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Rectificación

Carlos Castillo Cardona dedica su columna al verbo rectificar.

2010/03/15

Por Carlos Castillo Cardona

Acuden al verbo rectificar las personas que se sienten molestas y ofendidas por lo que otros dicen o escriben. Pero nunca lo conjugan en primera persona, aunque sean ciertas las críticas que reciban. Con razón o sin ella, los pretendidos insultados siempre quieren que los supuestos ofensores cambien lo dicho. Nunca llegarán a aceptar que el crítico tenía razón. Les gusta el verbo rectificar aunque preferirían los sinónimos corregir, modificar, reformar, rehacer, retocar, enmendar, transformar, reparar, remediar, ajustar. Estos sinónimos les daría más mando y humillarían mejor, a pesar de que rectificar debería ser suficiente, pues se refiere a lo recto, del latín rectus, y ellos creen serlo. Finalmente, todo es un problema de poder, aunque este nunca logra el milagro de que se pase del insulto al elogio, cosa complicada, pues el que critica prefiere los verbos ratificar e insistir, y no dudaría en persistir.

De por sí, rectificar es una acción odiosa, contraria a la evolución normal de los hechos, se opone al principio de “el mal ya está hecho” o al sano “poner en evidencia”. Hay tontos y sabios que buscan por todos los medios que se rectifique. Unos acuden a dirigir cartas de protesta a los dueños, directores y editores de los periódicos. Otros prefieren la carta abierta, el manifiesto, contestar diatriba con diatriba. Los impresentables mandan sicarios para segar vidas y lograr el silencio o la venganza. Hay casos conocidos y dolorosos.

Una práctica común en nuestros días es la tutela que obliga al escritor, temeroso del presidio, a declarar que se ha equivocado. Y esa es una imposición del Estado, de la ciega justicia, que no siempre responde a la verdad y que se aprovecha de abusivas interpretaciones de nuestra lengua.

Obviamente, no todo el que ataca a otro es del mismo tipo, clase o ralea. Hay escritos que se basan en una investigación correcta o expresan una opinión equilibrada. También están los que vomitan hiel, pero esos son de otra calaña. Estos no son de ensalzar, pero tampoco se deben amordazar. Desafortunadamente para muchos, la verdad no es menos dura cuando se calla que cuando se cuenta. Tampoco los agravios vuelven verdad lo falso. Ni transforma en valioso lo mediocre y lo malo.

Es posible que sea mejor pasar por encima del orgullo, de los ataques a la honra. No exclamar calumnia e injuria. A veces, el silencio es más brillante que la palabra. Tanta protesta contra el supuesto agraviador o falsario acaba por enaltecerlo. Con tanto cacareo y protesta, la víctima de las denuncias o de los atropellos se vuelve famoso por lo que preferiría mantener en la sombra. ¿Quién se acordaría de las corrupciones que sugieren ciertas chuzadas telefónicas si no se hubieran interpuesto las tutelas que obligaban a rectificar a los que informaban de ellas?

Es posible que a mí me hagan rectificar. Lo haré inspirado por aquella que se hizo cuando decidieron cambiar la orientación de la estatua de Bolívar, dándole la espalda al lado sur de la plaza en donde tenía un almacén un señor llamado el Indio Martínez Nieto. Un periódico local lleno de ironía y humor, escribió:

Bolívar con disimulo/ y sin faltarle al respeto/ decidió voltearle el culo/ al Indio Martínez Nieto. Ante la amenaza recibida del ofendido, el periódico publicó en su número siguiente: Rectificación: Bolívar con disipeto y sin faltarle al resmulo/ decidió voltearle el peto/ al Indio Martínez Culo.

¿Quién quedó peor?

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