirlo con todo cariño”. El reto propuesto era encontrar una voz prescindiendo de las muletillas (de las cuales la más inhabilitante es la capacidad de entender) y superar el abismo entre la emoción y las palabras sin inventar puentes, confiando en que “la acumulación de fragmentos cristalizara bruscamente en una realidad total”.

Y es que Rayuela, punta de lanza indiscutible del boom latinoamericano en Europa, fue la promesa de que América Latina había recogido el testigo de manos de Joyce y se embalaba jubilosa por los caminos de la impertinencia literaria y del desenfado. Pero hoy podría ser que Rayuela, como tantos otros libros experimentales, esté muriendo la dolorosa y lenta muerte de la disección en los brazos antisépticos de la academia. Su insistente catalogación como libro de culto —camino conocido hacia la muerte literaria— es alarmante pero no es necesariamente una condena: es solo la confirmación boba de que hay quienes siempre preferirán formar parte de un cónclave secreto. Lo acompañan allí unos pocos: el primero, Bolaño, aunque resulte sospechoso el bombo post mórtem, la ansiedad por subirnos a ese bus porque tememos que no haya otro en largo rato. Están Piglia y Aira (ambos argentinos), de quienes hace rato se habla mucho y muy bien entre los contados miembros de la logia; y está Puig (también argentino), de quien ya nadie se acuerda (ni siquiera los iniciados). De cualquier manera, la literatura en secreto me incomoda: yo creo, con Cortázar, que la única razón por la cual uno trepa hasta el agujero es para querer bajar cambiado “y encontrarse otra vez, pero de otra manera, con su raza”. Y más me incomoda la constatación diaria de que la literatura latinoamericana se ha convertido en un mundo satisfactorio para gentes razonables, en el cual la minifalda dejó de ser una provocación insultante y viene en sastre Chanel con cartera compañera.

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