BUSCAR:

Recuerdo de María Rosa Menocal

Pasar fijándose

Por: Carolina Sanín

Publicado el: 2012-11-27

A veces se me hace difícil creer en la muerte. Es decir, me cuesta creer que la muerte no se pase. Mi profesora María Rosa Menocal murió hace un mes y, después de haber recibido la noticia y de haberla lamentado y compartido, siento como si ella estuviera otra vez viva; como si hubiera vuelto a vivir lejos de donde estoy, y yo pudiera seguir confiando en que la veré cuando vuelva a verla. No debe ser extraño lo que digo. Después de todo, la noticia no contiene más que la muerte, que a su vez no contiene ningún cuento. En la memoria del amigo está sembrada la vida del amigo; la muerte no puede abatirla ni hacer otra cosa que seguir esperando su turno, que, de amigo en amigo, no acaba de llegar.

Menocal escribió y habló sobre la Edad Media. Fue una maestra espléndida, una amiga leal y emocionante, una cocinera formidable y una exploradora aguda de las joyas del mundo. Sus grandes hechos y claros no cumple que los alabe, pues los vieron. Yo la conocí en la Universidad de Yale cuando tomé su curso sobre libros de relatos enmarcados. Pero no la conocí entonces, pues no toca al estudiante conocer a su profesor, sino que fue ella quien me conoció. En la primera sesión los estudiantes de postgrado debíamos decir a qué programa pertenecíamos y en qué área investigábamos. Yo no quería escoger un área sino leer y escribir variadamente. Ella debió de sentir mi vacilación y delante de la clase dijo que, aunque me resistiera, yo era medievalista.

Le hice caso y con la lectura de los libros medievales confirmé que podía dedicarme a analizar textos al tiempo que investigaba cómo escribir. En la narrativa medieval detecté, más que en ningún otro lugar, el sentido de contar historias. A la amplitud de la idea que Menocal tenía de la investigación debo en buena parte el no haber desistido de seguir una carrera académica a pesar de mi predilección por hacer literatura, y en su compañía se afianzó mi gusto por ser estudiante y profesora. Pues no solo en seguir a los medievales le hice caso sino también en otras cien cosas, y esa obediencia me mostró la fertilidad de las amistades desiguales, en las que se fundan tantos aprendizajes.

Me vi con María Rosa en seis ciudades a lo largo de quince años. Nadamos juntas, visitamos mezquitas, iglesias románicas, monasterios góticos y baños turcos, fuimos a la ópera, recorrimos mercados de comida y comimos. Siempre fue ella la anfitriona y yo fui la huésped. En el recuerdo tengo la imagen de ir a su zaga y de disfrutarlo; de sentir un vivo placer al respetarla. Y agradezco el haber conocido esa versión un poco intimidante de la intimidad.

Los libros sobre los que mi profesora hablaba en la clase en la que me conoció –y en la que ahora, al reproducirla con mis estudiantes, yo la conozco– eran colecciones de cuentos que se traducían y se componían en la Edad Media a partir de materiales anteriores (Las mil y una noches, Calila y Dimna, Sendebar, El conde Lucanor, Disciplina clericalis). Los lectores de estas obras se convertían en sus nuevos autores, sumándose, en un proceso potencialmente infinito, a sus predecesores. El buen lector modificaba el libro y le añadía un marco adicional al tiempo que incorporaba a su vida sus contenidos, que enseñaban cómo ser amigo y cómo vivir para no morir. Entre esos libros, que leo desde hace años, deberé imaginar cómo aceptar la muerte de quien me los presentó.